Elías
Nunca me imaginé que un mantel blanco, una copa de cristal y un puñado de cubiertos pudieran intimidarme más que una carta de desalojo o un diagnóstico médico.Pero ahí estaba yo, frente a una mesa tan perfectamente montada que parecía sacada de una revista de lujo. Cubiertos de distintos tamaños, copas para líquidos que jamás había probado, platos sobre platos como si comer fuera una ceremonia y no una necesidad.
—¿Por qué hay cuatro tenedores?— pregunté, levantando el más pequeño, analizándolo con mi vista como si fuera una herramienta quirúrgica.
Yara me observó durante algunos segundos y luego rió suavemente.
—Porque en mi mundo, Elías, la gente se toma muy en serio el arte de comer. Este— señaló el tenedor más pequeño —es para los mariscos. Este otro— indicó uno un poco más alargado —es para ensaladas. Y así sucesivamente. Cada uno de estos utensilios tiene un uso específico.
—¿Y si me da hambre antes del plato principal? ¿No se vale usar el primero que esté más cerca? Eso sería más fácil y más práctico, al menos para mí— agregué, con la esperanza de que eso fuera posible, pero dicha esperanza pronto se desvaneció.
—No, si no quieres que todos noten que eres nuevo. Tienes que hacer las cosas de forma correcta, tal y como yo te las enseñe. Aquí todo comunica: cómo tomas la copa, cómo usas la servilleta, la forma en la que te desenvuelves cuando te levantas, incluso hasta con cosas tan simples como estornudar o bostezar. La gente observa hasta el más mínimo detalle de las demás personas y las juzga por cada error.
—¿Y si solo quiero comer?— gruñí, sintiéndome ridículo con la servilleta sobre las piernas.
Ella me observó con esa media sonrisa que aún no sabía si era burla, furia, desesperación o paciencia.
—Entonces te quedas en tu mundo, Elías. Aquí no se trata de comida. Se trata de imagen. De poder. Las cenas son reuniones camufladas donde se firman acuerdos, se cierran negocios y se destruyen reputaciones con una sola mirada.
Tragué saliva ante su cruda pero real afirmación.
—¿Y tú quieres que yo entre ahí... contigo? ¿Me quieres enviar como carroña para hienas?
—No quiero que seas carroña, pero si quiero que entres en mi mundo— respondió sin dudar. —Pero para hacerlo, necesitas practicar, y mucho.
Yara no solo me enseñó a usar los cubiertos. Me enseñó a caminar recto sin parecer tieso, a mirar sin retar, a sonreír sin parecer ingenuo. Me mostró cómo reír sin mostrar todos los dientes, cómo presentarme con firmeza y elegancia, cómo beber vino sin parecer un desesperado y sin emborracharme en el proceso.
—Endereza tus hombros— me corregía. —No los pongas rígidos como si llevaras el peso del mundo encima— agregaba correcciones a mi comportamiento.
Durante casi doce horas, ella fue mi instructora, mi jueza y mi única audiencia.
Y mientras yo intentaba imitar los modales de alguien que jamás seré, ella me contaba cosas que no imaginé escuchar.
—Mi padre tiene una constructora. De las más grandes del país, por no decir que es la más grande. Hace tiempo, creó una especie de fundación "humanitaria"... que en realidad usa para lavar dinero. Mi única familia, además de él, es una prima lejana que vive en París, se casó con un conde, por lo que nunca aparece por aquí, y yo...
—¿Tú qué?— pregunté para que continuara, justo cuando unos segundos de incomodo silencio cortaron su hablar.
—Yo era la perfecta heredera. Hasta que me enamoré de Axel. Él venía de una familia como la nuestra, o tal vez más poderosa. Su padre era un inversor agresivo, arriesgado, peligroso y excelente amigo del mío. Axel y yo nos conocimos desde niños por la amistad de nuestras familias, pero no fue hasta que asistimos al colegio juntos que comenzamos a tener más acercamiento. Pronto comenzamos un hermoso noviazgo que nuestras familias aceptaron y, finalmente, dije "sí" a su propuesta de matrimonio.
—¿Aceptaste ser su esposa por conveniencia?— pregunté un poco confundido. Todo esto que se vivía del otro lado de mi espejo aún me resultaba un poco confuso.
—Si lo quieres ver así, sí, así fue. Vivo rodeada de parejas cuyos matrimonios fueron pactados desde el nacimiento, de familias que solo permiten las uniones entre personas del mismo círculo, y sin quererlo, hice exactamente lo mismo que todos ellos. Pensé que Axel me cuidaría. Que al venir de este mismo mundo, trabajaría conmigo para preservar el legado de nuestras familias. Pero me equivoqué. Axel no quería una esposa. Quería un trofeo más para su lujosa colección. Un adorno costoso para presumir a socios y amigos.
Se quedó callada por unos segundos, mirando el fondo de su copa y luego continuó.
—Y yo, estaba feliz de ser ese trofeo, ese adorno bonito, porque él lo deseaba, pero ahora ya ni siquiera lo quiere ver. Me convertí en una medalla qué, poco a poco, va perdiendo su brillo hasta oxidarse por el abandono.
Hubo un silencio que no me atreví a romper hasta que ella cambió la conversación y finalmente me despedí.
Esa noche, volví a casa sin palabras. Con los gestos de su mundo grabados en los músculos y el nudo en la garganta que dejaba su historia. Dos días después, Marta fue dada de alta.
—¿Estás seguro de que ya pagaste toda la cuenta, Elías?— preguntó por tercera vez mientras salíamos del hospital, ella en silla de ruedas.