Santidad Criminal: El mandamiento De La Sangre

Huellas Borradas

Capítulo 7

La primera luz del amanecer entró por la ventana.

Dante seguía despierto.

Toda la noche había analizado la situación.

Y había llegado a una conclusión.

Había cometido un error.

Un error imperdonable.

El microchip.

El mismo que había recuperado de su cadáver.

El mismo que contenía los secretos de las Siete Cabezas.

Si él hubiera diseñado una red criminal mundial, jamás confiaría información tan valiosa sin algún método de rastreo oculto.

Era lógico.

Era obvio.

Y, aun así, no lo había comprobado antes.

—Idiota…

Murmuró para sí mismo.

Sacó el pequeño dispositivo de un escondite improvisado dentro de su habitación.

Lo observó bajo la luz de una lámpara.

Por fuera parecía normal.

Pero Dante sabía dónde buscar.

Tomó un destornillador pequeño de la caja de herramientas del padre de Jhonny.

Comenzó a desmontarlo pieza por pieza.

Cinco minutos después sonrió.

Allí estaba.

Un diminuto transmisor satelital.

Prácticamente invisible.

—Los muy desgraciados…

Sin perder tiempo arrancó el componente.

Luego lo aplastó con un martillo.

Una.

Dos.

Tres veces.

Hasta convertirlo en polvo metálico.

Finalmente colocó los restos en una bolsa.

Esa misma mañana los arrojaría en distintos lugares de la ciudad.

Si la Octava Familia seguía rastreando la señal…

Encontraría basura.

No a Dante.

—¡Jhonny, baja a desayunar!

La voz de su madre llegó desde la cocina.

Dante cerró rápidamente el compartimiento secreto donde ocultaba el microchip.

Después bajó las escaleras.

Todavía le resultaba extraño caminar por aquella casa.

Extraño escuchar que alguien lo llamara por un nombre que no era suyo.

Extraño sentir que pertenecía a una familia.

Su hermana ya estaba sentada en la mesa.

—Buenos días, dormilón.

—No dormí.

—Se nota.

Ella soltó una risa.

Dante observó el desayuno.

Huevos.

Pan.

Chocolate caliente.

Una comida sencilla.

Pero por alguna razón se sintió más cómodo allí que en los restaurantes de lujo donde había negociado millones de dólares.

Aquello lo irritó.

Porque comenzaba a acostumbrarse.

Más tarde.

Cuando salió de la casa para tirar la basura, notó algo.

Un automóvil estacionado al final de la calle.

Demasiado limpio.

Demasiado discreto.

Demasiado perfecto.

Dentro había dos hombres.

Observando.

Esperando.

Dante siguió caminando sin mostrar reacción.

Como si fuera un adolescente cualquiera.

Como si no hubiera detectado la amenaza.

Pero por dentro ya estaba calculando rutas de escape.

Ángulos de ataque.

Puntos ciegos.

Viejos hábitos.

Hábitos imposibles de borrar.

Uno de los hombres dentro del vehículo observó una fotografía.

Era una imagen de Dante antes de morir.

Treinta años.

Cabello oscuro.

Mirada fría.

Luego observó al muchacho de diecisiete años que caminaba por la acera.

—No puede ser él.

—Claro que no.

—Entonces ¿por qué seguimos aquí?

—Órdenes.

Los dos guardaron silencio.

Porque la señal del rastreador había desaparecido hacía pocas horas.

Y justo antes de desaparecer…

Había señalado aquel vecindario.

Esa tarde.

Dante subió al techo de la casa.

Necesitaba pensar.

Necesitaba un plan.

Porque destruir el rastreador solo le había comprado tiempo.

Nada más.

La Octava Familia no abandonaría la búsqueda.

Nunca.

Mientras observaba el horizonte, una extraña sensación recorrió su cuerpo.

La misma energía que había sentido desde que despertó.

Cerró los ojos.

Y de pronto aparecieron imágenes.

Fragmentos.

Recuerdos que no eran suyos.

Jhonny sonriendo.

Jhonny leyendo la Biblia.

Jhonny orando.

Jhonny prometiendo proteger a su familia.

Dante abrió los ojos de golpe.

La visión desapareció.

Pero algo quedó.

Una emoción.

Una determinación.

Como si una parte del verdadero Jhonny todavía existiera dentro de aquel cuerpo.

—¿Qué eres exactamente…?

Preguntó al vacío.

No obtuvo respuesta.

Esa misma noche.

Muy lejos de allí.

En una instalación subterránea.

El anciano de la Octava Familia observaba varios informes.

Su expresión era sombría.

—La señal desapareció.

—Sí, señor.

—¿Destruida?

—Probablemente.

El anciano permaneció en silencio unos segundos.

Después sonrió.

Una sonrisa inquietante.

—Entonces Dante sigue vivo.

Todos en la sala quedaron inmóviles.

—¿Cómo puede estar tan seguro?

—Porque solo Dante habría encontrado el rastreador.

El anciano se levantó lentamente.

—Y si sigue vivo…

Quiero que el mundo entero se convierta en su tumba.

Mientras tanto, en la casa de los Kent, un muchacho de diecisiete años observaba las estrellas desde su ventana.

Pero detrás de aquellos ojos juveniles…

Seguía habitando uno de los hombres más peligrosos del planeta.

Y la guerra acababa de comenzar.

Continuará…



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En el texto hay: #humor, #accion #romance, #religiones

Editado: 26.06.2026

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