Sangre y Promesas

Capítulo 2: La trampa del destino

La oscuridad no era ausencia de luz.

Era refugio.

Era silencio.

Era el único lugar donde las decisiones podían tomarse… sin testigos.

Elena apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando él la empujó a través de una puerta oculta detrás de una pared de espejos. El ruido del club quedó atrás como un eco distante, reemplazado por un pasillo estrecho, húmedo, iluminado por luces intermitentes que parecían latir al ritmo de algo más profundo… más peligroso.

Su mano seguía sujetando su brazo.

Firme. Inquebrantable.

Demasiado cerca.

—Soltame —ordenó Elena, con la voz baja pero cargada de tensión.

Él no respondió de inmediato.

Como si evaluara si valía la pena obedecerla.

Finalmente, la soltó.

Pero no retrocedió.

Nunca lo haría.

—Podrías haber muerto allá arriba —dijo él, apoyando una mano contra la pared, bloqueándole parcialmente el paso.

Elena alzó el mentón.

—Y vos podrías haberme dejado —respondió.

Silencio.

Un segundo.

Dos.

Tres.

—No soy tan cruel —murmuró él.

Elena entrecerró los ojos.

—No. Sos algo peor.

Una sonrisa apenas perceptible apareció en el rostro de él.

—Y aun así me seguiste.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos como una verdad incómoda.

Porque era cierto.

Ella había elegido.

Y en su mundo… elegir mal no era una opción.

Era una sentencia.

Un estruendo sacudió el edificio.

Más disparos.

Más caos.

Elena giró instintivamente hacia el sonido, su mente ya calculando rutas, riesgos, salidas.

—Mi objetivo sigue arriba —dijo, firme.

—Tu objetivo ya no importa —respondió él.

Eso la hizo girar de nuevo.

Lenta. Peligrosa.

—Todo importa —susurró—. Vos no entendés cómo funciona esto.

Él dio un paso hacia ella.

Uno solo.

Pero fue suficiente para acortar la distancia hasta convertirla en algo… eléctrico.

—Entiendo más de lo que creés —dijo, con una intensidad que no dejaba espacio para la duda—. Y si subís ahora… no vas a salir.

Elena sostuvo su mirada.

Buscó mentiras.

Engaños.

Algo que le permitiera ignorarlo.

Pero no encontró nada.

Y eso…

Eso la inquietó más que cualquier amenaza.

—¿Por qué te importa? —preguntó finalmente.

Él inclinó la cabeza.

Como si la pregunta le resultara… interesante.

—Tal vez porque sos más valiosa viva que muerta.

Error.

Grave error.

Elena reaccionó sin pensar.

En un movimiento rápido, sacó la pequeña pistola oculta en su muslo y la apuntó directo a su pecho.

El sonido metálico resonó en el pasillo como una promesa.

—Cuidado con lo que decís —advirtió—. Nadie me usa.

Él bajó la mirada hacia el arma.

No se movió.

No retrocedió.

No mostró miedo.

Nada.

Y eso…

Eso lo hacía aún más peligroso.

—No estoy intentando usarte —dijo con calma—. Estoy intentando mantenerte con vida.

—No te creo.

—No necesitás hacerlo.

Silencio otra vez.

Pero esta vez…

Era diferente.

Más denso.

Más cercano.

Elena podía escuchar su respiración. Sentir el calor que emanaba de su cuerpo. La forma en que la observaba… como si pudiera desarmarla sin tocarla.

Y eso…

La descolocaba.

—Decime tu nombre —exigió ella.

Él la miró fijamente.

Como si esa simple pregunta… fuera más peligrosa que el arma que apuntaba a su pecho.

—No todavía —respondió.

Elena apretó el gatillo… sin disparar.

—Última oportunidad.

Él sonrió.

Pero esta vez…

Había algo oscuro detrás.

Algo que no era juego.

—Si te digo quién soy… vas a tener que elegir de nuevo —dijo.

Y esas palabras…

Golpearon más fuerte que cualquier bala.

Porque ella ya había elegido una vez esa noche.

Y las consecuencias… todavía no habían terminado de revelarse.

Un sonido seco resonó al final del pasillo.

Pasos.

Rápidos.

Armados.

Los estaban buscando.

Él reaccionó primero.

En un movimiento preciso, tomó su muñeca y bajó el arma, acercándola aún más a él.

—Ahora no es el momento de discutir —susurró, peligrosamente cerca de sus labios—. Si nos encuentran… esto termina acá.

Elena dudó.

Un segundo.

Solo uno.

Pero en su mundo…

Un segundo era todo lo que necesitaba la muerte.

Guardó el arma.

—Más te vale que tengas razón —murmuró.

Él asintió apenas.

Y entonces…

La guió más profundo en el pasillo.

Más allá de las luces.

Más allá del ruido.

Más allá del punto donde las decisiones dejan de tener vuelta atrás.

Porque lo que Elena aún no entendía…

Era que no había entrado en ese club por casualidad.

Había sido enviada.

Empujada.

Guiada…

Directo hacia él.

Y mientras avanzaban en la oscuridad, con el peligro respirándoles en la nuca y el deseo creciendo en el silencio…

El destino terminaba de cerrar su trampa.

Porque el nombre que él no había querido decir…

Era el único nombre que Elena había escuchado toda su vida como una advertencia.

Un enemigo.

Un fantasma.

Una leyenda que no debía existir.

Y cuando finalmente lo descubriera…

No habría arma suficiente para protegerla.

Continuará…

Porque en el próximo capítulo…

Elena descubrirá la verdad que su padre le ocultó…

Y el nombre que juró odiar… será el mismo que empezará a desear.




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