Sangre y Promesas

Capítulo 3: El nombre prohibido

El silencio también puede gritar.

Y en ese pasillo oscuro, cada paso que daban resonaba como un eco que anunciaba algo inevitable.

Elena lo sentía.

No era miedo.

No exactamente.

Era algo más profundo.

Más peligroso.

La intuición de que estaba caminando directo hacia una verdad que nunca debió conocer.

Él avanzaba delante de ella ahora, guiándola con precisión, como si conociera cada rincón de ese lugar. Como si hubiera estado allí cientos de veces. Como si ese territorio… le perteneciera.

Y eso no tenía sentido.

Nada de esto lo tenía.

—¿A dónde me llevás? —preguntó Elena en voz baja, sin dejar de observar cada detalle.

—A un lugar donde todavía podés elegir —respondió él sin girarse.

Elegir.

Otra vez esa palabra.

Como si el destino fuera tan simple.

Como si las decisiones no vinieran ya cargadas de consecuencias imposibles de evitar.

Elena aceleró el paso hasta quedar a su lado.

—No entiendo por qué me estás ayudando —dijo, clavando sus ojos en él—. No me conocés.

Él se detuvo.

Lentamente.

Y giró hacia ella.

La distancia volvió a desaparecer.

El aire se volvió denso.

—Ese es tu error —murmuró.

Elena frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Él sostuvo su mirada.

Y por primera vez…

Algo cambió.

No fue mucho.

Un mínimo quiebre en su máscara de control.

Pero suficiente para que Elena lo notara.

—Significa que estás mucho más metida en esto de lo que creés —dijo finalmente.

Un escalofrío recorrió su espalda.

No por sus palabras.

Sino por la forma en que las dijo.

Como si fueran una advertencia…

O una confesión.

Antes de que pudiera responder, una puerta metálica apareció al final del pasillo.

Él la abrió sin dudar.

Y la empujó suavemente hacia adentro.

El lugar era pequeño. Oscuro. Apenas iluminado por una luz tenue que colgaba del techo.

Un refugio.

O una trampa.

Elena se giró de inmediato.

—Ahora hablás —ordenó.

Él cerró la puerta detrás de ellos.

El sonido fue seco. Definitivo.

Y entonces…

La miró.

De verdad.

Como si ya no hubiera más razones para ocultarse.

—Tu padre te envió acá para cerrar un trato —dijo.

Elena no se sorprendió.

—Lo sé.

—No —replicó él, dando un paso hacia ella—. No sabés todo.

Eso hizo que su pulso se acelerara.

—Entonces decímelo —exigió.

Silencio.

Un segundo.

Dos.

Tres.

Y entonces…

Él habló.

—El trato… eras vos.

El mundo se detuvo.

Literalmente.

Elena sintió cómo algo dentro suyo se quebraba.

No de forma visible.

No de forma inmediata.

Pero lo suficiente como para cambiarlo todo.

—Estás mintiendo —susurró.

Pero su voz…

No sonó firme.

Él negó con la cabeza.

—No.

Un paso más.

Demasiado cerca otra vez.

—Te ofreció como garantía —continuó—. Como una promesa… para sellar una alianza.

Elena retrocedió.

Un paso.

Solo uno.

Pero fue suficiente para que él lo notara.

—No… —repitió ella, más para sí misma que para él—. Él no haría eso.

—Lo hizo.

El silencio volvió.

Pero ahora…

Era insoportable.

Elena desvió la mirada.

Por primera vez desde que todo había empezado…

No pudo sostener la suya.

Las piezas empezaban a encajar.

El lugar.

La misión.

El secreto.

Nada había sido lo que parecía.

Nunca lo era.

—¿Y vos? —preguntó de pronto, volviendo a mirarlo—. ¿Qué papel jugás en todo esto?

Él no respondió de inmediato.

Como si esa fuera la verdadera pregunta.

La que lo cambiaba todo.

La que no tenía vuelta atrás.

—Soy la otra parte del trato —dijo finalmente.

Elena sintió que el aire le faltaba.

Pero no apartó la mirada.

No esta vez.

—¿Y tu nombre? —susurró.

Él dio un paso más.

Ahora no había espacio entre ellos.

Podía sentir su respiración.

Su calor.

Su peligro.

—Mi nombre… —comenzó.

Y se inclinó levemente hacia ella.

Tan cerca que sus labios casi rozaron su oído.

—…es Alekséi Morozov.

El impacto fue inmediato.

Brutal.

Irreversible.

Ese nombre…

Ese maldito nombre…

Había vivido en su cabeza desde siempre.

Como una advertencia.

Como una amenaza.

Como el enemigo que algún día tendría que destruir.

Y ahora…

Estaba frente a ella.

Respirando su mismo aire.

Tocando su piel.

Desarmando todo lo que creía saber.

Elena reaccionó por instinto.

Sacó su arma otra vez.

Y esta vez…

No dudó en apuntar directo a su corazón.

—Alejate —ordenó, con la voz cargada de fuego.

Pero él no se movió.

Ni un centímetro.

—Si querías matarme… ya lo habrías hecho —dijo con calma.

—No me provoques.

—No lo estoy haciendo.

Silencio.

El arma tembló apenas.

Un segundo.

Nada más.

Pero él lo vio.

—No podés hacerlo —murmuró.

Elena apretó el gatillo…

Sin disparar.

Otra vez.

La tensión entre ellos explotaba en el aire.

Peligro.

Deseo.

Odio.

Todo mezclado.

Todo fuera de control.

—Sos mi enemigo —susurró ella.

Él sonrió apenas.

—Y vos sos mi promesa.

Esas palabras…

Fueron más peligrosas que cualquier bala.

Porque no eran una amenaza.

Eran una verdad.

Una que ninguno de los dos podía ignorar.

Elena bajó el arma lentamente.

No porque confiara en él.

Sino porque…

Algo dentro suyo ya había cruzado un límite.

Uno que no tenía retorno.

—Esto no termina así —dijo, firme.

—No —respondió él—. Esto recién empieza.

Y en ese instante…




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