Sangre y Promesas

Capítulo 9: La cacería del lobo

La guerra cambia de forma cuando deja de ser un negocio.

Cuando se vuelve íntima.

Cuando el enemigo ya no quiere vencerte…

Quiere verte caer.

El cuerpo del hombre muerto seguía en el suelo, y el olor a pólvora flotaba en el aire como una señal imposible de ignorar. La noche se había partido en dos. Antes de ese disparo, todavía existía una línea confusa entre amenaza y traición. Después de ese disparo… ya no había regreso.

Elena no apartó la vista de Dmitri.

Tantos años.

Tantas lealtades.

Tantas promesas no dichas.

Y aun así, bastó un solo instante para entender que nada de lo que había sido seguía intacto.

Dmitri bajó el arma lentamente.

Su expresión era dura, pero en sus ojos había algo que Elena no recordaba haber visto nunca en él.

Cansancio.

No físico.

No superficial.

Era el agotamiento de un hombre que había obedecido durante demasiado tiempo y que, por primera vez, entendía que la obediencia también podía ser una forma de cobardía.

—Tu padre no va a perdonarme esto —dijo con voz grave.

Alekséi permaneció a un lado de Elena, atento, inmóvil, con la tensión contenida en cada músculo. No confiaba en Dmitri. No debía hacerlo. En ese mundo, un cambio de decisión podía durar menos que un latido.

—No lo hizo por nosotros —dijo Alekséi—. Lo hizo por ella.

Dmitri lo miró con frialdad.

—No saques conclusiones sobre mí, Morozov.

—No necesito sacarlas. Te leí en cuanto bajaste del auto.

Elena percibió la tensión entre ambos como una cuerda a punto de romperse. Dos hombres peligrosos. Dos formas distintas de violencia. Dos clases de lealtad que podían chocar en cualquier momento.

—Basta —ordenó ella.

Su voz no fue alta.

No hizo falta.

Ambos la miraron.

Ambos se callaron.

Elena descendió un escalón más y el viento le movió el cabello alrededor del rostro. Seguía usando aquel vestido negro que ya no parecía una prenda elegante, sino una piel de guerra. Estaba intacta por fuera. Por dentro, en cambio, algo se había reacomodado de manera irreversible.

—Decime exactamente qué sabe mi padre —dijo, clavando los ojos en Dmitri.

Él dudó apenas.

Ese gesto pequeño fue suficiente para que Elena sintiera la respuesta antes de oírla.

—Sabe que escapaste del club.

—Eso ya lo sé.

—Sabe que te llevaste información.

Elena frunció el ceño.

—No me llevé nada.

Dmitri la observó en silencio.

Demasiado silencio.

Demasiada certeza en la mirada.

Alekséi se tensó.

—¿Qué no nos estás diciendo? —preguntó él.

Dmitri desvió la vista hacia el interior del edificio, como si midiera el tiempo, como si cada segundo los acercara más al desastre.

—La operación del club no era solo un intercambio —dijo al fin—. Era una pantalla. Grigori quería asegurarse de que si algo salía mal, todos miraran hacia Morozov.

Elena sintió un pulso seco en la garganta.

—¿Y qué salió mal?

Dmitri volvió a mirarla.

—Desapareció un archivo.

La palabra quedó suspendida entre ellos.

Archivo.

No documento.

No sobre.

No simple información.

Algo más grande.

Más sensible.

Más letal.

Alekséi dio un paso adelante.

—¿Qué archivo?

—Una lista —respondió Dmitri—. Nombres, rutas, cuentas, acuerdos. No solo de Volkov. También de otras familias.

Elena sintió que el aire se volvía más frío.

—¿Y mi padre cree que la tengo yo?

—No lo cree —corrigió Dmitri—. Necesita creerlo.

Ese matiz fue peor que cualquier otra cosa.

Porque Elena entendió de inmediato.

Si Grigori Volkov necesitaba que ella tuviera el archivo, entonces la verdad no importaba. Solo importaba tener una excusa para convertirla en un objetivo.

Una excusa para declararle la guerra a Alekséi.

Una excusa para borrar todo lo que pudiera comprometerlo.

—Me está usando de carnada —murmuró.

—Sí —dijo Dmitri.

Ni una pausa.

Ni una mentira piadosa.

Nada.

Solo la verdad, desnuda y brutal.

Alekséi lanzó una mirada a la calle desierta y luego al cuerpo en el suelo.

—No podemos quedarnos acá.

Dmitri asintió.

—Ya vienen otros.

—¿Cuántos?

—Los suficientes.

Elena cerró los ojos un segundo.

Solo uno.

No para derrumbarse.

Para ordenar el caos.

Una lista.

Un archivo desaparecido.

Su padre convirtiéndola en chivo expiatorio.

Y Alekséi atrapado en el centro del juego.

Cuando abrió los ojos, ya no había confusión.

Había dirección.

—¿Dónde está la lista de verdad? —preguntó.

Dmitri tardó en responder.

—No lo sé.

Alekséi soltó una risa seca, sin humor.

—No te creo.

—Creeme lo que quieras —replicó Dmitri—. Sé que fue extraída antes de que comenzara el tiroteo. Sé que Grigori ordenó cerrar todas las salidas. Sé que cuando no te encontró a vos, Elena, decidió que eras la mejor coartada.

Elena sintió un ardor helado recorrerle el pecho.

No había sido solo traicionada.

Había sido diseñada.

Moldeada para encajar en una mentira útil.

Eso dolía más que una orden de muerte.

—Tenemos que movernos ya —dijo Alekséi.

Elena asintió.

Pero Dmitri no se movió.

—Yo no voy con ustedes.

Ella giró de inmediato.

—¿Qué?

Dmitri sostuvo su mirada con una firmeza vieja, conocida.

—Si desaparezco con ustedes, confirma todo. Si vuelvo, gano tiempo.

—¿Tiempo para qué? —preguntó Alekséi, desconfiado.

—Para desviar la cacería.

Elena bajó dos escalones más hasta quedar frente a él.

—Es una locura.

—Es la única forma de que salgas viva de esta ciudad.

—No sabés eso.

Dmitri inclinó apenas la cabeza.

—Te crié lo suficiente para saber cómo cazan a una loba herida.

Esas palabras le golpearon algo antiguo, algo que todavía seguía vivo pese a toda la sangre derramada esa noche.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.