Sangre y Pasión

Capitulo 5

La dirección en la tarjeta del Inspector Ramírez conducía a un pequeño despacho de archivos en la zona antigua de la ciudad, un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido entre legajos amarillentos y el olor a tabaco rancio. Mauro llegó al amanecer, con el frío de la mañana calándole los huesos, pero con un fuego interno que lo mantenía alerta.

Ramírez lo esperaba con una carpeta gastada sobre la mesa. No hubo preámbulos.

—He revisado los registros del juzgado de hace cuatro años, Mauro —dijo el inspector, señalando un fajo de documentos—. Hubo tres intentos de apelación presentados por un abogado de oficio antes de que tu hermano, Manuel, asumiera formalmente tu defensa. Lo extraño no es que fallaran, sino que Manuel solicitó aplazamientos estratégicos justo cuando aparecieron nuevos testimonios que cuestionaban la presencia de Silas en la zona.

Mauro sintió un vacío en el estómago. Sus dedos recorrieron las firmas de Manuel en los documentos de "postergación por falta de pruebas". Mientras él se pudría en una celda contando las sombras, su propio hermano, el abogado brillante, estaba frenando la maquinaria de su libertad.

—¿Por qué lo hizo? —susurró Mauro, aunque la respuesta ya latía dolorosamente en su mente.

—Para ganar tiempo —respondió Ramírez con crudeza—. Tiempo para consolidar el taller, tiempo para ganar el respeto de tu padre... y tiempo para que Bruna dejara de esperarte.

Mauro salió de la oficina de Ramírez con el mundo dándole vueltas. Regresó a la mansión Bittencourt, que ahora se sentía como una extensión de su celda. En el jardín, encontró a su madre, Doña Clara, cuidando unas rosas con una tristeza infinita en los ojos. Al verlo llegar con el rostro desencajado, ella dejó caer las tijeras de podar.

—Hijo, tienes esa mirada... la misma que tenías antes de que todo se destruyera —dijo ella, acercándose con manos temblorosas.

—Madre, ¿tú sabías? —la voz de Mauro era apenas un hilo—. ¿Sabías que Manuel no estaba intentando sacarme de allí, sino manteniéndome encerrado?

Doña Clara bajó la cabeza y comenzó a sollozar. El silencio fue la confirmación más dolorosa.

—Yo... yo vi cómo él la miraba, Mauro —confesó ella entre lágrimas—. Manuel siempre vivió a tu sombra. Cuando caíste, él floreció. Yo quería que la familia no se terminara de romper. Pensé que si él era feliz con Bruna y el taller prosperaba, al menos tendríamos algo que salvar. Le pedí que "cuidara" de ella, pero no sabía que llegaría tan lejos. Me equivoqué, hijo. Mi silencio fue mi pecado.

La rabia de Mauro se transformó en una gélida determinación. Ya no era solo contra Silas, el criminal que apretó el gatillo; era contra la sangre de su sangre.

Esa tarde, Mauro entró en el despacho de Manuel sin llamar. Manuel estaba revisando unos contratos, con Bruna sentada cerca de la ventana leyendo un libro. La escena de domesticidad perfecta era un insulto.

—Bonito despacho, Manuel —dijo Mauro, lanzando la carpeta de Ramírez sobre el escritorio de caoba—. Especialmente los archivos de apelación de 2022. Esos que "olvidaste" mencionar en tus visitas a la cárcel.

Manuel palideció, sus ojos saltaron de los documentos a Bruna, quien se puso de pie con el rostro desencajado.

—Mauro, puedo explicarlo... eran tecnicismos legales —intentó Manuel, pero su voz temblaba.

—No eran tecnicismos, era un secuestro legal —rugió Mauro—. Me robaste cinco años de vida porque no tenías el valor de enfrentarme como un hombre por el amor de Bruna.

Bruna miró a Manuel con una mezcla de horror y asco. La venda de gratitud y lealtad que la unía a él empezó a desintegrarse. El aire en la habitación se volvió irrespirable, marcando el inicio de una guerra que ya no tenía vuelta atrás. Mauro ya no buscaba solo su nombre limpio; buscaba recuperar el alma que su hermano le había arrebatado...




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