Se solicita amante

7. Buenos días, Señora

Elías

Volví a mi apartamento como un perro herido, literalmente.

Mis costillas dolían con cada paso que daba, la ceja que, en un inicio, sangraba, había coagulado pero aún me ardía, y la cabeza me palpitaba como si alguien me hubiese partido el cráneo en dos con un martillo. Apenas metí la llave en la cerradura de la puerta, sentí que el aire caliente y húmedo del departamento me ahogaba.

Entré tambaleándome un poco, cerré la puerta como pude y di un paso más hacia la sala. Eso fue todo lo que mi cuerpo soportó.

Caí, directo, boca abajo, sin alcanzar a sujetarme de nada cercano.

El suelo me recibió con un golpe seco, crudo, y entonces todo se oscureció por un pequeño lapso de tiempo.

—¡Elías! Elías, hijo, ¿qué te pasó? ¿Quién te hizo esto?— la voz dulce y temblorosa de mi abuela fue lo último que escuché antes de perder el conocimiento por algunos minutos.

—¡Ayuda! ¡Vecino! ¡Por favor! ¡Ayúdeme, mi nieto se ha desmayado!— la escuché gritar, cuando mi conciencia volvía, aunque aún estaba mareado y bastante aturdido y sin fuerzas para levantarme por mi propia cuenta. La voz de mi abuela se escuchaba lejana, pero se notaba bastante preocupada y alterada mientras golpeaba la puerta del departamento contiguo con desesperación.

Don Manuel, un vecino jubilado, salió a medio vestir. El pobre hombre estaba molesto, se estaba dando una ducha y mi abuela lo había interrumpido. Pude escuchar a la distancia cómo el hombre en cuestión le gritaba a mi pobre abuela, pero ella le explicó lo sucedido, lo guió hasta el departamento y, al ver mi cuerpo tendido en la vieja alfombra de la sala, no preguntó nada ni dijo ni una sola palabra más. Entre los dos, como pudieron, me levantaron del suelo y me llevaron a mi cama.

—A...bue...la— apenas si podía hablar, con bastante dificultad, sin aire, pero quería que ella supiera que yo aún estaba ahí y que estaría bien.

Una vez que estuve recostado, don Manuel volvió a su casa. —Cuide a su nieto. Hoy en día hay mucha delincuencia que se aprovecha de jóvenes para sus trabajos sucios— fue la advertencia que el hombre dejó antes de perderse de la vista de mi abuela.

—¡Madre santa! ¿En qué estás metido, muchacho?— me preguntó Marta, justo cuando llegaba a la orilla de mi cama con un botiquín, algodón, alcohol, pomadas, vendas y sus manos temblorosas pero decididas a aliviar mi cuerpo.

Con mucho cuidado limpió mis heridas, como pudo me vendó el torso y, con cautela, me acomodó la cabeza en una almohada.

—¿Qué te hicieron, hijo?— susurraba mi asustada abuela mientras pasaba una gasa por mi ceja una y otra vez.

Eso fue lo último que recuerdo. Después de eso todo se volvió oscuridad total.

Desperté varias horas después. Literalmente me dolía hasta el alma. La luz del amanecer entraba apenas por las cortinas, lastimando mis ojos. Mi abuela estaba sentada a mi lado, con la mirada enrojecida de tanto llorar y unas marcadas ojeras producidas por no haber conciliado el sueño durante toda la noche y velar por mi estado de salud. Ella fue lo primero que vi cuando recobré la conciencia, y en automático, la pobre hizo lo mismo conmigo.

—¡Por fin despiertas! ¡Dios mío! ¿Qué te pasó, hijo? ¿Quién fue el causante de esto?— preguntó Marta con una calma inquietante, aunque sabía que en el fondo estaba muerta de preocupación. —Y no trates de mentirme. Sabes que adivinaré si lo haces.

—Tranquilízate, abuela. Solo me asaltaron. Eso pasa todos los días en esta ciudad, esta vez me tocó a mí ser la víctima— mentí de inmediato. Odiaba tener que mentirle, pero era eso o confesarle que el esposo de mi patrocinadora me había golpeado en una cena lujosa al verme con ella.

—¿En dónde fue el dichoso asalto?

—En la zona sur de la ciudad— traté de parecer convincente.

—¿Y quieres que crea que te asaltaron y no te quitaron ese reloj? A simple vista se nota que es muy costoso. A mi no me salgas con ese cuento— mi abuela era demasiado suspicaz como para ser engañada con una mentira tan simple como la mía.

—Abuela, por favor, deja de preguntar, no me siento bien— intenté que me dejara solo pero no funcionó.

—No te voy a dejar hasta que me digas de una vez en qué cosas andas metido. ¿Por qué estabas vestido así? ¿De dónde has sacado ese traje, esos zapatos? ¿Y la comida, Elías? ¿Y el colchón nuevo? ¿Y la renta cubierta por tres meses? ¿Las deudas atrasadas liquidadas? ¿Qué demonios estás haciendo, muchacho? ¿Acaso estás enredado en algo ilegal?

Ante su bombardeo me quedé callado. No tenía más mentiras para justificar lo que había logrado económicamente en estos pocos días.

—No soy tonta. Algo estás haciendo. Y si es peligroso o ilegal, quiero saberlo ahora mismo.

—No, abuela. No es nada ilegal. No pienses eso. Jamás me metería en negocios prohibidos por la ley. Te lo juro— me incorporé con dificultad. —Conseguí un trabajo. Uno... que paga muy bien. Bastante bien, de hecho. Uno que por fin nos funcionará y nos dará la estabilidad qué necesitamos, sobre todo tú. Pero esto que estoy haciendo requiere presencia, elegancia, salir a reuniones y cenas, y esta noche tuve un problema en una de esas galas. Uno de los asistentes se alteró un poco, y yo también, pero te prometo que no volverá a pasar. Tendré más cuidado.

Ella me miró como solo una abuela puede mirar: con amor, pero con decepción, duda y recelo.

—¿Estás seguro, Elías?

—Sí— respondí lo más seguro que pude.

Ella suspiró.

—Muy bien. Pero si me entero que te estás metiendo en cosas malas, yo misma te meto a un convento, o mejor aún, te denuncio.

Su comentario me hizo reír, pese al dolor, aunque sabía que eso de la denuncia sí era capaz de hacerlo si fuera necesario.

—Estoy de acuerdo, abuela.

Finalmente se fue a dormir. Aunque sé que no pegó un ojo en toda la noche, ella jamás renegó por eso.

Tomé mi celular. Quería enviarle un mensaje a Yara. En un principio dudé pero, finalmente lo escribí:




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.