El tiempo pareció detenerse frente a las puertas de la penitenciaría. Mauro, con su mochila al hombro y la piel curtida por cinco años de patio y sombra, sostuvo la mirada de su hermano. Manuel no había cambiado mucho físicamente, pero proyectaba un aura de poder y suficiencia que antes no tenía. Vestía un traje de lino que costaba más de lo que Mauro había ganado en un año en el taller. A su lado, Bruna parecía una aparición. Estaba más hermosa, con una sofisticación que el tiempo le había otorgado, pero sus ojos, al encontrarse con los de Mauro, reflejaron un pánico absoluto seguido de una oleada de culpa que no pudo ocultar.
—Bienvenido a la libertad, hermano —dijo Manuel, rompiendo el silencio con una voz engolada, extendiendo una mano que Mauro no aceptó—. Ha sido un camino largo, pero ya estás aquí. Queríamos ser los primeros en recibirte.
Mauro no respondió. Sus ojos pasaron de la mano tendida de su hermano al rostro pálido de Bruna. El silencio se volvió denso, cargado de reproches no verbalizados.
—¿"Queríamos"? —repitió Mauro con una voz ronca, una voz que no había usado para la amabilidad en mucho tiempo—. Veo que te has tomado muy en serio lo de cuidar mis cosas, Manuel. Especialmente a Bruna.
—Mauro, por favor... —susurró Bruna, dando un paso adelante, pero deteniéndose al ver la frialdad en la expresión de él—. No es lo que piensas. Pasaron tantas cosas... las cartas dejaron de llegar, yo estaba sola...
—Las cartas nunca dejaron de salir, Bruna —la cortó Mauro, y vio cómo ella palidecía aún más—. Pero supongo que algunas palabras se pierden en el camino cuando conviene que haya silencio.
El trayecto de regreso a Villa Clara en el lujoso coche de Manuel fue un suplicio. Manuel hablaba sin parar sobre el éxito del nuevo taller, sobre cómo había expandido el negocio y cómo Don Elías finalmente descansaba de las deudas. Mauro miraba por la ventana, reconociendo apenas las calles de su infancia, sintiéndose un extranjero en su propia vida.
Al llegar a "El Rayo", el impacto fue mayor. Ya no era el taller de barrio con olor a grasa vieja y café recalentado. Ahora era una clínica de ingeniería automotriz, aséptica y brillante. Don Elías salió a recibirlos. El viejo patriarca había envejecido diez años en cinco; sus hombros estaban caídos y su mirada, antes vibrante, estaba nublada por una mezcla de alivio y una vergüenza que no lograba sacudirse. El abrazo entre padre e hijo fue largo y silencioso. Doña Clara, detrás de él, sollozaba abiertamente, aferrándose a su hijo mayor como si temiera que fuera a desaparecer de nuevo.
Esa noche, la cena familiar fue un campo de minas. Manuel ocupaba la cabecera, dirigiendo la conversación sobre contratos y proyecciones. Mauro, sentado frente a Bruna, apenas probó bocado. Cada vez que sus miradas se cruzaban, el aire vibraba con una electricidad peligrosa.
—He preparado una habitación para ti en la casa de invitados, Mauro —dijo Manuel con una sonrisa condescendiente—. Mañana podemos hablar de qué puesto podrías ocupar en el taller. Algo sencillo, para que te vayas adaptando.
—No necesito que me busques un rincón, Manuel —respondió Mauro, dejando los cubiertos con un sonido metálico que hizo saltar a Doña Clara—. Mañana volveré al taller, pero no como un empleado. Ese lugar sigue teniendo mi nombre en las escrituras, tanto como el tuyo.
Manuel apretó la mandíbula, pero mantuvo la compostura. Bruna, incómoda, pidió permiso para retirarse, alegando un dolor de cabeza. Mauro la siguió con la vista hasta que desapareció por el pasillo.
Más tarde, cuando la casa quedó en silencio, Mauro salió al porche para respirar el aire de la noche. Necesitaba quemar la rabia que le subía por la garganta. Fue entonces cuando una figura emergió de las sombras del camino. Era un hombre mayor, con una gabardina gastada y un cigarrillo apagado en los labios. Mauro lo reconoció de inmediato: el Inspector Ramírez.
—Cinco años son muchos para un hombre inocente, Bittencourt—dijo Ramírez, acercándose con paso lento.
—¿Viene a vigilar mi libertad condicional, Inspector? —preguntó Mauro con desconfianza.
—Vengo a darte algo que te debo —Ramírez sacó una tarjeta de su bolsillo y se la entregó—. Nunca dejé de investigar ese caso, Mauro. El día que te sentenciaron, algo se rompió en mi interior. Las piezas encajaban demasiado bien, casi como si alguien las hubiera martillado para que entraran.
Mauro miró la tarjeta. Tenía una dirección escrita a mano en el reverso.
—Silas no es el único que debería estar preocupado por tu regreso —continuó el Inspector en voz baja, lanzando una mirada significativa hacia la ventana iluminada del despacho de Manuel—. Hay un hilo que une el robo, a Silas y la demora sospechosa de tus apelaciones legales. Si quieres tirar de ese hilo, búscame mañana en esa dirección.
Ramírez se dio la vuelta y se perdió en la oscuridad, dejando a Mauro con el corazón latiéndole con una fuerza nueva. No era solo despecho lo que sentía ahora; era la sospecha, clara y gélida, de que su propio hermano no solo le había robado a la mujer que amaba, sino que quizás había ayudado a construir las paredes de su celda.
Mauro apretó la tarjeta en su puño. El perdón no estaba en sus planes. Esa noche, mientras Villa Clara dormía, Mauro Bittencourt comenzó a planear su verdadera libertad: la que solo se consigue con la verdad, o con la justicia de sus propias manos...