Se solicita amante

10. La noche del equilibrio

Elías

Nunca pensé que dos semanas pudieran cambiarme tanto, al menos no de forma física, aunque mi rostro tardó varios días en reducir su hinchazón y de arder con cada roce, y mi costilla izquierda aún dolía al estornudar o toser.

Lo que realmente había cambiado era algo más profundo: la manera en la que me veía a mí mismo.

Después de la golpiza de Axel, después de haberle gritado a Yara, de haber renunciado y de haberme sentido como un estorbo en su mundo, me di cuenta de que no podía seguir escapando. Si ya estaba dentro, si ya había tomado ese tren, tenía que terminar el viaje. O, al menos, no bajarme antes de saber hasta dónde podía llegar.

Las dos semanas siguientes fueron una rutina estricta. Me despertaba temprano, hacía ejercicios de respiración frente al espejo, practicaba caminar con seguridad, aprendía a usar cubiertos que ni siquiera sabía que existían, y, por las noches, leía libros sobre etiqueta, protocolo y psicología del lenguaje. Me veía en el espejo, en silencio, hasta reconocer al hombre que necesitaba ser.

Yara me visitó varias veces en ese tiempo. Cada vez que lo hacía, me estudiaba con la mirada como si analizara mi progreso. A veces no decía nada, solo asentía o sonreía un poco. Si era necesario me corregía con delicadeza.

En estos días, gracias a su ayuda, aprendí como debía colocar las manos sobre la mesa y el tipo de preguntas que debía hacer en una conversación de negocios.

Una mañana, mientras tomábamos café en su sala, me dijo algo que nunca pensé escuchar de una persona tan imponente como ella.

—Fui imprudente contigo. No estabas preparado y te expuse. Te arrojé a algo para lo que todavía no podías manejar y lo único que logré con eso fue que te lastimaran. Lo siento, en verdad deseo que puedas perdonarme por esa actitud.

No respondí de inmediato. Me limité a observar el borde de la taza entre mis dedos, y una vez que formulé una respuesta acorde a su confesión, yo también hablé.

—No te preocupes por eso, ya aclaramos esa situación y, para mí, ya quedó atrás. Sé perfectamente que no lo hiciste con maldad y te aseguro que esta vez sí estoy listo para lo que viene. He avanzado mucho y te prometo que la próxima salida pública todo será diferente.

Yara asintió y me contó sobre la boda de una amiga suya. El evento sería de alto perfil. A la celebración acudirian muchos empresarios, gente de la prensa y un sin fin de figuras públicas.

—Sé que Axel estará ahí— añadió. —Ella es amiga de ambos. No quiero que se repita lo que pasó. Por eso, la decisión de asistir es tuya.

Yara me están dejando a mí decidir sobre mi asistencia, y valoraba eso. Esta vez no había sido una orden ni una imposición. En el fondo tenía un poco de dudas pero a fin de cuentas ese era mi trabajo, asistir con ella a donde quisiera ir.

—Iré— respondí con firmeza y confianza.

En ese instante, supe que ya no tenía miedo de enfrentar a Axel. Ni a él, ni a ese mundo.

La noche de la boda, fui yo quien condujo el auto de Yara. Había tomado un curso de manejo intensivo en el que, en tan solo cinco días, aprendí lo básico para transportarme de manera segura. Los días siguientes, ella puso a mi disposición su auto para familarizarme con él y lo hice. Había practicado tanto que podría conducir con los ojos cerrados, aunque prefería no hacerlo, considerando lo más valioso que llevaría a mi lado... Yara.

Cuando la vi salir de su edificio, me quedé como un completo idiota, embobado y sin aliento. Yara usaba un vestido largo, de un tono oscuro como el vino añejo, que brillaba con sutileza bajo la luz del faro en la calle. Su cabello estaba suelto, peinado con unas sofisticadas ondas suaves, sus labios se colorearon de un ligero tono rubí y se colocó un perfume dulce y elegante que invadió el aire en cuando se acercó a mí. Era tan perfecta que hasta caminaba con una confianza increíble, como si todo el mundo estuviera hecho para recibirla, y así era.

Abrí la puerta del auto para ella y la ayudé a entrar. Mis manos temblaron por un segundo ante su presencia, pero me contuve.

Esta vez me sentía distinto. Con la camisa a la medida, el saco oscuro y un reloj discreto pero caro, parecía uno de ellos. O, al menos, alguien que podría pasar desapercibido.

—¿Nervioso?— preguntó Yara mientras ajustaba uno de sus pendientes.

—Un poco— confesé. —Pero sé que esta vez estoy más preparado que en la cena anterior.

Ella sonrió de lado.

—Estoy orgullosa de ti, Elías— fue lo último que dijo.

Durante el camino, hablamos poco. Faltaban tres semáforos para llegar al salón de eventos cuando su celular vibró y lo miró. El gesto de su rostro cambió, mordió el interior de su mejilla y guardó el teléfono en su bolso.

—¿Todo bien?— pregunté. Ella asintió pero el brillo de su mirada ya no era el mismo. Horas después, entendería por qué.

El evento era una oda al exceso. El lugar era un palacio de mármol disfrazado de salón social. Flores blancas y doradas colgaban del techo como racimos de riqueza. Había fuentes de champaña, mesas cubiertas de cristal y personal de servicio con guantes blancos.

Apenas dimos tres pasos dentro, sentí el cambio de temperatura: ese frío que no tiene nada que ver con el clima, sino con la hostilidad contenida, y entonces lo vi antes de que él nos viera. Tal como lo había supuesto Yara, él también estaría aquí.

El tipo en cuestión vestía un traje color humo, hecho a medida, con la misma soberbia incrustada en su postura. Tan pronto como notó nuestra presencia se acercó lentamente. Sus pasos sonaban como golpes de martillo en mi cabeza. Quise tomar a Yara de la mano, pero me contuve. No le daría esa satisfacción.

Axel se detuvo frente a nosotros y fingió una sonrisa.

—Vaya, Yara... sigues haciendo el ridículo incluso en eventos importantes como este. Debiste venir sola, así al menos conservarías algo de dignidad.

Ella lo miró, pero no dijo nada. Mantuvo la cabeza en alto.




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