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5. Celos bisexuales

NARRADO POR PALOMA

Existe un complot global, avalado por Hollywood, las revistas de maternidad, las publicidades de Johnson & Johnson y la industria farmacéutica en general, para hacernos creer que volver a casa con tu bebé recién nacido es un momento de pura luz, magia y olor a vainilla. Te muestran a la madre con un camisón de seda blanco, la piel radiante, sonriendo mientras sostiene al retoño, con el marido al lado mirándola con devoción.

Nadie. Absolutamente nadie te advierte sobre las bombachas post parto que te sujetan todos los fluidos que aún se escapan después de parir y las fajas que te sujetan los colgajos que te hacen sentir una asquerosidad andante. Vamos a desdramatizar el parir porque juro que en nueve meses nunca nadie en la vida me advirtió sobre cómo la libido y la autoestima se ven vulneradas tras pasar por esto. Nadie me avisó que el bebé llevaría pañales, pero yo también.

Llevamos exactamente cinco días en casa desde que Franco decidió abandonar las comodidades de mi útero para enfrentarse a la inflación argentina. Cinco días. Ciento veinte horas. Y yo siento que acabo de volver de la Guerra de Vietnam, pero sin medallas y con los pezones en carne viva.

Miro mi reflejo en el espejo de cuerpo entero del pasillo y quiero llorar a moco tendido. Soy un monstruo, un despojo humano, una criatura mitológica que se alimenta de galletitas de agua a las tres de la madrugada. Tengo puesto un corpiño de lactancia color beige que tiene manchas de leche materna (porque mis tetas decidieron convertirse en dos bidones lecheros de La Serenísima sin ningún tipo de control de válvula). Abajo, llevo unos pantalones de pijama holgados que ocultan la verdadera tragedia: una bombacha de red quirúrgica que sostiene un apósito postparto del tamaño de una tabla de snowboard.

Mi pelo es un nido de pájaros y mis ojeras ya pagan impuestos, instaladas en mi cara. Mi panza, que yo ingenuamente creí que iba a desaparecer una vez que el pibe saliera, sigue ahí, flácida, fofa, pareciendo un globo de cumpleaños desinflado tres días después de la fiesta.

Y del otro lado del departamento, en la cocina, está él. Teo. El padre de la criatura. El amor de mi vida. El ex presidente de la comunidad gay de Palermo.

Teo está parado frente a la isla de mármol, preparando mamaderas de refuerzo y esterilizando chupetes. Tiene puesto un pantalón de jogging gris (de esos que le marcan absolutamente todo), el torso desnudo, el pelo perfectamente peinado hacia atrás aunque no durmió más de cuatro horas seguidas en toda la semana y huele tan rico como siempre el muy cabrón. Está radiante, brillando. La paternidad le pegó como si le hubieran inyectado colágeno y juventud directamente en las venas además de que deben verlo como un papurri deseable por las calles o en las redes sociales.

Lo miro desde la oscuridad del pasillo y, en lugar de sentir amor, una ola de inseguridad tan oscura, tóxica y venenosa que me da vergüenza admitirlo, me sube desde la punta de los pies hasta la laringe.

Soy un asco, estoy incogible, soy la antítesis del deseo sexual.

Y el problema fundamental de mi psicosis postparto es la estadística.

Porque si yo estuviera casada con un hombre heterosexual de manual, mi inseguridad se limitaría a pensar: "Uy, va a mirar a la vecina rubia de calzas ajustadas". Pero yo no estoy casada con un hetero. Yo armé una familia con un tipo que se pasó treinta y tres años de su vida venerando los abdominales masculinos y que recién hace un año descubrió que yo le generaba un cortocircuito en la brújula, exactamente luego de que le propuse un acuerdo de co-parentalidad sin prever que los sentimientos arruinen el vínculo de que fuese mi mejor amigo gay. Y que él dejase de ser gay.

Mi cerebro, ahogado en la bajada abrupta de estrógenos y progesterona, empieza a maquinar a una velocidad aterradora. ¿Y si se le pasó el encanto? ¿Y si la "Palosexualidad" tenía fecha de vencimiento y caducó cuando me vio pujar en la sala de partos transpirando como un albañil? ¿Y si ahora que me ve caminando como un pingüino espatarrado con pañales de adulto, su homosexualidad vuelve a florecer con la fuerza de la primavera?

El timbre del portero eléctrico suena, interrumpiendo mi espiral de autodestrucción.

—¡Yo voy, mi amor, quedate descansando! —me grita Teo desde la cocina, agarrando una remera limpia y poniéndosela mientras camina hacia el portero.

Mi amor. Me dijo mi amor, pero seguro me lo dice con lástima. Seguro me ve como a un pariente enfermo.

Me asomo un poco más por el pasillo, escondida en las sombras como una acosadora en mi propia casa. Teo atiende el portero.

—Hola, sí. El pedido del súper. Subilo, por favor.

Teo abre la puerta del departamento y espera en el palier. Escucho el ruido del ascensor. Unos segundos después, el repartidor del supermercado sale al palier.

Es un pibe de unos veintipico de años. Pelo castaño, barba prolija, brazos tatuados que asoman por debajo de la remera de uniforme y unos bíceps que claramente levantan cajones de mercadería y mancuernas de veinte kilos en el gimnasio de su barrio.

Mi radar de celos se activa con luces rojas de emergencia como en mi fakin vida pensé que me iba a suceder: celar a mi marido con otro hombre mientras yo chorreo entre las piernas y por los pezones.

—Hola, maestro. ¿Te lo dejo acá en la entrada?—pregunta el pibe, con voz grave y una sonrisa simpática, apoyando tres bolsas gigantes en el piso.

—Sí, genial, pasámelas que yo las entro. Qué laburito te mandaste, pesan una tonelada —le dice Teo.

¡Le sonrió! ¡Teo le sonrió! ¡Y le dijo "qué laburito"! ¿Eso es coqueteo? ¿Es un código secreto de Grindr que yo no conozco? ¡Mirá que ya conozco el sonidito de la app cuando entran notificaciones! A veces tengo pesadillas con que Teo se vuelve a descargar esa aplicación con la que varones buscan sexo entre varones y no puedo controlar el pánico que me invade la idea… Posta que hace unos meses me hacía la superada y hoy es el leitmotiv por el cual siento la urgencia de empezar terapia.




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