Se Busca Donante

3. Niñera precarizada

NARRADO POR VICTORIA

Salimos al pasillo de la clínica, fingiendo que todo es muy normal. León se queda adentro, mostrándole a Teo un dibujo que hizo y la puerta se cierra detrás de nosotros. El pasillo es largo, iluminado con luces blancas de tubo. Camino hacia la máquina expendedora de café que está al fondo, sintiendo los pasos de Nico a mi lado. Huele a perfume caro y a limpieza kármica.

Llegamos a la máquina y saco unas monedas de la cartera, pero me tiemblan las manos y se me caen al piso.

—Dejame, yo invito—me dice Nico, agachándose a juntarlas, sacando su billetera y pasando una tarjeta por el lector táctil—. ¿Cortado o negro?

—Negro. Como mi futuro y mi dignidad—murmuro, cruzándome de brazos y apoyándome contra la pared.

—¿Mmm?

—O sea, el normal está bien por mí, gracias igual.

La máquina empieza a hacer ruidos de moler granos. Nico se apoya en la pared frente a mí, a un metro de distancia y me mira, se cruza de brazos y me clava esos ojos celestes, esperando que yo hable.

Tomo aire ante esos ojitos inquisidores y me preparo para afrontar lo que me toca.

—Nicolás, escúchame una cosa. Vamos a sacar el elefante de la sala antes de que nos aplaste a todos por hacer de cuenta que no pasa nada y termine en una cama de esta clínica —le digo, apuntándolo con el dedo índice—. Hace seis meses, en el casamiento de nuestros amigos, yo estaba bajo los efectos de un alto nivel de gin tonic con pepino y desesperación biológica. Lo que te propuse mientras León atacaba la mesa dulce... lo de pedirte que me des un hijo, evaluarte genéticamente y usarte de semental... fue una desubicación total. Fui una maleducada y te pido disculpas. Si me querés odiar, estás en todo tu derecho.

El vasito de plástico termina de llenarse de café.

Nico no deja de mirarme. No parpadea siquiera, lo cual comienza a asustarme. Y, de repente, se larga a reír. Es una risa grave, relajada, que resuena en el pasillo del cuarto piso.

—Vicky, por favor —dice, sacando el vasito de la máquina y tendiéndomelo—. No tengo nada que perdonarte. Me pareció una de las situaciones más graciosas de mi vida. Me dejaste sin palabras y mirá que, como abogado, es difícil dejarme callado.

Agarro el café, mirándolo de reojo.

—¿No te ofendiste? Estuvo re mal de mi parte, fue algo que filtré desde lo más profundo de mí y empecé a delirar boludeces.

—No, no me ofendí. Entendí perfectamente que habías bebido y eso te ponía flexible con ciertos temas. —Nico se pone serio, pero su tono es amable, casi cálido—. Pero si de verdad es algo que te preocupa…admito que me dejó pensando varios días, incluso a hoy, seis meses luego…te vi y fue lo primero en lo que me puse a pensar.

Me quedo muda. El café me quema los dedos a través del plástico, pero no lo suelto. Que alguien me lea tan bien y tan rápido me genera un cortocircuito.

Nico da un paso hacia mí, acortando la distancia.

—De hecho, salí al pasillo porque quería hablar con vos de eso, en serio y estando sobrios los dos—continúa él, bajando la voz—. Si de verdad tomaste la decisión de ser madre soltera por elección y estás pensando en buscar un donante o hacer un acuerdo de copaternidad... te quiero ofrecer mi ayuda.

Frunzo el ceño, completamente perdida.

—¿Tu ayuda? ¿Para qué? ¿Vas a donarme los espermatozoides vos?—pregunto, sintiendo que el corazón me da un latigazo.

Nico suelta una risita y niega con la cabeza.

—No, Vicky. Ya te dije esa noche que yo no estoy buscando tener más hijos biológicos por el momento. Pero soy abogado. Conozco el marco legal de este país de memoria. Los acuerdos de copaternidad, los contratos de donantes conocidos, las leyes de fertilización asistida... son un campo minado. Si hacés las cosas mal o firmás algo a las apuradas con un tipo que levantás por ahí, te podés arruinar la vida.

Da otro paso mientras habla y estamos muy cerca, entiendo que es por la seriedad del asunto que estamos abordando y no porque me quiera comer la boca ni para que le pueda oler el perfume Dior que seguramente lleva puesto y que esto sí es en lo que estoy pensando yo misma ahora.

—Yo te puedo ayudar con la búsqueda—me propone, mirándome fijo—. Podemos hacer entrevistas, evaluar perfiles, y cuando creás que encontraste al candidato ideal, yo me encargo de armarte el andamiaje legal. Contratos, renuncias de derechos, todo blindado. Para que vos estés tranquila y nadie pueda sacarte a tu hijo el día de mañana. Un casting de espermatozoides con rigor jurídico. Te lo ofrezco como amigo. Gratis.

Parpadeo, procesando la información.

El Ken ecologista me acaba de ofrecer ser mi mánager reproductivo y el que le exija al donante la cuota de mantención de la criatura en cuanto quede encinta. Me está ofreciendo filtrar a los pelotudos, a los terraplanistas y a los fisicoculturistas, usando el Código Civil y Comercial de la Nación como escudo.

Es la oferta más anti-romántica y, al mismo tiempo, más ridículamente atractiva que me hicieron en mis treinta y cinco años de vida.

Abro la boca para responder, pero el destino me corta el rollo.

El celular de Nico empieza a sonar en el bolsillo de su saco, lo cual me resulta una molestia porque estoy a punto de decirle que se vaya a cagar, que lo que me ofrece es una locura y que no me fío de su bondad después de aquella noche en que nos puteó de punta a punta en la cena que tuvimos con Paloma, pero me pregunto si en verdad esto ya debería haberlo superado y si no me estoy dando excusas nada más, a fin de intentar procesar el caos que me revoluciona por dentro. Él suspira, saca el aparato, mira la pantalla y hace una mueca de dolor.

—Perdoname, Vicky, es el juzgado. Un recurso de amparo por un derrame tóxico en una papelera que vengo peleando hace meses. Tengo que atender.

—Atendé, salvá al planeta, no te preocupes—le digo, dándole un sorbo al café intomable de la máquina, tratando de procesar la confusión interna que me invade.




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