Salvajes en la Ciudad

Capitulo 1

Capitulo 1

La ciudad era un escándalo ensordecedor en comparación con el silencio denso y profundo del bosque.

​Logan y Harvey avanzaban con lentitud por la acera, su piel inusualmente pálida resaltando de manera extraña bajo la luz directa del sol. Harvey se ajustó las mangas de la camisa con fastidio, intentando protegerse de unos rayos que parecían quemarles más de lo normal, mientras miraba a su alrededor con el ceño fruncido y los sentidos alerta, analizando cada transeúnte como si fuera una amenaza latente.

Logan, en cambio, caminaba con una sonrisa relajada, alzando la vista para observar los imponentes edificios y el caos de hormigón que los rodeaba, fascinado y harto a partes iguales.

​Al doblar una esquina, el olor a comida grasienta, especias y calor los condujo hasta un pequeño restaurante de barrio. El local era modesto, pero se sentía cálido. Entraron con sigilo y se sentaron en una mesa al fondo.

​Un mozo con el delantal manchado se acercó con pasos pesados, secándose el sudor de la frente con un trapo viejo que luego se colgó del hombro.

—Muchachos... ¿Qué se les ofrece? —preguntó con desgana, apoyando una mano en la cadera.

​El aire se cargó de repente. Bajo su apariencia humana, el olfato hiperdesarrollado de Logan captó al instante el rastro agrio del tabaco rancio y el estrés en la piel del camarero, pero fue el aroma de la grasa y la carne lo que hizo que se le hiciera agua la boca.

—Carne, si puede ser —respondió Logan, directo.

​El sujeto lo miró de arriba abajo con evidente desagrado, sintiendo que le tomaban el pelo.

—Hay muchos tipos de carne, joven —escupió con tono seco.

—Solo dame carne. Cualquier tipo. Preferiblemente que esté cruda —dijo Logan con total naturalidad, entrelazando los dedos sobre la mesa.

​El mozo se frenó en seco. Sus ojos se entrecerraron y les lanzó una mirada cargada de hostilidad.

—¿Perdón? ¿Carne cruda? Aquí no vendemos esa clase de cosas, y estoy demasiado ocupado para jueguitos de recién llegados.

​Antes de que Logan pudiera tensar la mandíbula o dejar escapar un gruñido, Harvey intervino con rapidez, cortando la tensión con una sonrisa educada pero fría.

—No se preocupe. Sírvanos un par de bifes, que sean así de jugosos —dijo, señalando con el dedo una opción de la cartelera.

​El hombre chasqueó la lengua, anotó algo en su libreta con desdén y se dirigió a trompicones hacia la cocina.

Harvey exhaló despacio y se inclinó hacia adelante, bajando la voz en un susurro áspero:

—No seas descuidado, Logan. Sé más prudente. Te lo advertí, ya no estamos en casa. Si sigues hablando así, nos van a expulsar de aquí antes de que nos demos cuenta.

​Logan solo se encogió de hombros, restándole importancia. Minutos después, el camarero regresó, dejó caer los platos humeantes sobre la formica con un golpe y se marchó sin decir una palabra.

​El aroma de la carne cocinada invadió los sentidos de Logan. Su instinto primitivo se encendió y, sin pensarlo, estiró los dedos con la intención de tomar un trozo directamente con las manos.

Harvey fue más veloz: le dio un leve manotazo en el dorso y le deslizó los cubiertos de metal.

—Tienes que usar esto. No puedes comer así aquí, Logan. No llaman la atención los animales en el bosque, pero sí un tipo devorando carne con las manos en pleno centro.

​Logan soltó una carcajada corta, divertida por su propio impulso.

—Lo siento, la costumbre —murmuró.

​Tomó los cubiertos con torpeza; para sus manos acostumbradas a desgarrar, aquellos tenedores y cuchillos se sentían como frágiles juguetes de plástico. Intentó cortar el bife con frustración, mientras Harvey, a su lado, manejaba los cubiertos con una paciencia milimétrica, esforzándose por imitar los modales humanos y mantener la fachada.

​Terminaron de comer callados. Dejaron unos billetes arrugados sobre la mesa y se pusieron de pie con una sincronía letal y disimulada.

Al pasar por la barra, el mozo recogió el dinero con satisfacción, aunque no pudo evitar lanzarles una última mirada de reojo, inquieto por esa extraña elegancia salvaje que desprendían al caminar hacia la salida.

Tras haber comido, regresaron al pequeño y acogedor departamento que rentaban. Pasaron las horas allí dentro, resguardados mientras esperaban que el sol terminara de ocultarse.

​—Una vez que sea de noche, hay que salir nuevamente —sugirió Logan, tamborileando los dedos en la mesa—. Hay que conocer la ciudad.

—Sí... pero debemos ser cautelosos a la vez —recalcó Harvey, cruzándose de brazos con el ceño fruncido.

​En cuanto la oscuridad cubrió por completo las calles, ambos salieron. Recorrieron el centro mientras la ciudad cobraba vida en su máximo esplendor nocturno.

—Aquí hay demasiada luz —se quejó Harvey, entrecerrando los ojos ante el parpadeo constante de los letreros luminosos.

​Avanzaron unas cuadras hasta detenerse frente a un club nocturno. Las luces de neón en tonos violetas y azules bañaban la fachada, proyectando destellos extraños sobre su piel inusualmente pálida, lo que hizo que un par de transeúntes los miraran de reojo al pasar.

—¿Qué dices si entramos? Escuché que estos lugares son donde la gente de aquí se divierte —dijo Logan con una sonrisa desafiante.

Harvey escaneó la entrada, evaluando posibles salidas y amenazas antes de suspirar.

—De acuerdo.

​Empujaron la puerta apenas unos centímetros e ingresaron. Un hombre corpulento y con cara de pocos amigos les bloqueó el paso desde una pequeña garita.

—Chicos... quinientos la entrada —soltó sin mirarlos siquiera a los ojos.

​Logan extrajo los billetes arrugados del bolsillo y se los tendió. El sujeto, al sentir el roce de los dedos fríos del lobo, le lanzó una mirada extrañada, pero se hizo a un lado y les permitió el paso.

​Oficialmente estaban dentro. El aire denso, el calor corporal y el estruendo de los bajos los recibieron de golpe. Harvey se acomodó el cuello de la camisa con incomodidad, mirándose el atuendo.




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