Sangre y Promesas

Capítulo 13: La herida invisible

No todas las balas matan.

Algunas…

Se quedan adentro.

Esperando el momento exacto para romperte desde dentro.

El eco de los disparos se desvaneció lentamente, reemplazado por el sonido constante de la lluvia golpeando el asfalto. El callejón volvió a quedar en silencio… pero no en paz. Nunca en paz.

Elena se incorporó con rapidez, el arma aún firme en su mano, el pulso acelerado pero controlado. Su mirada buscó de inmediato.

Objetivos.

Amenazas.

Alekséi.

Lo encontró a pocos metros, de pie entre cuerpos caídos y sombras deshechas, con la respiración pesada y la mirada perdida en algún punto que no estaba allí.

Error.

Grave error.

Porque ese no era el Alekséi que había aprendido a leer.

Ese no era el hombre que controlaba cada segundo, cada movimiento, cada emoción.

Ese era alguien…

Al borde.

—Alekséi —lo llamó.

No respondió.

Elena se acercó.

Paso firme.

Decidido.

—Alekséi —repitió, más bajo esta vez.

Él reaccionó.

Pero no de inmediato.

Como si volviera de un lugar lejano.

Oscuro.

Peligroso.

Sus ojos se clavaron en los de ella.

Y lo que Elena vio…

La detuvo un segundo.

Había rabia.

Sí.

Pero también había algo más.

Algo que no encajaba.

Algo que… dolía.

—Tenemos que irnos —dijo ella.

Él no se movió.

—Mi padre —murmuró.

Dos palabras.

Pero suficientes para romper todo.

Elena apretó la mandíbula.

—No sabemos si es verdad.

—Está en la lista —respondió él—. Eso no es una coincidencia.

Elena dio un paso más.

Reduciendo la distancia.

Acortando el abismo.

—Nikolai quiere que dudes.

—No —dijo Alekséi, su voz más firme ahora, más fría—. Quiere que lo confirme.

Silencio.

Pesado.

Incómodo.

Real.

Elena lo observó.

Analizó cada gesto, cada respiración, cada mínima grieta en su control.

Y entendió algo.

Esto no era solo una duda.

Era una herida vieja…

Que acababa de abrirse.

—¿Qué sabés de él? —preguntó.

Alekséi no respondió de inmediato.

Miró alrededor.

Los cuerpos.

La lluvia.

La sangre diluyéndose en el suelo.

Como si todo eso fuera menos importante que lo que acababa de descubrir.

—Lo suficiente para saber que nunca dejó cabos sueltos —dijo finalmente.

—¿Y ahora?

Él la miró.

Directo.

Oscuro.

—Ahora soy un cabo suelto.

Elena sintió el impacto.

No en la lógica.

En algo más profundo.

Porque por primera vez…

Alekséi no sonaba invencible.

Y eso lo volvía más peligroso que nunca.

—Entonces dejá de actuar como uno —replicó ella.

El silencio volvió.

Pero esta vez…

Tenía filo.

Alekséi la observó.

Y en ese instante…

Algo cambió.

No la duda.

No la herida.

La decisión.

—No voy a huir —dijo.

Error.

Grave error.

Elena reaccionó al instante.

—No es huir. Es sobrevivir.

—Es lo mismo.

—No lo es.

Se acercó más.

Demasiado.

Pero no le importó.

—Si te quedás, te matan —añadió—. Si reaccionás sin pensar… te usan.

Alekséi sostuvo su mirada.

Y por un segundo…

El mundo desapareció otra vez.

Maldito momento.

Maldita conexión.

Porque incluso ahí…

Entre sangre y caos…

Había algo entre ellos que no se podía ignorar.

—¿Y vos? —preguntó él, bajo—. ¿Qué vas a hacer?

Elena no dudó.

—No voy a dejar que me conviertan en una pieza.

—Ya lo hicieron.

—Entonces rompo el tablero.

Silencio.

Pero esta vez…

Fue distinto.

Más oscuro.

Más… alineado.

Alekséi esbozó una leve sonrisa.

No amable.

No cálida.

Peligrosa.

—Eso me gusta más.

Elena sostuvo su mirada.

Y sin darse cuenta…

Se acercó apenas más.

El aire entre ellos se tensó.

Otra vez.

Siempre.

—No confundas esto —murmuró ella.

—¿Esto qué?

—Nosotros.

La palabra quedó flotando.

Inestable.

Riesgosa.

Alekséi bajó la mirada a sus labios un segundo.

Solo uno.

Pero suficiente.

—No lo confundo —respondió—. Lo estoy eligiendo.

Error.

Grave error.

Elena sintió el impulso otra vez.

Más fuerte.

Más real.

Más imposible de ignorar.

Pero esta vez…

No retrocedió.

Se acercó.

Lenta.

Peligrosa.

Sus labios quedaron a un suspiro.

La respiración de ambos se mezcló.

El tiempo…

Se detuvo.

Y entonces—

Un ruido.

Un motor.

Cercano.

Interrumpiendo todo.

Otra vez.

Realidad.

Implacable.

Elena se separó primero.

Respiración contenida.

—Nos encontraron.

Alekséi no respondió.

Pero su expresión cambió.

Otra vez.

El hombre herido desapareció.

El depredador volvió.

—No —corrigió—. Nos están esperando.

Miró hacia la salida del callejón.

Luces acercándose.

Demasiadas.

Demasiado organizadas.

—Esto no es de Nikolai —añadió.

Elena frunció el ceño.

—Entonces…

Alekséi la miró.

Y lo entendió al mismo tiempo que ella.

—Tu padre.

El aire se volvió hielo.

—No puede ser tan rápido —dijo Elena.

—Puede —respondió él—. Si ya sabía dónde estábamos.

Error.

Grave error.

Elena sintió la conexión inmediata.

—El teléfono.

Alekséi asintió.

—No era solo Nikolai.

Las luces entraron al callejón.

Vehículos negros.

Sin identificación.

Puertas abriéndose.

Hombres bajando.

Armas listas.

Movimiento perfecto.

Demasiado perfecto.

Elena apretó el arma.

—Estamos atrapados.

Alekséi negó suavemente.




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