Sangre y Promesas

Capítulo 18: Lo que siempre estuvo entre nosotros

Las peores verdades…

No llegan de golpe.

Se arrastran.

Se esconden.

Y cuando finalmente salen…

Ya es demasiado tarde para escapar.

El techo volvió a crujir.

Más fuerte.

Más cerca.

El fuego ya no era una amenaza lejana.

Era presencia.

Era calor en la piel.

Era muerte respirando en sus nucas.

—¡Muévanse! —ordenó Alekséi, tirando de Elena.

Dmitri se incorporó con esfuerzo, apoyándose contra la pared antes de dar el primer paso.

Pero algo había cambiado.

No en el entorno.

En ellos.

El silencio ya no era táctico.

Era… personal.

Pesado.

Cargado de lo que no se dijo.

Y de lo que ya no podía seguir oculto.

Avanzaron por el pasillo, esquivando escombros, respirando humo, sintiendo cómo cada segundo se volvía más caro que el anterior.

Pero Elena ya no estaba completamente ahí.

Su mente…

Se había quedado atrás.

En esas palabras.

“Tu padre no es el único…”

Error.

Grave error.

Porque esa frase…

No se podía ignorar.

—Ahora —dijo Alekséi, señalando una compuerta metálica semioculta.

La abrió de una patada.

Un pasaje estrecho se reveló detrás.

Oscuro.

Descendiendo.

Siempre descendiendo.

—¿Más abajo? —murmuró Dmitri, agotado.

—Es la única salida —respondió él.

Mentía.

Elena lo supo.

Pero no dijo nada.

No todavía.

Entraron.

La compuerta se cerró detrás de ellos con un golpe seco.

Y por primera vez desde que empezó todo…

El sonido del fuego quedó amortiguado.

Lejano.

Como si el mundo de arriba ya no existiera.

Solo ellos.

En la oscuridad.

En el descenso.

Y con la verdad…

Esperando.

—Ahora hablás —dijo Elena.

No fue una sugerencia.

Fue una orden.

Alekséi no se detuvo.

—No es el momento.

Error.

Grave error.

Porque esa respuesta…

Ya no funcionaba.

Elena lo agarró del brazo.

Firme.

Deteniéndolo.

—Ahora —repitió.

Silencio.

Pesado.

Irreversible.

Dmitri los observó desde atrás.

Sin intervenir.

Sin interrumpir.

Pero atento.

Siempre atento.

Alekséi cerró los ojos un segundo.

Solo uno.

Como si en ese instante estuviera decidiendo algo que llevaba demasiado tiempo evitando.

Y luego…

La miró.

De verdad.

—No fue solo tu padre —dijo finalmente.

El aire se volvió más denso.

Más pesado.

Más… inevitable.

—Entonces quién —susurró Elena.

Alekséi no respondió de inmediato.

Error.

Grave error.

—Decilo —insistió ella.

Dmitri dio un paso adelante.

—Yo.

El mundo se detuvo.

Otra vez.

Pero esta vez…

No hubo explosión.

No hubo disparos.

No hubo fuego.

Solo silencio.

Y esa palabra.

Yo.

Elena giró lentamente hacia él.

Como si su cuerpo se negara a moverse más rápido.

Como si su mente necesitara tiempo para procesar algo que no quería entender.

—¿Qué…?

Pero la frase no se completó.

Porque ya lo estaba entendiendo.

Y eso…

Dolía más que cualquier bala.

—No como creés —añadió Dmitri—. Pero sí… lo suficiente.

Error.

Grave error.

Elena retrocedió un paso.

Luego otro.

La distancia…

Se volvió necesaria.

Urgente.

—Explicá —ordenó.

Pero su voz…

Ya no era firme.

Dmitri bajó la mirada un segundo.

Solo uno.

Pero cuando volvió a levantarla…

Había algo distinto.

No culpa.

No del todo.

Algo más complejo.

—Tu padre no confiaba en nadie —dijo—. Ni siquiera en vos.

Elena sintió el golpe.

Directo.

Sin defensa.

—Eso ya lo sabía —murmuró.

—No —corrigió Dmitri—. No así.

Silencio.

Pesado.

—Sabía que la lista era demasiado peligrosa para existir en un solo lugar.

—Ya lo sé —interrumpió ella.

—Entonces sabés lo que hizo.

Elena no respondió.

Pero su respiración cambió.

Error.

Grave error.

Porque estaba llegando.

A esa parte.

A la que nadie quería decir en voz alta.

—Te usó —continuó Dmitri—. Pero no solo a vos.

Pausa.

Larga.

Dolorosa.

Irreversible.

—Nos usó a los dos.

El silencio que siguió…

Fue devastador.

—¿Qué significa eso? —preguntó Elena, más bajo.

Más peligroso.

Dmitri respiró hondo.

—Significa que una parte de la lista… está en vos.

El mundo se quebró.

No de golpe.

Lento.

Preciso.

Irreversible.

—Y otra… —añadió— está en mí.

Silencio.

Total.

Absoluto.

Irrompible.

Elena lo miró.

Pero ya no lo veía igual.

Ya no era Dmitri.

No del todo.

Era…

Otra pieza.

Otra mentira.

Otro error.

Grave error.

—¿Desde cuándo? —susurró.

—Desde siempre.

El golpe final.

El definitivo.

—Mentís —dijo ella.

Pero no sonó convencida.

No esta vez.

Dmitri negó suavemente.

—No. Solo… no te lo dijeron.

Elena sintió el vacío.

Real.

Crudo.

Profundo.

—¿Y vos sí sabías?

Silencio.

Y eso…

Fue suficiente.

—¿Vos sí sabías? —repitió, más fuerte.

—No al principio —respondió él—. Pero después…

No terminó la frase.

No hacía falta.

Error.

Grave error.

Porque en ese instante…

Todo cambió.

Todo se rompió.

Todo se volvió… personal.

Elena giró hacia Alekséi.

Su mirada lo atravesó.

—¿Y vos?

Silencio.

Pesado.

Irreversible.

—¿Desde cuándo lo sabés?

Alekséi no esquivó esta vez.

No mintió.

No dudó.

—Desde el principio.

El golpe fue total.




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