Hay decisiones que no te dan opciones.
Solo te muestran…
A quién vas a perder.
La explosión partió el aire como un grito contenido durante demasiado tiempo. El galpón tembló desde sus cimientos, el metal crujió, las luces estallaron en una lluvia de chispas y la oscuridad volvió… más densa, más caótica, más letal.
Elena reaccionó por instinto.
Se lanzó al suelo mientras el calor de la detonación le rozaba la espalda, el arma firme en su mano, el cuerpo preparado para matar o morir.
Disparos.
Gritos.
Sombras moviéndose.
Todo al mismo tiempo.
Todo sin control.
El juego había terminado.
La guerra… acababa de empezar.
—¡Elena! —rugió Alekséi desde algún punto entre el humo y el fuego.
Pero ella ya se estaba moviendo.
No hacia él.
Hacia Dmitri.
Error.
Grave error.
O tal vez…
El único posible.
Dmitri estaba de rodillas, intentando incorporarse, la sangre corriéndole por el rostro, las manos aún marcadas por las ataduras.
—¡Levantate! —ordenó Elena, cubriéndolo con fuego preciso.
Un hombre cayó.
Otro retrocedió.
Pero había demasiados.
Siempre demasiados.
—No deberías haber venido —murmuró Dmitri, apenas capaz de sostenerse.
—Cerrá la boca y movete —replicó ella, tirando de su brazo.
El caos los envolvía.
El fuego comenzaba a expandirse.
El techo… no iba a resistir mucho más.
—¡Elena!
La voz de Alekséi otra vez.
Más cerca.
Más urgente.
Ella giró apenas.
Lo vio.
Entre humo y sombras.
Disparando.
Avanzando.
Buscándola.
Error.
Grave error.
Porque ese segundo…
Fue suficiente.
Un disparo impactó cerca.
Demasiado cerca.
Elena reaccionó tarde.
Pero Alekséi no.
Se lanzó hacia ella, empujándola al suelo, cubriéndola con su cuerpo mientras otra bala pasaba rozando donde había estado su cabeza.
El impacto los dejó sin aire un segundo.
Solo uno.
Pero en ese segundo…
Todo volvió a detenerse.
Otra vez.
Maldito momento.
Maldito instante donde la guerra se desdibujaba…
Y solo existían ellos.
El peso de él sobre ella.
El calor.
La respiración entrecortada.
El peligro… mezclado con algo más.
Algo que no deberían sentir.
—Te dije que no dudés —gruñó Alekséi, sin apartarse.
—No dudé —respondió ella—. Elegí.
Silencio.
Pesado.
Real.
Él la miró.
Y lo entendió.
No estaba equivocada.
Solo…
Había tomado una decisión distinta.
Dmitri.
Error.
Grave error.
Pero ya no importaba.
Porque ahora…
Tenían que sobrevivir.
—Se cae —murmuró Elena, señalando el techo que empezaba a ceder.
—Lo sé.
Alekséi se levantó primero, tirando de ella.
Luego miró a Dmitri.
Un segundo.
Solo uno.
Pero en ese segundo…
Todo se decidió.
—Podés caminar —le dijo.
No fue una pregunta.
Fue una orden.
Dmitri asintió con esfuerzo.
—Entonces movete —añadió Alekséi.
Elena no dejó de observarlos.
Esa tensión.
Ese silencio.
Esa historia que no terminaban de decir.
Había más.
Mucho más.
Pero no era el momento.
Nunca era el momento.
—Salida lateral —indicó Alekséi, avanzando primero.
Elena sostuvo a Dmitri mientras corrían detrás de él.
El fuego se expandía.
Las explosiones menores comenzaban a encadenarse.
El aire se volvía irrespirable.
El tiempo…
Se agotaba.
Un nuevo estallido sacudió el lugar.
Más cerca.
Más violento.
Elena perdió el equilibrio por un segundo, pero Alekséi la sostuvo sin mirar, sin frenar, sin perder el ritmo.
Como si ya supiera dónde estaba.
Como si siempre la sintiera.
—No te caigas —murmuró.
—No pienso hacerlo.
Pero su voz…
No sonó tan firme.
Error.
Grave error.
Porque el suelo cedió delante de ellos.
Una sección completa colapsó, abriendo un vacío de fuego y metal retorcido que bloqueaba el paso.
Se detuvieron.
Bruscamente.
Sin opción.
—No hay salida —dijo Dmitri, jadeando.
Alekséi observó.
Calculó.
Evaluó.
—Sí la hay.
Señaló arriba.
Una estructura metálica, inestable, que conectaba con una ventana alta.
—¿En serio? —murmuró Elena.
—¿Tenés otra idea?
Silencio.
No la tenía.
—Primero vos —dijo él.
—No.
Error.
Grave error.
Porque esa negativa…
No era lógica.
Era emocional.
—No discutas —gruñó Alekséi.
—No te voy a dejar atrás.
Silencio.
Pero esta vez…
Era distinto.
Más profundo.
Más peligroso.
Él la miró.
Y en ese instante…
Todo cambió otra vez.
—No te estoy pidiendo que me dejes —dijo bajo—. Te estoy diciendo que confíes.
Elena sostuvo su mirada.
Y por primera vez…
Dudó.
No de él.
De sí misma.
Error.
Grave error.
Pero el tiempo no esperaba.
—Subí —ordenó él.
Y esta vez…
Ella obedeció.
Escaló la estructura con rapidez, ignorando el calor, el humo, el dolor.
Llegó a la ventana.
Se giró.
Alekséi estaba ayudando a Dmitri.
Empujándolo.
Sosteniéndolo.
El fuego avanzaba.
Demasiado rápido.
Demasiado cerca.
—¡Apurate! —gritó Elena.
Dmitri alcanzó la estructura.
Subió.
Con dificultad.
Pero subió.
Alekséi quedó abajo.
Solo.
Un segundo.
Dos.
Demasiado tiempo.
Elena sintió el miedo.
Real.
Crudo.
Innegable.
—¡Alekséi!
Él la miró.
Desde abajo.
Entre fuego y sombras.
Y en ese instante…
Sonrió.
No una sonrisa tranquila.