La música de fondo—un blues con un ritmo contagioso y un bajo sensual y provocador—ya estaba sonando cuando entré al estudio. Me acomodé en la silla, encendí el micrófono y exhalé largo y desafiante.
—¿Encendieron su sarcasmo y su desfachatez, Mis Salvajes? —dije, sintiendo la energía del tema antes de empezar—. Porque hoy vamos a prenderle fuego a un doble estándar más viejo que el polvo. Hoy vamos a hablar de libertad, de placer, y de esa palabra que tanto les escuece a los moralistas de pacotilla: “ZORRA”.
Me acomodé hacia adelante, sintiendo la urgencia de lo que venía.
—Me escribe Valentina, con esa mezcla de rabia y orgullo que solo tenemos las que hemos sido señaladas con el dedo acusador. Ella me dice que no quiere nada serio, que le gusta disfrutar de la vida y, sí, acostarse con los hombres que le da la gana, cuando le da la gana. Y el mundo, por supuesto, no puede soportarlo. Le llueven los “zorra”, “fácil”, “qué dirán”.
Resoplé.
—Valentina, querida, siéntate. Que hoy voy a dar el sermón que necesitas oír. Con humor negro, con sarcasmo filoso y sin un solo pelo en la lengua.
Acto I: El gran fraude de la moral
—Vamos a destripar esta mierda desde el principio —dije, sintiendo cómo mi mandíbula se tensaba—. ¿Por qué un hombre que se acuesta con media ciudad es un “ganador”, un “galán”, y una mujer que hace exactamente lo mismo es una “zorra”?
Golpeé la mesa.
—La respuesta es simple: Porque es un sistema de control caduco que se sustenta en policiar nuestra sexualidad. Nos han metido en la cabeza que nuestro valor está entre nuestras piernas, y que si lo “regalamos” muy fácil, perdemos valor. Como si fuéramos billetes que se devalúan con cada transacción.
Me incliné hacia el micrófono, mi voz subiendo.
—Pues tengo noticias, queridos jueces del orto ajeno: MI VAGINA NO ES UNA MONEDA. MI VALOR NO SE DEPRECIA CON CADA POLVO.
—Un hombre acumula conquistas como si fueran trofeos. Una mujer, si hace lo mismo, acumula “deshonra”. Es la estafa del milenio, y yo no compro esa mierda.
Acto II: El placer no es un delito
—Valentina dice que le gusta “disfrutar de la vida”. Y, hermana, el sexo es una de las formas más gloriosas de disfrutarla, cuando es consensuado, seguro y con alguien que sabe lo que hace, claro —dije, sintiendo cómo mi tono se volvía más filosófico.
—¿Acaso nos critican por disfrutar de una buena comida? ¿De un viaje? ¿De un masaje? No. Pero si el disfrute viene en forma de un buen polvo con un tipo que conociste en un bar y con el que no tienes intención de comprar una cafetera juntos, entonces el cielo se cae.
Me reí, genuinamente divertida por el absurdo.
—Nos han enseñado que después del sexo casual debe venir el arrepentimiento, la duda, la culpa. ¿Y si no llega? ¿Y si solo llega un “joder, qué bien lo pasé, y ahora quiero un sándwich”?
—Eso, querida Valentina, no es ser una zorra. Eso es ser una mujer adulta, dueña de su cuerpo y de su placer. Es saber lo que quieres y no pedir permiso para tomarlo.
Acto III: Manual de supervivencia para “zorras”
—Así que, para todas las Valentinas que están escuchando, aquí tienen su manual de empoderamiento con humor negro —dije, contando con mis dedos.
—Uno: Apropiense del Insulto. La próxima vez que alguien les diga “zorra”, sonrían con dulzura y digan: “Gracias, cariño. Es un honor ser la reina de mi propia manada.” Desarma el insulto cuando te lo pones como corona.
—Dos: La Regla del Sándwich. ¿Se acuestan con alguien en la primera cita? Pregúntense después: ¿Tengo ganas de verlo de nuevo o de comerme un sándwich? Si la respuesta es “sándwich”, perfecto. No le deben explicaciones a nadie. Su cuerpo, sus reglas.
—Tres: La Economía del Placer. En la economía del placer, usted es la CEO. Usted decide quién entra en el mercado, bajo qué condiciones y por cuánto tiempo. Si un accionista no está satisfecho con sus políticas, que venda sus acciones y se vaya a la competencia.
—Cuatro: El Test del Espejo. Párense frente al espejo después de un encuentro. Si pueden mirarse a los ojos y sonreír, sin culpa, sin arrepentimiento, HAN GANADO. Y si sienten vergüenza, pregúntense: ¿esta vergüenza es mía o me la prestó la sociedad?
Acto IV: Lo que la gente realmente tiene
—La gente no te juzga por acostarte con muchos hombres, Valentina. Te juzga porque eres libre. Y la libertad ajena es el espejo más incómodo para los que viven enjaulados —dije, sintiendo el peso de esta verdad.
Me recosté en mi silla, dejando que mis palabras resonaran.
—Les da rabia que tú no necesites su validación para sentirte bien contigo misma. Les aterra que tu autoestima no dependa de si un hombre te llama al día siguiente. Tu sexualidad les recuerda sus propias cadenas, sus propios miedos, su propia incapacidad para ser dueños de sus deseos.
—Ese odio que te lanzan no es más que el eco de su propia frustración.
Cierre: Mi pregunta para la manada
—Así que, Mis Salvajes, los dejo con esta pregunta, que quiero que respondan con toda la honestidad del mundo —dije, inclinándome hacia el micrófono—. ¿Cómo se la imaginan a ella?
—No me digan “feliz” o “segura”. Sean específicos. ¿Se la imaginan en un bar, riendo con sus amigas, eligiendo a su próxima conquista con la confianza de una reina eligiendo un vino? ¿O se la imaginan escondiéndose, mintiendo, sintiéndose sucia por hacer lo que un hombre haría a carcajadas?
—Porque cómo nos imaginamos a las mujeres que eligen su sexualidad sin tapujos dice más de nosotros que de ellas.
Mi voz se suavizó, adoptando un tono casi fraternal.
—Valentina, tú no eres una zorra. Eres una exploradora. Una curiosa. Una mujer que está probando, aprendiendo, disfrutando. Y en un mundo que quiere mujeres sumisas y arrepentidas, ser una exploradora es un acto revolucionario.
—Sigue explorando, hermana. Que los que se queden en la orilla, se ahoguen en su propia mediocridad.