Las trampas más peligrosas…
No son las que no ves.
Son las que ves…
Y elegís atravesar igual.
El motor volvió a rugir con violencia cuando Alekséi aceleró, dejando atrás la calle vacía como si nunca hubiera existido. La lluvia seguía cayendo, más intensa ahora, como si el mundo intentara borrar todo rastro de lo que estaba por suceder.
Elena no apartaba la vista de la pantalla.
La ubicación.
El nombre.
Dmitri.
Vivo.
Por ahora.
—Decime que no estás pensando lo mismo que yo —murmuró Alekséi.
—Depende —respondió ella—. ¿Estás pensando en entrar directo?
Silencio.
Breve.
Peligroso.
—Sí.
—Entonces sí —dijo Elena—. Estamos pensando lo mismo.
Error.
Grave error.
Pero ninguno de los dos retrocedió.
Porque ya no estaban en ese punto.
Porque algunas decisiones…
No se evitan.
Se toman.
—Es una trampa —añadió Alekséi.
—Lo sé.
—Puede haber más de los que vimos antes.
—Lo sé.
—Podríamos no salir.
Elena giró hacia él.
Su mirada…
Firme.
Oscura.
Determinada.
—Lo sé.
Silencio.
Pero esta vez…
No era duda.
Era aceptación.
Y eso…
Era lo más peligroso de todo.
Alekséi la observó un segundo más.
Solo uno.
Pero en ese segundo…
Algo se selló.
—Entonces no vamos a cometer errores —dijo finalmente.
Elena asintió.
—Solo uno.
Él frunció levemente el ceño.
—Entrar.
Una sonrisa oscura cruzó el rostro de Alekséi.
—Ese ya está hecho.
El vehículo tomó una curva cerrada y se internó en una zona industrial abandonada. Galpones vacíos, estructuras de metal oxidadas, luces intermitentes que apenas sobrevivían al paso del tiempo.
Perfecto para una emboscada.
Perfecto para desaparecer.
—Ahí —indicó Elena, señalando un edificio más grande, aislado, con una sola entrada visible.
Alekséi redujo la velocidad.
No se detuvo.
Observó.
Calculó.
Memorizó.
—Demasiado limpio —murmuró.
—Sí.
—Eso significa que quieren que entremos.
—Sí.
Silencio.
Pero esta vez…
Tenía una energía distinta.
Más afilada.
Más peligrosa.
Porque ambos sabían…
Que iban a hacerlo igual.
El vehículo se detuvo a unos metros.
Motor encendido.
Listo para huir.
O para morir.
Alekséi apagó las luces.
Giró hacia Elena.
—Escuchame bien.
Ella lo miró.
Sin titubear.
—Si algo sale mal—
—Cuando algo salga mal —lo corrigió.
Él no sonrió.
Pero lo pensó.
—Cuando salga mal… no dudás.
—Nunca dudo.
—Esta vez no es lo mismo.
Silencio.
Pesado.
Real.
—Si tengo que elegir entre Dmitri y vos…
Elena no lo dejó terminar.
—Elegís a Dmitri.
Error.
Grave error.
Porque esa respuesta…
No era lógica.
Era emocional.
Alekséi la miró.
Directo.
Intenso.
—No.
Elena frunció el ceño.
—No te estoy dando una opción.
—No la necesito.
Silencio.
Pero esta vez…
Era distinto.
Más íntimo.
Más peligroso.
—No me pongas en ese lugar —murmuró ella.
—Ya estás ahí.
El aire entre ellos volvió a tensarse.
Más fuerte.
Más inevitable.
Elena sostuvo su mirada.
Y por un segundo…
Todo volvió a desaparecer.
El ruido.
La lluvia.
La trampa.
Solo ellos.
Otra vez.
—Volvemos vivos —dijo ella.
No fue una esperanza.
Fue una orden.
Alekséi asintió apenas.
—Entonces movete.
Bajaron del vehículo.
La lluvia los envolvió de inmediato.
Fría.
Cortante.
Real.
Avanzaron hacia el galpón en silencio, sincronizados, como si hubieran hecho esto toda la vida.
Puerta principal.
Entreabierta.
Invitando.
Error.
Grave error.
Elena la empujó con el arma en alto.
Entraron.
Oscuridad.
Silencio.
Demasiado silencio.
El eco de sus pasos resonó en el espacio vacío.
Pero no estaban solos.
Nunca lo estaban.
—Dmitri —llamó Elena.
Nada.
Solo el eco.
Alekséi avanzó un paso más.
Y entonces…
Se encendieron las luces.
De golpe.
Brutal.
Cegador.
Elena entrecerró los ojos.
Y cuando su visión se aclaró…
Lo vio.
Dmitri.
De rodillas.
Golpeado.
Atado.
Pero vivo.
Error.
Grave error.
Porque eso…
Era demasiado perfecto.
—Sabía que vendrías —dijo una voz.
Nikolai.
Apareciendo desde las sombras.
Impecable.
Intocable.
Como siempre.
—Siempre tan predecibles.
Elena no bajó el arma.
—Soltalo.
Nikolai sonrió.
—No.
Silencio.
Pero esta vez…
Era guerra abierta.
—Esto no es un rescate —añadió—. Es una demostración.
Elena frunció el ceño.
—¿De qué?
Nikolai dio un paso adelante.
Lento.
Controlado.
—De control.
Un gesto.
Y hombres emergieron de todos lados.
Sombras armadas.
Rodeándolos.
Otra vez.
Pero esta vez…
Más preparados.
Más organizados.
Más letales.
Alekséi se movió apenas.
Lo suficiente.
—No hay salida directa —murmuró.
—Entonces creamos una —respondió Elena.
Pero Nikolai negó suavemente.
—No hoy.
Otro gesto.
Y algo cambió.
Un sonido.
Un clic.
Elena lo sintió antes de verlo.
Explosivos.
Colocados en las columnas.
En las paredes.
En el techo.
—Esto no es una trampa para ustedes —dijo Nikolai—. Es una trampa para todos.
El aire se volvió hielo.
—¿Qué hiciste? —preguntó Alekséi.
Nikolai sonrió.