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4. Cosas de niños

NARRADO POR VICTORIA

Diez minutos después, Nico me deja un beso rápido en la mejilla, me jura lealtad eterna por cuidarle a la cría durante estos minutos y sale corriendo hacia el ascensor.

Me quedo parada en el lobby del cuarto piso de la clínica. A mi lado, con las manos en los bolsillos de su pantalón de corderoy y mirándome con desconfianza, está León.

El pibe de ocho años y yo nos medimos en silencio.

—Mi papá dice que sos la tía de Franco, pero que vos no sos la tía de verdad ni yo el primo de verdad—arranca León, rompiendo el hielo.

—Tu papá habla mucho—le contesto, acomodándome la cartera—. Escuchame una cosa, microbio. Yo no sé cantar canciones de granjas, no tengo crayones en la cartera y no tolero los berrinches. ¿Estamos claros?

—Yo no canto canciones de granjas y estoy grande para pintar con crayones. Tampoco soy un microbio.

—¿Sabés lo que es un microbio?

—Obvio, lo leímos en Biología en el colegio.

—Perdón, Favaloro.

—Ese era doctor, me halagas.

—¿Sabés quién fue Favaloro?

—Sí.

Me siento terriblemente acorralada por este chico, no puede ser que me esté evaluando el CI un pibito de ocho años.

León se encoge de hombros, totalmente inmutable ante mi hostilidad.

—Me aburro acá. Hay olor a hospital. ¿Podemos ir a otro lado?

Efectivamente, esto es un embole para un nene. Suspiro, derrotada por la situación.

—Vamos. Conozco un lugar acá a tres cuadras, en el shopping. Pero haceme caso en todo o te vendo a los gitanos.

—La cultura gitana me parece interesante y me intriga, podrías venderme para ver de qué se trata.

—Escuchame una cosita, ¿no sos muy chico para usar ese vocabulario?

—No he dicho malas palabras.

—No, me refiero a la prepotencia de geniecillo que tenés.

—Perdón, no quería molestarte.

—Dios, no. Olvidate. Solo mantengamos la comunicación en un mínimo posible porque ando muy errante últimamente y lo reconozco, voy a empezar terapia.

—Re bien hacer terapia.

Salimos de la clínica y caminamos hasta el Alto Palermo. Entramos directamente al sector de juegos que es una especie de clínica psiquiátrica moderna llena de ruidos de máquinas, luces de neón parpadeantes y nenes gritando como si el mundo fuese a acabarse. Es mi idea personal del infierno de Dante, pero León tiene los ojos iluminados como si hubiera entrado a Disney.

Voy a la caja, saco una tarjeta de juegos, le cargo un monto que me duele en el alma y se la doy.

—Tenés cuarenta minutos. Gastala en lo que quieras. Yo me voy a sentar en esa silla de allá a revisar mails o me voy a buscar algún libro a la librería.

Pero León no se va a las maquinitas de autitos. Camina directo hacia la mesa de Air Hockey. Me mira, golpeando el tejo rojo contra la mesa.

—¿Jugás? —me desafía, levantando una ceja.

—Soy una mujer de treinta y seis años recién cumplidos y calzandos unos zapatos de diez centímetros, pibe. No juego a los fichines.

—Ah. Tenés miedo de perder—remata él, con una sonrisa sobradora que es una copia exacta de la de su padre.

Nadie. Absolutamente nadie en la Capital Federal, ni siquiera un nene de ocho años, desafía el ego de Victoria.

Dejo mi cartera carísima sobre una silla, me subo las mangas y agarro el disco de plástico de mi lado de la mesa y lo miro con furia asesina.

—Sacá vos, microbio. Y preparate para llorar.

El partido empieza. Y yo, fiel a mi naturaleza, no le tengo ni un gramo de piedad. León es rápido, pero yo soy despiadada. Le clavo el primer gol con un golpe seco que hace rebotar el tejo contra los bordes. Clac-clac-pum.

—¡Uno a cero! —le grito, festejando como si hubiera ganado el Mundial.

León abre los ojos, sorprendido de que no lo deje ganar como seguramente hacen todos los adultos aburridos de su entorno orgánico. Se muerde el labio, se concentra, y el partido se vuelve una carnicería.

Terminamos 7 a 1 a mi favor.

León está transpirado, respirando rápido, pero tiene una sonrisa gigante en la cara.

—¡Sos re tramposa!—se queja, riéndose, mientras la máquina nos escupe un par de tickets miserables de premio.

—No es trampa, pibe. Es instinto asesino de supervivencia. Anotalo para la vida: el que se duerme, es cartera.

Caminamos hacia el patio de comidas. El pibe tiene hambre y yo decido que hoy me cago en los ideales de Greenpeace de Nicolás, en honor al recuerdo que le guardo de la boda de Palo y Teo en que se prendió a la mesa de dulces como una garrapata al tierno cuero de un cachorrito.

Le compro la bandeja de papas fritas más grande que encuentro, bañadas en queso cheddar radioactivo, panceta crocante y verdeo. Nos sentamos en una mesa y León mira la bandeja como si yo le hubiera traído oro en polvo.

—Mi papá dice que esto tapa las arterias y tiene grasas trans —me informa, agarrando una papa chorreando queso amarillo.

—Tu papá es un aburrido que mastica pasto. Comé, que lo que pasa en el Alto Palermo, se queda en el Alto Palermo —le digo, robándole una papa frita con la mano—. Pero si le contás de esto, te juro que le digo a tu papá que hoy te portaste re mal.

—Yo no me porto mal y papá lo sabe.

—No me contadigas, mocoso. —Le apunto directo a la cara con una papa asesina.

León se ríe a carcajadas con la boca llena.

Lo miro mientras come y entro en un loop estúpido de fascinación; en cuestión de minutos está sucio con cheddar en los cachetes, es ruidoso e intenta reutilizar mil veces la misma servilleta mugrienta.

Y de repente, mientras me tomo una Coca Cola Zero, me doy cuenta de algo aterrador.

No lo odio.

Es más, me cae bastante bien el microbio. Me doy cuenta de que tratar a los nenes como a mini-adultos borrachos, sin subestimarlos y compitiendo con ellos, los hace tolerables.

Por primera vez, la idea de tener un hijo no me parece un acto de locura hormonal o un intento desesperado de no quedarme sola. Me parece un planazo. Un proyecto. Quiero un mini-humano para enseñarle a ser despiadado en el Air Hockey, para comer porquerías a escondidas y para que me acompañe a juzgar a la gente por la calle, pero que no compita conmigo con su sabelotodología.




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