Se solicita amante

8. Ojos que ven más allá

Yara

Llegué al apartamento de Elías con paso firme, pero no esperaba que su abuela fuera tan intimidante, mucho más que una reunión de negocios con altos inversionistas. Con su delantal aún puesto y los brazos cruzados sobre el pecho, me miró con recelo, como si pudiera ver más allá de mis palabras, como si sus años le dieran el poder de atravesar cualquier máscara.

Su posición fue en extremo defensiva. Con tan solo la forma en que su cuerpo se tensaba y sus gestos, me hizo entender que protegería a Elías, su única familia, de lo que fuera y de quien fuera.

—Así que usted es una dichosa amiga— dijo, sin moverse un centímetro del umbral de la puerta, sin darme acceso al interior de su hogar.

Le dediqué una sonrisa diplomática y amable, la misma que había usado en cientos de reuniones corporativas y que me funcionaba para ganarme la confianza de las personas o, al menos, entablar una conversación amigable.

—Así es, soy una especie de amiga. Mi nombre es Yara Vanderhoof.

—¿Vanderhoof?— repitió en forma de pregunta, como si saboreara el apellido, como si este mismo le causara gran desconfianza. —Pues discúlpeme, pero eso no suena a apellido de barrio bajo. ¿Quiere explicarme qué hace alguien como usted con un muchacho humilde como mi nieto?

—Trabajo con él o, más bien, el trabaja para mí. Soy dueña de una empresa constructora. Lo contraté como... jefe de relaciones públicas— inventé un supuesto empleo que me ayudará a justificar los servicios de Elías.

Ella entrecerró los ojos, aún más desconfiada.

—¿Una constructora? ¿Y a mi nieto lo puso de jefe? ¿Así, de la nada? ¿Sabe usted que Elías ni siquiera terminó la preparatoria?

La abuela de Elías era bastante audaz. Intentó hacerme titubear con un bombardeo de cuestionamientos pero mantuve la calma y prosegui firme y segura de mí misma y de lo que estaba diciendo.

—Lo sé. Pero Elías tiene algo que no se aprende en las aulas, señora. Su nieto tiene carisma, empatía, control de situaciones difíciles. Lo vi desenvolverse con clientes en su antiguo empleo y me pareció perfecto para el puesto que le ofrecí.

—¿Y por eso le paga tanto dinero?— su voz se endureció y se volvió más fría. —Porque ese colchón nuevo no lo consiguió con un salario mínimo. Ni el refrigerador lleno de cosas que ni en sueños hubiéramos podido comprar anteriormente. Ni el alquiler cubierto por adelantado. Ni mi internamiento en el hospital pagado en efectivo. ¡Eso no es salario, eso es patrocinio! A mí no me engaña, señorita. Tal vez a mi nieto lo pueda deslumbrar, pero no conseguirá lo mismo conmigo.

Sentí cómo el peso de la sospecha caía sobre mí. Bajé la vista por un segundo y luego la enfrenté con determinación.

—Soy generosa con la gente que me es leal y eficiente.

Ella dio un paso más para acercarse a mí. Su cercanía imponía, bastante, y realmente daba miedo.

—Escúcheme bien, señorita constructora. Yo podré ser vieja, pero no soy estúpida. No me trago cuentos de hadas con salarios de cuentos chinos. Si le pasa algo a mi nieto... si lo meten en problemas... si lo usan para cosas sucias...

Hizo una pausa, fijando sobre mí sus ojos, firmes y amenazadores, como puñales.

—... la voy a buscar. Y la voy a encontrar. Y no me importa si vive en una torre de cristal, en la luna o en una fortaleza. Me va a conocer. ¿Me escuchó?

—No haría nada para dañarlo. Se lo aseguro— respondí, más con el corazón que con la boca, pero llena de nervios ante esa mujer que, muy entrelineas, me había dado una certera advertencia.

Ella asintió lentamente, sin dejar de mirarme.

—Pues más le vale que así sea. Porque si él no vuelve a casa un día... usted no vuelve a dormir tranquila nunca más. ¿Estamos?

El silencio que siguió fue denso, casi insoportable. Entonces la puerta del cuarto se entreabrió, y Elías asomó su rostro adolorido.

—¿Todo bien?— preguntó, confundido, al vernos juntas.

—Todo bien, hijo. Solo estoy conociendo a tu jefa. ¿No es así, señorita?— respondió su abuela, sin apartar los ojos de mí. Yo solo asentí.

—Buenos días, Elías— le dije, desviando mi mirada de su abuela, intentando suavizar el ambiente.

Pero la mirada de su abuela me dejó claro que esta batalla apenas comenzaba. No era una mujer fácil de engañar.

Elías volvió a su habitación cojeando un poco. Cerró la puerta con suavidad y desapareció. Yo me quedé de pie junto a la ventana. Observé las plantas secas del balcón, las cortinas viejas, un poco deshilachadas, y la estufa a medio limpiar. Nada en ese lugar se parecía a mi mundo, pero tampoco al vacío emocional que yo arrastraba en él. Aún con todas esas carencias, ese pequeño departamento tenía más de hogar que mi costosa vivienda, o la enorme mansión de mis padres, en donde crecí.

La abuela, mientras tanto, se movió hacia la cocina. El aroma del café fresco pronto invadió todo el ambiente. Unos minutos más tarde, volvió con dos tazas de la aromática bebida, una para mí y otra para ella. Con agradecimiento la acepté y la coloqué entre mis manos, cálida, reconfortante, como una tregua silenciosa entre ambas.

—¿Le gusta el café?— preguntó un poco más calmada.

—Sí, mucho. Gracias, está delicioso.

Bebimos en silencio. Luego, su voz rasgó la quietud qué se había logrado.

—Quiero que sepa algo. Elías no ha tenido una vida fácil. Su madre se fue cuando él tenía cinco años. Nunca más regresó. No mandó ni una carta, no hizo alguna llamada, no dio explicaciones. Mi nieto creció con una ausencia que duele todos los días, aunque uno se haga el fuerte. Y el pobre... ha cargado con la responsabilidad de cuidar a una vieja como yo cuando debería estar persiguiendo sus sueños y no los míos.

La escuché con atención. Había dolor en sus palabras, pero también una fuerza que me conmovía. Mi padre decía amarme, pero nunca me había defendido de nadie de la manera en que lo hacía esta tierna abuela con su nieto.




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