Capítulo 4
El sonido de las máquinas fue lo primero que escuchó.
Pit.
Pit.
Pit.
Constante.
Molesto.
Dante abrió lentamente los ojos.
La luz blanca del techo lo obligó a parpadear varias veces.
Todo estaba borroso.
Pesado.
Extraño.
Intentó incorporarse.
Un dolor agudo atravesó su cabeza.
—¡Ah!
Inmediatamente una enfermera que revisaba unos documentos dejó caer la carpeta.
—¡Doctor! ¡Doctor! ¡El paciente despertó!
Dante frunció el ceño.
Paciente.
Hospital.
Despertó.
Las piezas no encajaban.
Su último recuerdo era una caída.
La ventana rota.
El pavimento acercándose.
El impacto.
La muerte.
Porque sí.
Estaba seguro de haber muerto.
Entonces…
¿Por qué seguía vivo?
La puerta se abrió de golpe.
Varias personas entraron corriendo.
Un médico.
Una mujer llorando.
Un hombre de rostro cansado.
Y una joven que parecía contener las lágrimas.
Al verla, algo extraño ocurrió.
Una imagen cruzó por su mente.
Una niña pequeña corriendo por un jardín.
Una risa.
Un cumpleaños.
Un abrazo.
Dante sintió una punzada en la cabeza.
Retrocedió.
Aquellos recuerdos no eran suyos.
—¡Jhonny!
La mujer se lanzó sobre él y comenzó a abrazarlo.
Dante quedó inmóvil.
Nadie lo había abrazado así en toda su vida.
Ni una sola vez.
—Gracias a Dios… gracias a Dios…
La mujer lloraba sin detenerse.
El hombre se acercó y colocó una mano temblorosa sobre su hombro.
Sus ojos estaban húmedos.
—Pensamos que te habíamos perdido, hijo.
Hijo.
La palabra golpeó a Dante como una bala.
Su mirada se volvió fría.
Analítica.
Observadora.
No entendía nada.
Pero sí entendía una cosa.
Aquellas personas creían que él era alguien llamado Jhonny.
Y por la forma en que lo miraban…
lo amaban.
⸻
Minutos después, los médicos terminaron los exámenes.
El diagnóstico parecía imposible.
Las heridas internas se estaban recuperando a una velocidad anormal.
Su actividad cerebral era estable.
Y, contra toda lógica médica, su corazón funcionaba perfectamente.
—Es un milagro —susurró una enfermera.
Dante casi soltó una carcajada.
Si aquellos médicos supieran quién era realmente…
La palabra milagro sería la última que utilizarían.
⸻
Horas después.
Finalmente se quedó solo.
Su madre había salido a buscar café.
Su padre hablaba con los médicos.
Y su hermana permanecía dormida en una silla cercana.
Dante la observó.
Era joven.
Quizás unos años menor que Jhonny.
Tenía los ojos hinchados de tanto llorar.
Y aun dormida sostenía una Biblia contra el pecho.
Otra imagen apareció en su mente.
La misma joven.
Orando.
Llorando.
Pidiéndole a Dios que salvara a su hermano.
Dante apretó los dientes.
Aquellos recuerdos seguían mezclándose con los suyos.
Era irritante.
Peligroso.
Y cada vez más intenso.
Necesitaba respuestas.
Se levantó lentamente de la cama.
Sus piernas temblaron.
Pero logró caminar.
Avanzó hacia el baño de la habitación.
Abrió la puerta.
Y se detuvo.
Frente al espejo.
El reflejo no era suyo.
No era el rostro endurecido por años de asesinatos.
No era el hombre de ojos fríos conocido por los carteles criminales.
No era Dante.
Era un joven desconocido.
Cabello oscuro.
Rostro limpio.
Mirada inocente.
El rostro de Jhonny Kent.
Por primera vez desde que despertó…
Dante sintió verdadero terror.
Retrocedió un paso.
Luego otro.
—No…
Volvió a mirar el espejo.
La imagen seguía allí.
—No…
Tocó su rostro.
El reflejo hizo lo mismo.
Era real.
Todo era real.
La respiración comenzó a acelerarse.
—No…
El asesino más temido del crimen organizado acababa de comprender la verdad.
Dante estaba muerto.
Y de alguna forma…
había despertado dentro del cuerpo de otra persona.
⸻
De repente, una voz suave sonó detrás de él.
—¿Hermano?
Dante giró rápidamente.
La hermana de Jhonny acababa de despertar.
Lo observaba con preocupación.
—¿Te sientes bien?
Por un instante ninguno habló.
La joven sonrió con lágrimas en los ojos.
—Sabía que Dios te iba a devolver con nosotros.
Aquellas palabras atravesaron algo profundo dentro de él.
Algo que llevaba años enterrado.
Porque nadie.
Absolutamente nadie.
Lo había esperado jamás.
Nadie había rezado por él.
Nadie había llorado por él.
Nadie había deseado que regresara.
La joven dio un paso adelante.
Y lo abrazó.
Dante se quedó inmóvil.
Sin saber qué hacer.
Sin saber cómo responder.
Mientras tanto, en algún lugar oculto del mundo…
una pequeña luz roja comenzó a parpadear.
Dentro del microchip que había recuperado de su cadáver.
Y muy lejos de allí…
la Octava Familia acababa de recibir una notificación.
OBJETIVO LOCALIZADO.
La cacería acababa de comenzar.