Capítulo 1
El agua todavía resbalaba por el cabello de Jhonny Kent cuando salió de la pila bautismal.
Los aplausos llenaron el pequeño templo.
Algunas personas sonreían.
Otras lloraban de emoción.
El pastor levantó una mano hacia el cielo.
—Hoy celebramos una nueva vida en Cristo.
Jhonny bajó la mirada.
Su corazón latía con fuerza.
No sabía exactamente cómo explicar lo que sentía.
Era como si durante años hubiera caminado con una piedra atada al pecho y alguien finalmente se la hubiera quitado.
Se sentía ligero.
Libre.
En paz.
Su madre fue la primera en abrazarlo.
Las lágrimas corrían por sus mejillas.
—Sabía que este día llegaría.
—Mamá…
—Tu abuelo estaría orgulloso de ti.
Jhonny sonrió.
Su abuelo había sido quien le enseñó a orar cuando era niño.
Había fallecido tres años atrás.
Muchas veces estuvo a punto de abandonar la fe después de aquello.
Pero nunca lo hizo.
Ahora sentía que estaba cumpliendo una promesa.
Su padre se acercó y colocó una mano sobre su hombro.
—Estoy orgulloso de ti, hijo.
—Gracias.
—Aunque no te acostumbres demasiado a la paz espiritual. Mañana vuelves a ayudarme en el taller.
Todos comenzaron a reír.
La tensión desapareció.
Por un momento, todo parecía perfecto.
Como si nada malo pudiera suceder.
Como si Dios hubiera detenido el tiempo únicamente para ellos.
⸻
A cientos de kilómetros de distancia, otro hombre observaba la lluvia caer sobre la ciudad.
No había aplausos.
No había sonrisas.
No había familia.
Solo oscuridad.
Dante permanecía inmóvil junto a una enorme ventana de cristal en el quinto piso de un edificio abandonado.
La ciudad brillaba bajo él.
Miles de luces.
Miles de vidas.
Miles de personas que jamás sabrían que uno de los hombres más peligrosos del planeta las estaba observando.
Sobre una mesa descansaba una pistola negra.
Dos cuchillos.
Tres teléfonos desechables.
Y un pequeño dispositivo metálico.
A simple vista parecía insignificante.
Pero aquel objeto contenía información suficiente para provocar guerras internacionales.
Dante lo observó durante varios segundos.
Después cerró la mano sobre él.
El microchip.
El secreto mejor guardado del crimen organizado.
Las rutas.
Las cuentas.
Los nombres.
Las identidades.
Todo.
Las llamadas Siete Cabezas habían confiado demasiado en él.
Ese había sido su error.
Dante no era un hombre leal.
Era un superviviente.
Y los supervivientes nunca pertenecían a nadie.
Su teléfono vibró.
Una sola vez.
Miró la pantalla.
Sin número.
Sin identificación.
Solo un mensaje.
“Lo saben.”
Nada más.
Tres palabras.
Tres palabras que bastaron para cambiarlo todo.
Dante borró el mensaje inmediatamente.
Su expresión no cambió.
Pero por dentro comprendió algo.
La cacería había comenzado.
⸻
Aquella misma noche, Jhonny caminaba junto a sus padres por las calles iluminadas de su barrio.
Habían salido a cenar para celebrar su bautismo.
Su madre hablaba sin parar.
Su padre hacía bromas.
Y Jhonny simplemente escuchaba.
Disfrutaba el momento.
No quería que terminara.
—¿En qué piensas? —preguntó su madre.
—En nada.
—Mentira.
—Bueno…
Miró el cielo.
—Pienso que quiero hacer algo importante con mi vida.
Su padre sonrió.
—Entonces ya empezaste bien.
—¿Por qué?
—Porque las personas que cambian el mundo siempre comienzan cambiándose a sí mismas.
Jhonny guardó silencio.
Aquellas palabras quedaron grabadas en su mente.
No sabía que serían las últimas que escucharía de su padre.
⸻
Mientras tanto, en el edificio abandonado, la puerta principal explotó.
El estruendo sacudió todo el piso.
Dante ni siquiera se sobresaltó.
Simplemente tomó su pistola.
Sus sospechas habían sido correctas.
Habían venido por él.
Pasos.
Muchos pasos.
Hombres armados avanzando por las escaleras.
Dante sonrió.
Una sonrisa fría.
Oscura.
Peligrosa.
La misma sonrisa que había aterrorizado a cientos de enemigos durante años.
—Al fin llegaron.
Cargó el arma.
Y caminó hacia la oscuridad.
⸻
Esa noche, dos hombres avanzaban hacia destinos opuestos.
Uno acababa de entregar su vida a Dios.
El otro estaba a punto de vender la suya al infierno.
Ninguno conocía al otro.
Ninguno sabía que el destino ya había escrito sus nombres en la misma página.
Y que antes de que amaneciera…
uno moriría.
Y el otro también.
Pero solo uno volvería a abrir los ojos.