Capítulo 5
La mañana había llegado.
Pero Dante no había dormido.
Permanecía sentado junto a la ventana de su habitación observando el amanecer.
Las calles comenzaban a llenarse de personas.
Autos.
Trabajadores.
Niños caminando hacia la escuela.
Una vida normal.
Una vida que nunca había conocido.
Una vida que no le pertenecía.
Apretó los puños.
Todavía podía recordar cada rostro.
Cada nombre.
Cada asesinato.
Cada grito.
Había quitado demasiadas vidas para contarlas.
Y ahora estaba allí.
Sentado en la habitación de un muchacho inocente.
Rodeado por una familia que lo amaba.
Aquello era absurdo.
Injusto.
Y peligroso.
Porque tarde o temprano descubrirían la verdad.
⸻
La puerta se abrió.
Su hermana entró con una bandeja de comida.
—Mamá hizo tu desayuno favorito.
Dante levantó una ceja.
—¿Mi favorito?
La joven sonrió.
—Sí.
Luego se detuvo.
—Bueno… se supone que es tu favorito.
Dante sintió una punzada de alarma.
Debía tener cuidado.
Había estado cometiendo demasiados errores.
Demasiadas diferencias.
Su comportamiento no coincidía con el del verdadero Jhonny.
La muchacha colocó la bandeja sobre la mesa.
—Sigues actuando raro.
—Estuve en coma.
—Lo sé.
—Entonces deja de mirarme así.
Ella soltó una pequeña risa.
—Definitivamente eres raro.
Por primera vez en años, Dante no supo qué responder.
⸻
Más tarde.
Cuando se quedó solo.
Tomó la Biblia que descansaba sobre la mesa.
La misma Biblia que pertenecía a Jhonny.
La abrió sin interés.
Planeaba cerrarla de inmediato.
Pero algo llamó su atención.
Una frase estaba marcada.
Con tinta azul.
”¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?”
Dante permaneció inmóvil.
Leyó la frase otra vez.
Y otra.
Y otra.
Sin darse cuenta.
Aquellas palabras comenzaron a perforar algo dentro de él.
Porque él había ganado casi todo.
Dinero.
Poder.
Respeto.
Temor.
Había tenido acceso a secretos capaces de derribar gobiernos.
Y aun así…
Nunca había sido feliz.
⸻
De repente.
Un dolor atravesó su pecho.
Violento.
Brutal.
Dante cayó de rodillas.
—¡¿Qué demonios?!
La sensación era insoportable.
Como si miles de agujas estuvieran perforando su corazón.
Intentó respirar.
No pudo.
Entonces ocurrió.
Una imagen apareció en su mente.
Un hombre.
Una pistola.
Un disparo.
Y luego otro.
Y otro más.
Dante reconoció aquel recuerdo.
Era suyo.
Un asesinato.
Uno de tantos.
Pero algo era diferente.
Por primera vez…
Sintió el dolor de la víctima.
Sintió el miedo.
Sintió la desesperación.
Sintió la muerte.
—¡AAAH!
La agonía recorrió todo su cuerpo.
Y tan rápido como llegó…
Desapareció.
Dante quedó tendido en el suelo.
Empapado en sudor.
Respirando con dificultad.
Sin comprender lo que acababa de pasar.
⸻
Esa noche.
La familia regresó a casa.
El hospital finalmente había autorizado su salida.
La vivienda era pequeña.
Sencilla.
Pero cálida.
Las paredes estaban llenas de fotografías familiares.
Cumpleaños.
Navidades.
Vacaciones.
Momentos felices.
Momentos reales.
Dante observó cada imagen en silencio.
Y entonces vio una fotografía.
Jhonny.
Su hermana.
Su padre.
Su madre.
Sonriendo.
Felices.
Juntos.
Algo extraño ocurrió.
Por un instante…
Sintió envidia del hombre cuyo cuerpo habitaba.
⸻
Mientras tanto…
A miles de kilómetros de allí.
En una sala oscura.
Varios individuos observaban una enorme pantalla.
Todos vestían de negro.
Nadie hablaba.
Hasta que una luz roja comenzó a parpadear.
Uno de ellos sonrió.
—Lo encontramos.
Otro hombre se puso de pie.
—¿Está confirmado?
—Sí.
—¿El chip?
—Activo.
La habitación quedó en silencio.
Entonces una figura sentada al final de la mesa abrió los ojos.
Los demás bajaron la cabeza inmediatamente.
Aquella persona no era un líder común.
Era uno de los miembros de la Octava Familia.
La organización que gobernaba desde las sombras.
—¿Quién lo tiene?
—Creemos que Dante sobrevivió.
El hombre sonrió.
Pero no era una sonrisa humana.
Era la sonrisa de alguien que disfrutaba la muerte.
—Entonces tráiganmelo.
Vivo.
O en pedazos.
⸻
Esa misma noche.
Dante estaba acostado en la habitación de Jhonny.
Incapaz de dormir.
Algo había cambiado.
Podía sentirlo.
Como si una fuerza invisible estuviera creciendo dentro de él.
Como si el cuerpo que habitaba rechazara la oscuridad que llevaba en el alma.
Miró la cruz colgada sobre la pared.
Y por primera vez en muchos años…
Sintió miedo.
No de la muerte.
No de la mafia.
No de la Octava Familia.
Sino de sí mismo.
Porque comenzaba a sospechar algo imposible.
Quizás el verdadero enemigo ya no estaba afuera.
Quizás…
Estaba dentro de él.
Continuará…