Elías
Volver a abrir los ojos, después de aquella golpiza, me costó más de lo que esperaba. Sentía el rostro hinchado, mis músculos estaban entumecidos por el reposo prolongado y tenía una punzada constante en la costilla izquierda cada vez que intentaba moverme. Aun así, cuando escuché voces fuera de mi habitación, traté de incorporarme como pude. Sabía que ella había venido a verme, tal como lo había prometido. No me sentía listo para enfrentar al mundo, pero sí lo suficiente para ver a Yara de nuevo.
Con paso lento salí de mi habitación hacia la pequeña sala del departamento y vi a mi abuela y a Yara, juntas, bebiendo café, como dos amigas, aunque la cara de mi abuela era todo menos amigable.
Me interesaba saber qué era lo que habían platicado entre ellas así que decidí averiguar un poco. En verdad me preocupaba que Yara pudiera haber revelado cuál era nuestro acuerdo, o la verdad sobre el tipo de empleo que yo desempeñaba para ella.
Fue una fortuna saber que Yara había inventado un empleo que sonaba magnífico y, aunque mi abuela no estaba del todo convencida de su declaración, se quedó un poco más tranquila.
—¿Podemos hablar a solas?— preguntó ella y acepté. Le pedí que me siguiera hasta mi habitación. En un inicio creí que, debido a su desconfianza, mi abuela se opondría pero, sorprendentemente, no fue así.
Al entrar en mi habitación, Yara se colocó justo frente a la ventana de mi cuarto. Por alguna razón la vi diferente, como si la luz del sol que se colaba por las cortinas la envolviera en un aura dorada. Después de algunos minutos giró y me dedicó una sonrisa tenue. No era la sonrisa sofisticada que usaba en público. Esta era distinta, con un poco más de humanidad y, hasta cierto punto, melancólica.
—¿Cómo te sientes?— preguntó, acercándose lentamente a mi cama en la que yo la observaba, sentado.
—Como si un tren me hubiera pasado por encima… pero un tren con un ejército de guardaespaldas— respondí, intentando crear un poco de humor.
Ella no se rió, pero la sonrisa inicial se mantuvo dibujada en su rostro. Se sentó a mi lado, con mucho cuidado, como si temiera romperme o lastimarme más de lo que ya estaba y acercó su mano a mi rostro. Sus dedos acariciaron mi mejilla con una suavidad y ternura inesperadas.
—¿Te duele?— dijo con una suave voz que parecía más una frase que una pregunta.
—Creo que ahora me duele un poco menos— respondí con un gesto leve y una frase completamente cursi.
Hubo un silencio breve. Luego, Yara bajó la mirada y su voz se tornó más baja y más vulnerable.
—Perdón… por lo que pasó. Por Axel. Por llevarte a ese lugar sin advertirte de su presencia. Por haber… usado todo esto como una venganza ridícula. No fue justo para ti. En verdad lo siento.
La miré fijamente. Por un instante, no era la mujer poderosa que me intimidaba, la que salía en portadas de revistas, la que aplastaba inversionistas masculinos con tan solo una palabra o una frase. En ese momento era solo una mujer, una que estaba rota por dentro, intentando mantener el control de un caos que se le empezaba a salir de las manos.
—No tienes que disculparte— le dije para tratar de consolarla. —Desde el principio yo acepté las condiciones. Tu fuiste muy clara y pusiste todas las cartas sobre la mesa. Cuando me convencí de entrar en este trato yo sabía lo que implicaba. Prácticamente soy solo… un empleado en tu mundo. Estoy a tu servicio y a tu disposición, Yara. Y si aún me quieres ahí, si aun deseas seguir adelante con esto, seguiré cumpliendo con ese trato.
Ella levantó la vista y me sostuvo la mirada fijamente. Por unos segundos, ninguno de los dos dijo nada pero empecé a sentir una cierta inquietud y un nerviosismo que poco a poco llenaba mi cuerpo de los pies a la cabeza. En tan solo unos cuantos minutos el ambiente cambió de forma total. Pude sentir como el aire se volvía más denso entre nosotros. Había algo en sus ojos, y también en los míos, había algo en el silencio incómodo que empezaba a tensarse como una cuerda a punto de romperse.
Sin pensarlo quise hacerle caso a mis instintos y me incliné ligeramente hacia ella, como guiado por algo más fuerte que la lógica y la razón. Poco a poco mi respiración comenzó a tornarse más lenta. Mi rostro se colocó tan cerca del suyo que podía ver el leve temblor en sus pestañas y la línea perfecta de sus labios.
Estaba a punto de besarla. Quería hacerlo. Necesitaba hacerlo. Pero justo cuando nuestras respiraciones se entrelazaron, algo dentro de mí me detuvo y recordé cuál era mi lugar.
Ella era Yara Vanderhoof.
Yo, Elías Mendez, simplemente. Su empleado. Su acompañante a sueldo. Un accesorio para mostrar en las cenas lujosas, un adorno para agregar a las fotos, el hombre para lucir las apariencias y para incomodar a su esposo. Tal vez, en algún punto habría algo más físico, pues esa fue una de las condiciones de nuestro trato. Pero nunca sería tomado en cuenta para algo real. Ella nunca pensaría en mí para algo que tuviera futuro.
Me aparté lentamente de ella, fingiendo que mi movimiento había sido casual y que solo estaba buscando una posición más cómoda para no abrumar a mi adolorido cuerpo. Yara tampoco hizo nada por acortar la distancia que ahora nos separaba, solo se quedó quieta en el mismo lugar y en la misma posición que había adoptado desde que había entrado en mi habitación.
Y entonces, la puerta se abrió.
—Disculpen…— la voz de mi abuela irrumpió en el cuarto con esa mezcla de ternura y autoridad que solo ella tenía.
—Señorita Yara, ya es tarde. Mi nieto necesita descansar para recuperarse.
Yara asintió, poniéndose de pie, con esa elegancia que la caracterizaba. Se arregló la blusa con un gesto automático y luego se acercó a mí.
—Voy a dejarte descansar. Pero mañana te llamo para ponernos de acuerdo con la próxima cena de negocios— dijo, y sus palabras sonaron más cálidas de lo que debían ser. Como si algo más se colara entre las letras. O como si mi imaginación lo creyera así.