El peligro no siempre mata.
A veces… seduce.
Elena no bajó la guardia.
Pero ya no era la misma.
Algo había cambiado en el instante en que ese nombre cruzó el aire. Alekséi Morozov. El enemigo. El destino. La condena.
El silencio dentro de la habitación era denso, cargado de todo lo que ninguno de los dos decía… y de todo lo que ya no podían ignorar.
Ella aún sostenía el arma, pero ya no con la misma firmeza. No era debilidad. Era algo peor.
Conflicto.
—Esto es una trampa —dijo Elena finalmente, sin apartar la mirada de él.
Alekséi apoyó la espalda contra la pared, relajado, como si el arma apuntándole al pecho fuera apenas un detalle sin importancia.
—Siempre lo fue —respondió.
Esa calma…
Esa maldita calma…
La descolocaba.
—Mi padre no me vendería —insistió ella, aunque ahora sus propias palabras sonaban menos seguras.
—Tu padre no te vendió —corrigió él—. Te usó.
El golpe fue silencioso… pero profundo.
Elena apretó los dientes.
—Cerrá la boca.
—Si querés la verdad… tenés que dejar de negarla.
Un paso.
Ella avanzó hacia él.
El arma firme otra vez.
Pero esta vez…
No era solo amenaza.
Era necesidad de control.
—No sabés nada de mí —susurró.
Alekséi ladeó la cabeza, observándola como si cada reacción suya fuera un mapa que él ya había recorrido antes.
—Sé que sos más fuerte de lo que él cree —dijo—. Y más peligrosa de lo que vos misma aceptás.
Elena sintió el impacto de esas palabras en el pecho.
Porque no eran un ataque.
Eran un reconocimiento.
Y eso…
Era aún más peligroso.
—No intentes entenderme —murmuró ella.
Él se acercó.
Lento.
Sin apuro.
Como un depredador que sabe que su presa no va a huir.
—No intento entenderte —respondió—. Ya lo hago.
La distancia desapareció otra vez.
El aire se volvió espeso.
Cargado.
Vivo.
Elena podía sentir su respiración rozando su piel. El calor de su cuerpo. La tensión que crecía entre ellos como una llama imposible de apagar.
Y eso no debía pasar.
No con él.
No así.
—Somos enemigos —dijo, pero su voz ya no sonó como una certeza.
Alekséi no se apartó.
—Eso es lo que te enseñaron —murmuró—. No lo que sos.
Elena sintió un temblor interno.
No físico.
Algo más profundo.
Como si sus palabras estuvieran rompiendo capas que llevaba años construyendo.
—No juegues conmigo —advirtió.
—No estoy jugando.
Y entonces…
Él hizo algo que no debía.
Le quitó el arma.
Rápido. Preciso. Sin violencia.
Pero lo suficiente para dejarla vulnerable.
O eso parecía.
Elena reaccionó de inmediato.
Lo empujó contra la pared, su cuerpo pegado al de él, la respiración agitada, la mirada encendida.
—No vuelvas a hacer eso —susurró.
Pero no se apartó.
No lo soltó.
Y él…
Tampoco la detuvo.
Sus manos quedaron a los lados, sin tocarla… pero lo suficientemente cerca como para que la tensión entre ambos se volviera insoportable.
—¿Y si lo hago? —respondió él en voz baja.
Elena lo miró.
Directo.
Sin filtros.
Sin barreras.
Y por un segundo…
El mundo dejó de existir.
No había mafia.
No había traición.
No había sangre.
Solo ese instante.
Ese maldito instante donde el peligro y el deseo se confundían hasta volverse lo mismo.
Elena lo sintió antes de entenderlo.
Ese impulso.
Esa necesidad.
Ese error.
Se acercó apenas.
Sus labios a un suspiro de los de él.
Pero no lo besó.
No todavía.
—Esto no significa nada —murmuró.
Alekséi sonrió apenas.
—Eso es lo que te decís para no perder el control.
Elena apretó la mandíbula.
Pero no se apartó.
No podía.
Y eso…
La enfurecía.
—No me conocés —repitió.
—Te estoy conociendo ahora —respondió él.
Silencio.
Pero esta vez…
No era incómodo.
Era eléctrico.
Un ruido afuera los sacó del momento.
Pasos.
Más cerca.
Más peligrosos.
La realidad volvió como un golpe.
Elena se apartó de inmediato.
La respiración aún agitada.
El control… recuperado a la fuerza.
—Nos están buscando —dijo.
Alekséi asintió.
Pero su mirada…
Seguía en ella.
—Siempre lo hacen —respondió.
Ella lo miró con frialdad otra vez.
Pero ya no era la misma.
Y ambos lo sabían.
—¿Qué hacemos? —preguntó.
Él caminó hacia la puerta.
Se detuvo un segundo antes de abrirla.
—Ahora… dejamos de escondernos.
Elena frunció el ceño.
—Eso es suicida.
Alekséi giró levemente la cabeza.
—No —dijo—. Es necesario.
La puerta se abrió.
La oscuridad del pasillo los recibió otra vez.
Pero esta vez…
No era la misma.
Porque ya no eran dos desconocidos huyendo.
Eran dos enemigos…
A punto de convertirse en algo mucho más peligroso.
Y mientras avanzaban, lado a lado, con la muerte esperándolos en cada esquina y una tensión que ya no podían ignorar…
Elena entendió algo que no podía cambiar.
No importaba cuánto luchara.
No importaba cuánto lo negara.
Había cruzado una línea.
Y del otro lado…
No había regreso.
Continuará…
Porque en el próximo capítulo…
Elena descubrirá que su padre no solo la traicionó…
Sino que la entregó a un destino donde Alekséi no es su único enemigo.
Y donde el verdadero peligro…
Recién empieza a mostrarse.