Santidad Criminal: El mandamiento De La Sangre

Cerbero

Capítulo 12

Dante sintió la presencia antes de verla.

Era una sensación que había desarrollado durante años.

Una habilidad nacida de la supervivencia.

Cuando un asesino observaba a otro asesino…

Lo sabía.

Y aquella tarde, mientras caminaba por las calles de regreso a casa, sintió exactamente eso.

Alzó la vista.

Un tejado.

Luego otro.

Nada.

Pero la sensación seguía allí.

Alguien lo estaba vigilando.

Alguien mucho más peligroso que los observadores anteriores.

No aceleró el paso.

No miró hacia atrás.

No mostró nerviosismo.

Porque los depredadores atacan cuando perciben miedo.

Y Dante jamás había sido una presa.

Continuó caminando como cualquier estudiante de diecisiete años.

Mochila al hombro.

Uniforme escolar.

Aspecto inocente.

Pero dentro de su mente ya estaba construyendo escenarios.

Uno.

Dos.

Cinco.

Diez.

Siempre varios movimientos por delante.

A tres edificios de distancia.

Un hombre observaba a través de unos binoculares.

Cabello corto.

Rostro inexpresivo.

Sin emociones.

Era conocido como Cerbero Uno.

El líder del Equipo Cerbero.

La unidad más peligrosa de la Octava Familia.

—¿Confirmación visual?

Preguntó una voz por el comunicador.

—Confirmada.

—¿Es Dante?

Silencio.

Cerbero Uno observó al muchacho.

Luego respondió.

—No.

La central quedó confundida.

—¿Entonces?

—Es peor.

—¿Qué significa eso?

Cerbero Uno bajó lentamente los binoculares.

—Significa que no entiendo lo que estoy viendo.

Esa noche.

La familia Kent cenaba junta.

Algo que Dante todavía encontraba extraño.

Su madre hablaba sobre el trabajo.

Su padre sobre el taller.

Su hermana sobre la escuela.

Y por alguna razón…

Todos esperaban escuchar su opinión.

Como si realmente perteneciera allí.

Como si fuera parte de la familia.

—¿Jhonny?

Preguntó su madre.

—¿Sí?

—Estás distraído.

—Solo estoy cansado.

—Has estado cansado durante semanas.

Su hermana lo señaló con el tenedor.

—Yo también creo que ocultas algo.

—Tal vez oculto un tesoro.

—Conociéndote, seguro son tareas atrasadas.

La mesa estalló en risas.

Excepto Dante.

Porque una parte de él comenzaba a disfrutar aquellos momentos.

Y eso lo aterraba más que cualquier asesino.

Esa madrugada.

No pudo dormir.

Salió silenciosamente al patio trasero.

Necesitaba pensar.

Necesitaba entender cómo derrotar a un enemigo que ya estaba dentro de la ciudad.

Entonces escuchó algo.

Un ruido.

Suave.

Controlado.

Demasiado preciso para ser casual.

Dante levantó la vista.

Y lo vio.

Una silueta sobre la cerca.

Observándolo.

Ninguno habló.

Ninguno se movió.

Durante varios segundos permanecieron inmóviles.

Estudiándose mutuamente.

Como dos jugadores de ajedrez antes del primer movimiento.

Finalmente la figura habló.

—Hola, Dante.

El corazón de Dante se detuvo durante un instante.

No por miedo.

Sino porque era la primera vez que alguien pronunciaba ese nombre desde que despertó en el cuerpo de Jhonny.

—Te equivocas.

Respondió.

—Mi nombre es Jhonny Kent.

La figura soltó una pequeña risa.

—Claro.

Y yo soy un sacerdote.

Dante entrecerró los ojos.

Aquello era malo.

Muy malo.

Porque significaba que la Octava Familia ya no sospechaba.

Ahora estaba investigando seriamente.

—¿Quién eres?

Preguntó Dante.

—Cerbero Uno.

—Nunca escuché ese nombre.

—Eso es porque las personas que lo escuchan suelen morir.

Dante sonrió.

—Entonces deberías buscar una frase mejor.

Cerbero Uno también sonrió.

Y por primera vez en años…

Sintió algo parecido al respeto.

—No vine a matarte.

Dijo el agente.

—Todavía.

—Qué amable.

—Solo quería comprobar algo.

—¿Y qué comprobaste?

Cerbero Uno observó directamente sus ojos.

—Que sigues siendo tú.

Luego desapareció.

Saltó la cerca.

Y desapareció entre las sombras.

Tan rápido que parecía un fantasma.

Dante permaneció inmóvil.

Pensando.

Analizando.

Calculando.

Había aprendido algo importante.

Cerbero Uno no era un simple asesino.

Era inteligente.

Paciente.

Peligroso.

Y lo peor…

También estaba pensando varios movimientos por delante.

A kilómetros de distancia.

En una base secreta.

Cerbero Uno entregaba su informe.

El anciano escuchó atentamente.

—¿Entonces?

Preguntó.

Cerbero Uno apoyó una fotografía sobre la mesa.

Era una imagen reciente de Jhonny.

—Ese muchacho no es Jhonny Kent.

El anciano sonrió.

—Lo sabía.

—Pero tampoco entiendo cómo es posible.

—No necesitamos entenderlo.

Respondió el anciano.

—Solo necesitamos capturarlo.

Cerbero Uno permaneció en silencio.

Luego añadió:

—Hay otro problema.

—¿Cuál?

—Está empezando a encariñarse con esa familia.

El anciano levantó una ceja.

Y luego sonrió.

Una sonrisa fría.

Cruel.

Peligrosa.

Porque acababa de encontrar el punto débil de Dante.

Y un estratega tan viejo como él sabía exactamente cómo aprovecharlo.

Continuará…



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Editado: 26.06.2026

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