NARRADO POR PALOMA
Me sujeto del borde de la pared e inspiro profundamente buscando retomar la cordura y sigo espiando a mi marido cual psicópata celosa.
El pibe le pasa el posnet, Teo apoya la tarjeta y el aparato hace un ruidito. Teo le da propina en efectivo. El chico le guiña un ojo (¡LE GUIÑÓ UN OJO!) y le dice:
—Gracias, manito. Suerte con el nene.
—Gracias a vos. Cuidate—responde mi esposo/socio/padre de mi hijo, cerrando la puerta con una sonrisa.
Teo se da vuelta con las bolsas en las manos y me encuentra parada en el pasillo, cruzada de brazos, fulminándolo con una mirada que podría derretir el acero.
La sonrisa se le borra de la cara instantáneamente.
—Palo... ¿qué hacés levantada? Te dije que te quedaras en la cama. ¿Te duelen los puntos? ¿Querés que te traiga el almohadón para que puedas amamantar?—me pregunta, dejando las bolsas en el piso y acercándose a mí con cara de preocupación absoluta.
—No me duelen los puntos, Teo—siseo, arrastrando las palabras—. Me duele tu falta de discreción.
Él se frena a un metro de distancia, parpadeando, confundido ante lo que le acabo de decir, lo cual hace que por un segundo me arrepienta del desplante que estoy a punto de hacer.
—¿Falta de discreción? ¿De qué estás hablando?
—"Gracias, manito"—lo imito, haciendo comillas con los dedos, o intentándolo, porque estoy tan agotada que apenas puedo levantar las manos—. "Qué laburito te mandaste". ¡Casi le pedís el Instagram al delivery del Coto en la puerta de nuestra casa, Teo! ¿Así que ya se conocían del gimnasio? ¿Le hablaste a propósito para que traiga las cosas hoy entre tantos delivery que hay en el mundo?
Teo me mira como si yo me hubiera vuelto loca. Y tiene razón. Estoy loca. La falta de sueño y la progesterona me fritaron las pocas neuronas que me quedaban.
—Paloma... le di propina al chico del supermercado. ¿Me estás haciendo una escena de celos por el repartidor del Coto?
—¡Tiene los bíceps tatuados y te guiñó un ojo! ¡Lo vi! ¡Tenés memoria muscular homosexual, Teo! ¡Yo sé cómo lo miraste! Lo escaneaste. Tu radar se prendió. Y es lógico, ¿no? Mírame. Mírame a mí. —Abro los brazos, mostrándole mi pijama manchado, mis ojeras, mi desastre—. Soy la mujer de Hulk versión lactante. Huelo a leche rancia y a Pervinox. ¿Cómo no vas a querer volver a los brazos de un chongo del gimnasio si tu novia actual usa pañales iguales a los de su hijo?
Teo abre la boca, completamente estupefacto.
—Palo, por favor. Estás delirando. El pibe solo me felicitó por Franco y sí, lo ubico del gimnasio pero fue casualidad que trabaje haciendo delivery en el Coto. No lo miré. No me interesa. Y vos no sos la mujer de Hulk, sos la mujer que acaba de parir a mi hijo. Estás...
—¡No me digas que estoy hermosa porque te juro que te vomito el desayuno encima!—le pego un grito y, en ese preciso instante, como si el universo conspirara en mi contra, siento que el pecho izquierdo me empieza a gotear. Una mancha húmeda y redonda empieza a expandirse en la tela beige de mi corpiño de lactancia—. ¡La puta madre! ¡Goteo! ¡Soy una vaca lechera descontrolada!
Me tapo las tetas con las manos y la angustia me supera. Me largo a llorar a mares, dándome la vuelta, y empiezo a caminar hacia nuestra habitación como un pingüino herido.
—¡Palo, pará!—escucho a Teo detrás de mí.
—¡Dejame sola! ¡Andá a buscar a tu gymbro del Coto!—le grito, cerrando la puerta de la habitación con un portazo que, por suerte, no despierta a Franco, que duerme como un tronco en su cuna tipo colecho al lado de la cama.
Me tiro en la cama (boca arriba, porque si me pongo de costado me duelen las tetas, y si me pongo boca abajo muero de dolor en el bajo vientre). Me tapo la cara con la almohada y me pongo a sollozar de una manera miserable, espantosa y patética.
El problema no es el repartidor. El problema tampoco es Vicky, que vino ayer a conocer a Franco, divina, perfumada, con un traje sastre impecable y el pelo alisado, y a la que también le hice una escena de celos espantosa ayer a la tarde porque tuvo la osadía de venir de punta en blanco como siempre es ella. ¡A mi mejor amiga! A la madrina de mi hijo la traté con el mismo resentimiento con el que miraría a la amante de mi marido, solo porque ella traía puesto un pantalón blanco impecable y yo tenía puesto un apósito en la entrepierna del grosor de un colchón de dos plazas.
Soy un desastre tóxico. Las hormonas me están convirtiendo en el villano de mi propia historia.
Escucho que la puerta de la habitación se abre despacito. Hace un crujido imperceptible. Los pasos de Teo, descalzo sobre el piso de madera, se acercan a la cama.
El colchón se hunde a mi lado.
Me hago un bollo más apretado, escondiendo la cara bajo la almohada, negándome a mirarlo. No quiero que me vea así. Llorando, manchada de leche, exhalando inseguridad y paranoia.
—Palo—susurra Teo. Su voz es un bálsamo, suave, sin una sola gota de enojo o reproche—. Sacate la almohada de la cara, mi amor. Te vas a asfixiar.
—¡Dejame! —sollozo desde la oscuridad de mi cueva de plumas—. Soy un tambo caminante. Soy un sachet de leche pinchado. Andate con otro o con otra, Teo, te doy mi bendición. Sean felices. Tengan perros de raza y muebles de ensueño. Yo me quedo acá amamantando a Franco hasta que se vaya a la facultad.
Siento que Teo suelta una risita. Una risita ahogada, tierna, que me hace hervir la sangre.
—No te rías de mi desgracia, Teodoro. Te juro que te denuncio por abandono de hogar.
Él no me contesta con palabras. Agarra el borde de la almohada y, con una fuerza tranquila pero firme, me la saca de la cara.
La luz tenue del velador me encandila un poco. Teo está inclinado sobre mí. En una mano tiene la almohada secuestrada, y en la otra trae un paquete nuevo de protectores mamarios y una toalla limpia y tibia.
Me mira. Con la cara roja, los ojos hinchados, los mocos cayendo y las manchas en la remera. Me mira como si fuera la mujer más espectacular que pisó el planeta Tierra.