Dos días más tarde…
Narrado por SABRINA
Una vez que despierto, ya se han ido. Estoy asustada. Aterrada. Como siempre cada vez que esto sucede.
El corazón me va a cien, muy acelerado y tengo mucho apetito. Pero ese apetito se fusiona con la desesperación que me corroe por la madrugada, cuando la realidad me impacta con toda su fuerza.
Camino hasta el comedor de la casa, pasando por la habitación de los chicos y me encuentro con que ellos no están ahí.
Observo la estantería donde hay algunos juguetes viejos y abandonados y un libro que pertenece a Ulises. Está escrito por Stefan.
Lo observo y hago algo que hacía tiempo no me atrevía. Intento olerlo para tratar de indagar si aún conserva el perfume de mi hijo, no obstante, inhalo profundamente y me lleno los pulmones con la mera noción de pensar si pensará en mí, si me extrañará o qué pensará al respecto hoy sobre su mamá.
Espero sea algo mucho mejor de lo que pensaba antes, cuando vivían ambos conmigo. Pensaban que en cualquier momento me iba a morir, de seguro, a juzgar con una noche como la que ya tuve ayer.
Los niños no están.
Yo estoy sola.
Los tipos se fueron anoche.
Dejaron toda la cocina sucia, llena de polvo por doquier y ahora no tengo la prisa de tener que limpiarlo rápido antes de que los chicos se den cuenta, cosa que no era poco probable ya que veían cosas horribles. Algunas que ni siquiera llego a recordar luego de que suceden porque son en verdad que caóticas para mi propia salud mental, no me imagino la de ellos.
Si tan solo tuviera la oportunidad de resarcir algo.
Si tan solo pudiera compensar algo de todo el daño. Stefan se los llevó y ni siquiera me dio el espacio necesario para compensar mis actos con mis hijos.
¡Son mis hijos y eso no me lo quita nada ni nadie! ¡Los amo y merezco una segunda oportunidad en cuanto madre!
Me arrastro hasta la cocina, largo el libro de Ulises en la mesa pero se cae al suelo. Puaj, lo dejo estar, ya luego lo recojo.
Mientras pienso en Paolo, siento que la cabeza me pesa una tonelada y no sé ni siquiera qué hora, aunque la aguja del reloj marca poco más de mediodía o eso creo. Mis manos dan con un trozo de pan, algo de mantequilla de maní, queso de la nevera y pongo todo eso junto para comerlo a grandes bocanadas, con ansiedad, con desesperación, con los efectos de la noche que pasé y agradecida de poder comer algo ahora.
Sigo hasta atragantarme de eso, luego me sirvo leche en una taza y bebo sintiendo que me chorrea por las comisuras de la boca.
Mi móvil comienza a vibrar y a sonar.
Lo percibo apenas, pero no estoy segura porque la cabeza me va con una lentitud pavorosa. Miro en todas direcciones hasta encontrarme con lo que necesito. Allá. Debajo de la alfombra está.
Lo busco, encontrando la pantalla trizada.
¿En qué momento sucedió esto?
Hay un profiláctico usado también que sale desde debajo de la alfombra, estoy segura que ha de tener varios días ahí. Hasta a mí me da asco.
Atiendo.
—¿M…ma…mamá?—pregunto.
—Hija, sí, soy yo. Tengo que hablar contigo de algo muy importante.
—S…sí…eso… Importa…Importante…
—¿Estás bien?
—Anoche… Tomé unas copas.
—Cielo, ¿otra vez con tus recaídas? Vas a estar bien, lo prometo.
No lo contengo más.
La desesperación me impregna los ojos de lágrimas al notar en lo que mi vida se ha convertido y en la obligación de tener que seguir escondida, mientras Stefan anda por ahí como si nada pretendiendo haber ganado en esta pelea.
—Descuida, cielo—me dice ella—. Verás que mamá va a solucionar todo.
—Mamá… Yo… Los extraño…
—Sí, lo entiendo. Lo comprendo. Encontraremos a los niños y tú eres nuestra única alternativa para que salga todo bien, amor.
—¿Ellos…están…bien?
—No. Seguro que no lo están. Porque ellos merecen vivir con su madre para estar bien.
—Quiero…verlos…otra vez.
—Lo harás. Escúchame bien, cariño, porque tienes que recuperar a tus hijos. Y como tu madre, te aseguro que juntas lo vamos a conseguir.