El silencio en el despacho de Manuel era tan denso que Bruna sentía que le faltaba el aire. Sus ojos, empañados por las lágrimas, recorrían una y otra vez las fechas de los documentos que Mauro había lanzado sobre la mesa. Cada sello del juzgado, cada firma de Manuel solicitando "tiempo adicional" mientras Mauro se consumía en la cárcel, era un clavo más en el ataúd de su relación con el hermano menor.
—Dime que es mentira, Manuel —susurró Bruna, con una voz que apenas era un eco de sí misma—. Dime que no usaste tu título de abogado para enterrar a tu propio hermano solo para quedarte conmigo.
Manuel no respondió. Su arrogancia se había desinflado, dejando ver a un hombre asustado que se aferraba al borde de su escritorio de caoba. Su silencio fue la confesión más estrepitosa.
Mauro dio un paso hacia ella, con el rostro endurecido por una amargura que cinco años de prisión no habían logrado mitigar. Bruna lo miró y, en un arrebato de honestidad nacido de la culpa, se derrumbó.
—Mauro, perdóname... —sollozó ella, cubriéndose la cara—. Él me hizo creer que te habías rendido. Me traía noticias falsas, me decía que ya no querías saber de mí. Y una noche... cuando estaba más sola que nunca, él me besó. Me sentí tan sucia, tan traidora, que cuando me pidió que escribiera esa carta rompiendo con nuestra promesa, lo hice porque pensé que ya no te merecía. Pero nunca dejé de amarte. Ni un solo día de estos malditos cinco años.
Mauro sintió una punzada en el pecho. La traición de su hermano era una cosa, pero saber que Bruna había sido moldeada como arcilla por las manos de Manuel le provocaba una náusea insoportable. Sin decir una palabra, Mauro se dio la vuelta y salió de la mansión. Su destino era "El Rayo".
Manuel, recuperando una chispa de su antigua soberbia, lo siguió en su coche, llegando al taller apenas unos minutos después. Mauro ya estaba allí, de pie en medio de las máquinas brillantes que ahora detestaba.
—¡Es mi taller, Mauro! —gritó Manuel al entrar—. ¡Yo lo salvé! ¡Yo le di a papá la vida que tú no pudiste darle con tu rebeldía de mecánico de barrio!
Mauro no esperó más. Se lanzó sobre su hermano con la fuerza contenida de media década. El primer golpe derribó a Manuel sobre una mesa de herramientas, esparciendo llaves inglesas y tornillos por el suelo aséptico. No era una pelea de caballeros; era un estallido de "sangre y pasión". Mauro lo levantó por las solapas de su traje caro y lo estrelló contra la pared.
—¡Me robaste la vida, Manuel! —rugió Mauro, asestándole otro golpe que le partió el labio—. ¡Me robaste a Bruna! ¡Me robaste el derecho de ver envejecer a mi padre en libertad!
—¡Tú siempre lo tuviste todo! —escupió Manuel, intentando defenderse torpemente—. ¡El carisma, el amor de papá, el corazón de Bruna! ¡Yo solo tomé lo que el destino me puso en bandeja!
En ese momento, Don Elías entró al taller. Se detuvo en seco, mirando a sus dos hijos: uno ensangrentado y el otro fuera de sí. Mauro soltó a Manuel, quien cayó al suelo jadeando.
—Papá... —intentó decir Manuel, pero Don Elías levantó una mano, sus ojos fijos en los documentos que Mauro aún apretaba en su puño izquierdo.
—Lo sé todo, Manuel —dijo el viejo con una voz quebrada que dolía más que cualquier grito—. Te escuché hablar con tu madre. No puedo creer que lleves mi apellido. Has convertido este lugar, que era un templo de honestidad, en un monumento a tu engaño.
Don Elías le dio la espalda a su hijo menor, un gesto que sentenció a Manuel a una soledad más profunda que cualquier celda.
Esa noche, bajo la lluvia que empezaba a caer sobre Villa Clara, Mauro regresó a la pequeña cabaña de invitados. Bruna lo esperaba en el porche. No hubo necesidad de palabras. Se fundieron en un abrazo que mezclaba el dolor de los años perdidos con la urgencia del deseo recuperado. Fue un reencuentro amargo y dulce a la vez, una promesa de que, a pesar de las cenizas, algo de su amor aún permanecía vivo.
Sin embargo, en la oscuridad de una oficina al otro lado de la ciudad, Silas observaba las fotos que sus hombres le habían enviado. Mauro estaba hurgando demasiado cerca de la verdad.
—Ese muchacho no aprendió la lección —dijo Silas, apagando su cigarrillo en un cenicero de cristal—. Si la cárcel no lo calló, la tierra lo hará. Mañana, cuando vaya al viejo almacén a buscar pruebas, asegúrense de que no regrese.
Al amanecer, impulsado por una pista del Inspector Ramírez, Mauro llegó al almacén abandonado donde todo había empezado. El silencio del lugar era sepulcral. Justo cuando Mauro encontraba un casquillo de bala oculto tras una viga vieja, el sonido de varios motores rompió la calma. Cuatro hombres armados bajaron de dos coches negros, bloqueando la única salida. Mauro estaba acorralado, solo con su verdad y el frío metal de una trampa que Silas había cerrado finalmente sobre él...