Sangre y Promesas

Capítulo 11: Entre la caída y el fuego

Huir no siempre significa escapar.

A veces…

Significa elegir el campo de batalla.

El metal de la escalera vibraba bajo sus pasos mientras descendían con rapidez, el eco de los hombres irrumpiendo arriba retumbando como un latido de muerte cada vez más cercano.

Elena no miró atrás.

No porque no quisiera.

Sino porque sabía…

Que mirar atrás en ese mundo era lo mismo que perder.

—Más rápido —ordenó Alekséi en voz baja.

—No me persigas —respondió ella, sin detenerse.

Pero aceleró.

Porque el peligro…

Era real.

El aire en el nivel inferior era más denso, cargado de humedad y abandono. Un pasillo estrecho los recibió, apenas iluminado por una luz rota que parpadeaba como si el lugar mismo se resistiera a existir.

—Por acá —indicó Alekséi, tomando su muñeca apenas un segundo para guiarla.

El contacto fue breve.

Pero suficiente.

Elena sintió ese pulso eléctrico recorrerle el brazo otra vez.

Mal momento.

Peor sensación.

Y sin embargo…

Imposible de ignorar.

Doblaron una esquina.

Otra.

El sonido arriba se intensificó.

Puertas golpeando.

Órdenes gritadas.

El enemigo entrando en su juego.

—Van a encontrar el teléfono —murmuró Elena.

—Sí —respondió él—. Pero tarde.

—¿Y cuando lo hagan?

Alekséi la miró apenas mientras abría una puerta lateral.

—Para entonces… ya no vamos a estar acá.

Salieron a un patio interno, rodeado de paredes altas y húmedas, donde una escalera de hierro ascendía hacia los techos. La lluvia seguía cayendo, más intensa ahora, como si quisiera borrar sus huellas.

Perfecto.

Subieron sin detenerse.

Elena sintió el frío atravesar la tela de su vestido, pegándose a su piel, pero no le importó.

Nada importaba excepto avanzar.

Sobrevivir.

Y no perder el control.

Al llegar arriba, la ciudad se desplegó frente a ellos como un laberinto de luces y sombras. Techos irregulares, callejones invisibles, rutas que solo alguien como Alekséi podía leer.

—Saltá —dijo él, señalando el edificio contiguo.

Elena ni dudó.

Corrió.

Y saltó.

El impacto fue firme, preciso.

Equilibrio perfecto.

Volvió a correr.

Alekséi la siguió sin esfuerzo.

Dos sombras moviéndose entre la tormenta.

Dos piezas fuera del tablero…

O tal vez… en el centro exacto.

Un disparo rompió el aire.

Cerca.

Demasiado cerca.

Elena giró instintivamente.

—Nos vieron.

—No —corrigió Alekséi—. Nos intuyeron.

Otro disparo.

Más lejos esta vez.

Pero acercándose.

—Van a cerrar el perímetro —dijo ella.

—Ya lo están haciendo.

Saltaron otro techo.

Más bajo.

Más resbaladizo.

Elena perdió un poco el equilibrio al caer, pero Alekséi la sostuvo por la cintura antes de que cayera.

Firme.

Seguro.

Demasiado cercano.

Sus cuerpos quedaron pegados un segundo.

Solo uno.

Pero en ese segundo…

Todo volvió.

La tensión.

El peligro.

El deseo.

—Te tengo —murmuró él.

Error.

Grave error.

Porque esas palabras no eran tácticas.

Eran personales.

Elena lo miró.

Y no se apartó.

No de inmediato.

La lluvia caía sobre sus rostros, mezclándose con la respiración agitada, con la adrenalina, con todo lo que no podían decir.

—No necesito que me sostengas —susurró ella.

Alekséi no soltó su cintura.

—No te estoy sosteniendo…

Su voz bajó apenas.

Más grave.

Más peligrosa.

—…te estoy eligiendo.

El mundo volvió a desaparecer.

Otra vez.

Maldito momento.

Maldito instante donde todo se detenía…

Y solo existían ellos.

Elena sintió el impulso.

Ese mismo que había evitado antes.

Ese que ahora…

Era más fuerte.

Más inevitable.

Se acercó apenas.

Sus labios a un suspiro.

Pero antes de que el límite se rompiera—

Un disparo impactó el metal cerca de ellos.

Realidad.

Violenta.

Implacable.

Ambos reaccionaron al instante.

Se separaron.

Armas listas.

Respiración contenida.

—Después —murmuró Alekséi.

Elena no respondió.

Pero no negó.

Y eso…

Lo dijo todo.

—Por acá —indicó él, avanzando hacia una escalera lateral que descendía hacia un callejón oscuro.

Bajaron rápido.

El suelo mojado reflejaba las luces distantes.

Sombras moviéndose.

Demasiadas.

—No estamos solos —dijo Elena.

—Nunca lo estuvimos.

Un vehículo apareció al final del callejón.

Luces apagadas.

Motor en marcha.

Esperando.

Alekséi se detuvo un segundo.

Evaluando.

Calculando.

—No es mío —murmuró.

Elena entrecerró los ojos.

—Entonces es de ellos.

La puerta del vehículo se abrió.

Una figura descendió.

Elegante.

Impecable.

Intocable.

Incluso bajo la lluvia.

Nikolai Sokolov.

—Siempre tan predecibles —dijo con calma.

Elena sintió la sangre hervir.

—Y vos siempre tan cobarde —respondió.

Nikolai sonrió apenas.

—Cobarde no. Precavido.

Alekséi dio un paso adelante, colocándose levemente delante de Elena.

Instinto.

Protección.

Elección.

—Terminá lo que empezaste —dijo él.

Nikolai negó suavemente.

—Todavía no.

Silencio.

Pero no uno vacío.

Uno cargado de poder.

—La lista —continuó Nikolai— no es solo información. Es control. Y ustedes… todavía no entienden lo que tienen.

Elena avanzó un paso.

—Entonces explicalo.

Nikolai la observó con interés.

Como si realmente disfrutara ese momento.

—La lista contiene nombres que no deberían existir juntos —dijo—. Políticos. Bancos. Militares. Familias. Todo conectado. Todo… comprometido.




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