Se solicita amante

6. En donde no pertenezco

Elías

El motor del lujoso auto de Yara rugía con suavidad mientras la ciudad pasaba como un lienzo borroso tras los cristales, a medida que avanzábamos. Yo iba sentado en el asiento del copiloto, con un traje que valía más que todo mi guardarropa anterior junto, sintiéndome como una falsificación de lujo. Yara conducía con la misma seguridad que ponía al caminar, con la espalda recta, el mentón elevado y una calma peligrosa en el rostro. Ese era su estilo, sobrio pero elegante

—Tendrías que aprender a manejar pronto— dijo sin apartar los ojos del camino. —No puedo estar llevándote a todos lados, además, no es muy buen visto que una dama conduzca cuando lleva a un caballero a su lado.

—Si. Tienes razón— admití tratando de parecer sincero y lo bastante convencido, aunque la idea de aprender a manejar un auto que podría comprarme la vida de mi abuela me parecía absurda.

Yara se detuvo en un semáforo. Sacó su teléfono para revisar una notificación y entonces su semblante cambió por completo. La vi fruncir el ceño y se quedó unos segundos con la mirada fija en la pantalla.

—¿Todo bien? ¿Ha pasado algo?— pregunté.

Ella no respondió de inmediato. Luego, como si nada hubiera pasado, guardó el teléfono y no le dio más importancia.

—Todo en orden— esa fue su respuesta, aunque yo sabía que las cosas no estaban tan bien como ella aseguraba.

Porque yo lo vi. El mensaje había sido muy claro. Estaba abierto en la pantalla justo antes de que ella apagara el teléfono:

"La empresa es de tu padre, Yara. Como buen yerno, debo estar ahí. Nos vemos esta noche. Ponte linda, no quiero que me vean con una esposa desaliñada. Recuerda que tenemos una imagen qué cuidar".

Ese debía ser Axel. El esposo.

Tan solo de pensar en lo que su presencia podría traer, me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo. Yara no dijo nada más. Aceleró cuando el semáforo cambió, como si nada hubiera pasado, como si a ella no le preocupara la reacción de Axel al vernos juntos. Porque una cosa sí era segura, por mucho que estuvieran separados y se odiaran, ellos seguían siendo marido y mujer de forma legal y, efectivamente, tenían apariencias qué cuidar.

Sin decirnos nada más, llegamos al lugar de la reunión. El salón estaba en la cima de un rascacielos. Elegante, insondablemente caro. Pequeñas lámparas de cristal colgaban como estrellas. Había una alfombra mullida que cubría todo el pasillo principal hasta llegar a la entrada, camareros con esmoquin y guantes blancos, ¿pueden creer eso?, y una orquesta tocando jazz en vivo. La gente ahí reunida reía, se movía con gracia y elegancia, hablaba en susurros que sabían a código, con palabras que nunca antes había escuchado.

Yara caminaba a mi lado como si hubiese nacido para ese lugar, y en el fondo así era. Desde que llegó a este mundo vivió entre este tipo de eventos y sabía perfectamente cómo actuar en ellos. Mientras viajábamos en su auto, me fue dando instrucciones claras: sonríe poco, habla menos, asiente si no sabes y sigue su ritmo. Yo solo trataba de no parecer un impostor.

Todo marchaba bien. Hasta que lo vi.

Axel.

Lo reconocí por una fotografía que vi en el departamento de Yara. Era la imagen del día de su boda, aun la conservaba. Tal vez no era por amor, porque expresamente me dijo que ya no sentía nada por él. Más bien creo que era para recordar todo lo que ella soñó y nunca pudo ser.

El tipo vestía de traje gris, su arrogancia se notaba en la forma en la que sostenía una copa de vino en su mano y en esa sonrisa venenosa que su rostro dibujaba y que no se empeñaba en ocultar mientras hablaba con un grupo de hombres un poco mayores que él. Lo vi antes de que Yara lo notara, y él también nos vio. Lo percibí en la forma en que su cuerpo se tensó al vernos juntos.

—¿Y si vamos a otro lado? Esto está un poco aburrido— susurré esperando poder salir de ese lugar antes de que algo grave ocurriera.

—No. Quiero quedarme aquí— respondió Yara, firme. Se enderezó aún más y entonces notó la presencia de su flamante esposo, acto seguido me tomó del brazo para presumirme delante de todos los presentes, pero más de él. —Que nos vea, eso es lo que quiero, que Axel sienta la humillación tal y como yo la siento cada que aparece una nueva mujer en su vida.

Axel no tardó en acercarse. No podía hacer escándalo debido a que la prensa estaba presente y no quería notas que lo dejaran en mal, pero sí podía hablar y lo hizo. Tan pronto como llegó a nuestro encuentro lanzó su veneno cual serpiente asesina.

—¡Querida Yara! Qué gusto verte, tan bien acompañada... ¿De donde sacaste a este guiñapo?

Su sonrisa falsa no me engañó.

—Hola, Axel— respondió ella sin perder la compostura.

Él me miró como si yo fuera basura en su camino.

—¡Y mira a quién tenemos aquí! ¿Qué eres? ¿A qué te dedicas?— me preguntó.

—Mi nombre es Elías Mendez, soy amigo de Yara y soy consultor. Mucho gusto— hablé extendiendo mi mano para saludarlo de forma cordial y respondí tal y como Yara me había enseñado, pero el saludo devuelto nunca llegó.

—¿Amigo de Yara? ¿El nuevo... consultor?... No me hagas reír. ¿No sería mejor que dijeras que eres el nuevo escort de mi esposa? O mejor aún, deberías decir que eres su nuevo entretenimiento.

Mi respiración se volvió pesada, el tipo estaba provocándome, pero no caí en su juego. Aguanté.

—Axel, por favor. Creo que eres el menos indicado para criticar algo así— Yara intentó cortar la conversación pero él no se detuvo.

—Me encanta tu caridad, querida. Siempre ayudando a los menos afortunados. Primero a los perritos callejeros y ahora a vagabundos sin futuro.

Entonces se inclinó hacia ella y le susurró. —Debo admitir que, estás preciosa esta noche. Lástima que toda la ciudad se va a enterar de que no puedes retener a un hombre de verdad y te tienes que consolar con una basura como esta— habló refiriéndose a mí.




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