Capítulo 17
CRASH.
Otro cristal estalló en la planta baja.
La casa quedó en silencio.
Un silencio pesado.
Peligroso.
Mortal.
Dante ya estaba de pie antes de que el sonido terminara.
Su corazón latía con fuerza.
No por miedo.
Por cálculo.
Por análisis.
Por supervivencia.
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Escuchó pasos.
Tres personas.
No.
Cuatro.
No.
Cinco.
Uno de ellos permanecía afuera.
Cubriendo la retirada.
—Profesionales…
Murmuró.
Aquello no era un robo.
Ni una invasión improvisada.
Era un equipo entrenado.
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La puerta de la habitación se abrió.
Su hermana apareció.
Asustada.
—Jhonny…
—Silencio.
La voz de Dante fue tan firme que ella quedó inmóvil.
Algo en sus ojos la obligó a obedecer.
Algo que jamás había visto en su hermano.
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—Escúchame atentamente.
—¿Qué ocurre?
—No hagas preguntas.
Ve a la habitación de nuestros padres.
Cierren la puerta.
Apaguen todas las luces.
Y no salgan pase lo que pase.
—¿Pero…?
—Ahora.
Ella tragó saliva.
Y obedeció.
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Por primera vez desde que despertó en aquel cuerpo…
Dante dejó de actuar como un adolescente.
Su mente se transformó completamente.
El estratega había tomado el control.
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Observó la habitación.
Luego sonrió.
Porque la mayoría de las personas comete un error.
Piensan que una batalla se gana con fuerza.
Dante sabía que las batallas se ganan antes de empezar.
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Tomó varias canicas que encontró entre las cosas viejas de Jhonny.
Las esparció sobre las escaleras.
Después movió una silla.
Luego otra.
Creando obstáculos invisibles.
Preparando rutas.
Preparando trampas.
Preparando el tablero.
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Los intrusos avanzaban.
Lentamente.
En silencio.
Armas equipadas con silenciadores.
Visores nocturnos.
Equipamiento táctico.
El Equipo Cerbero.
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Uno de ellos levantó la mano.
Señal de avance.
El grupo se dividió.
Exactamente como Dante esperaba.
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—Primer error.
Susurró.
Porque dividirse dentro de territorio desconocido siempre era un error.
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Uno de los atacantes subió las escaleras.
Dos pasos.
Tres pasos.
Cuatro.
Y entonces…
Resbaló.
Las canicas rodaron bajo sus botas.
El hombre perdió el equilibrio.
Y cayó violentamente.
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—¿Qué fue eso?
Susurró otro.
Demasiado tarde.
El ruido ya había revelado su posición.
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Dante sonrió.
No necesitaba armas.
Necesitaba información.
Y acababa de obtenerla.
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Los atacantes comenzaron a moverse más lentamente.
Más nerviosos.
Más inseguros.
Y eso era exactamente lo que él quería.
Porque el miedo destruye la coordinación.
Y la coordinación es lo que hace peligrosos a los equipos especiales.
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En ese momento…
Un disparo silencioso atravesó la oscuridad.
La bala impactó donde Dante había estado un segundo antes.
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—Interesante.
Murmuró.
Alguien había anticipado su movimiento.
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Desde abajo.
Una voz conocida habló.
—Sal de una vez, Dante.
La sonrisa desapareció de su rostro.
Reconocía esa voz.
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Cerbero Uno.
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—Sabía que eras tú.
Dijo Dante.
—Y yo sabía que sobrevivirías.
Respondió Cerbero.
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Durante unos segundos.
Ninguno habló.
Dos estrategas.
Dos depredadores.
Dos hombres acostumbrados a pensar varios movimientos por delante.
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—Viniste personalmente.
Dijo Dante.
—Tomé eso como un cumplido.
—Significa que estás preocupado.
Cerbero sonrió.
—No.
Significa que eres peligroso.
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Dante observó por una rendija.
Y entonces comprendió algo.
Algo que hizo que su expresión cambiara.
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Cerbero no había venido para matarlo.
No inmediatamente.
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Había venido para confirmar algo.
Para estudiar sus movimientos.
Para entender cómo pensaba.
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Y eso significaba una sola cosa.
La verdadera ofensiva aún no había comenzado.
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Entonces Dante hizo algo inesperado.
Sonrió.
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—Gracias.
Dijo.
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Cerbero frunció el ceño.
—¿Por qué?
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—Porque acabas de mostrarme quién es el verdadero líder de esta operación.
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Por primera vez.
Cerbero quedó inmóvil.
Solo un segundo.
Pero para Dante fue suficiente.
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Un error.
Una reacción.
Una confirmación.
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Y los mejores estrategas necesitan muy poco para ganar información.
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—Ya encontré una de tus piezas más importantes.
Continuó Dante.
—Y pronto encontraré las demás.
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Cerbero lo observó en silencio.
Y por primera vez desde el inicio de la misión…
Sintió algo incómodo.
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Porque el muchacho de diecisiete años frente a él no estaba actuando como una presa.
Ni como una víctima.
Ni siquiera como un criminal.
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Estaba actuando como un jugador que acababa de descubrir una parte oculta del tablero.
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Y eso era exactamente lo que más temía la Octava Familia.
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Mientras ambos se observaban en la oscuridad…
Ninguno se dio cuenta de que, a varios kilómetros de allí, alguien estaba observando los movimientos de los dos.
Alguien conectado al nombre que Dante había descubierto en el Archivo Omega.
Alguien perteneciente a Leviatán.
Y para esa organización…
Tanto Dante como la Octava Familia eran simplemente piezas reemplazables.