Se solicita amante

11. La danza de los reflejos

Elías

Los ventanales del salón llegaban hasta el techo abovedado, dejando entrar la tenue luz de la luna como si también fuera una invitada más.

Todo en aquél lugar estaba construido para deslumbrar. Los candelabros de cristal tallado colgaban majestuosos sobre las mesas vestidas de lino italiano, en tonos marfil y oro. Había fuentes de champaña fluyendo entre columnas de mármol, y la alfombra era tan gruesa que los pasos se deslizaban como si flotaran. Olía a gardenias, a vino caro, a perfección decorada con flores blancas y luces cálidas.

Entrar con Yara de mi brazo a ese lugar fue como cruzar un umbral invisible. Cada mirada de los ahí presentes se posaba sobre nosotros y cada gesto era analizado. Ella caminaba con seguridad absoluta, eso era normal pues pertenecía a ese mundo desde siempre. Y yo... yo intentaba igualar su porte, recordando cada gesto ensayado durante las últimas dos semanas, sacando lo mejor de cada lección que ella misma me había dado.

Logré caminar derecho, sin titubeos, con un traje a la medida ajustado perfectamente a mi cuerpo, con el cabello peinado hacia el lado derecho y la respiración medida.

Las primeras en acercarse fueron dos mujeres delgadas, con vestidos que parecían sacados de vitrinas de museo por lo costosos que se veían.

—Yara— saludó una con sonrisa felina. —¡Qué gusto verte! Hace tanto tiempo que no sabía nada de ti. ¿Y este apuesto caballero quién es?

Di un paso al frente y extendí la mano para presentarme.

—Mi nombre es Elías Mendez. Es un placer.

—Oh, es un hombre muy caballeroso— dijo la otra. —Se nota que tienes buen ojo, querida.

Yara sonrió con esa calma suya que me desesperaba y me fascinaba a partes iguales.

Durante la cena, todo fluyó más que perfecto. De manera increíble recordé cada instrucción que había aprendido. Seguí el orden de los cubiertos, el modo correcto de tomar la copa al beber vino, el tono de voz adecuado para hablar, ni muy bajo ni demasiado alto.

Gracias a todo lo que leí como loco en mis días de aprendizaje logré sostener conversaciones con empresarios que hablaban de acciones, fusiones, tendencias de mercado. Lo hice, incluso, con una mujer francesa con la que platiqué sobre arte. Mis palabras eran cuidadosas, medidas, elegidas con esmero pero no fingidas. Lo curioso es que, por primera vez en mi vida, me sentía parte de algo.

Yara me observaba desde su asiento. No decía nada, pero yo sabía que me estaba analizando y hasta evaluando. Su copa de vino giraba lentamente en su mano, y sus labios, apenas curvados en una sonrisa, eran lo único que me mantenía tranquilo.

El maestro de ceremonias pidió silencio. Era el momento del brindis por los recién casados. Todos alzamos las copas, pero justo cuando todo debía ser felicitaciones y buenos deseos, como una sombra que no sabes que está hasta que te envuelve, Axel se puso de pie.

—Permítanme unas palabras— dijo, alzando su copa de champán. El tono era cálido, pero en su mirada había veneno. —Hoy celebramos el amor, el verdadero amor, ese que no necesita máscaras, ni contratos ocultos, ni acompañantes pagados. Brindo por los novios, que encontraron lo auténtico en medio de tanto teatro. Y también— me miró directamente, sin disimular —brindo por quienes creen que un traje caro y unos modales ensayados pueden comprar respeto o elegancia. La autenticidad, mis queridos amigos, no se finge.

El silencio era espeso pero enseguida pude sentir las miradas de todos sobre mí, como cuchillas, pero no me dejé intimidar.

Respiré hondo. Me puse de pie. Tomé mi copa y proseguí con mi propio brindis.

—Gracias por tus palabras, Axel— dije con voz tranquila. —Siempre es grato recibir lecciones de moral de quien tan generosamente las ha repartido durante años… especialmente en revistas de chismes.

Tras mi comentario lleno de ironía y sarcasmo alginas risas discretas escaparon de entre los invitados. Axel tensó la mandíbula de inmediato.

—Pero retomando el motivo de esta noche, brindo por los novios. Que su historia sea duradera, que sus gestos sean verdaderos y no ensayados, que el respeto se imponga incluso en el desacuerdo. Que nunca permitan que el orgullo los haga perder lo que realmente importa. Y sobre todo… que aprendan a comprenderse en los momentos difíciles.

Alcé mi copa y finalicé.

—Por los que saben perder sin destruir. Por los que saben amar sin herir.

De inmediato sonaron aplausos. No masivos, pero suficientes. Axel se sentó sin decir más. Su rostro era una mezcla de furia y desconcierto que no podía disimular.

Yara, por su parte, me miró. No dijo nada, pero pude ver algo nuevo en sus ojos, algo que no había demostrado anteriormente. Ella estaba orgullosa de mí, y, a decir verdad, yo también lo estaba.

Ni siquiera yo mismo era capaz de comprender cómo tan solo catorce días me habían bastado para cambiar la actitud gutural y primitiva que tuve en la primera cena al refinado y medido comportamiento que había mostrado esta noche, aún con todas las provocaciones que se habían manifestado frente a mí.

Después del brindis vino el primer baile de los novios. Ellos abrieron la pista con un vals bastante ensayado pero fluido y romántico. Una vez que su presentación terminó, otras parejas subieron a la pista y entonces no lo pensé más. Giré mi rostro hacia Yara, luego mi cuerpo y extendí mi mano hacia ella.

—¿Me concede esta pieza, señorita?— pregunté con una sonrisa en mi rostro.

Ella asintió y tomó mi mano. La música comenzó. Por alguna extraña razón, el encargado del audio reprodujo "Photograph", de Ed Sheeran.

Comenzamos a bailar y casi de inmediato sentí el latido de su mano en la mía. Al principio, solo nos balanceábamos. Conforme nos fuimos acoplando el uno al otro, mis pasos fueron guiándola. Dimos algunos giros suaves y movimientos seguros. Su vestido brillaba, su cuerpo se ajustaba al mío. En algún momento sentí como si hubiéramos dejado de bailar y empezáramos a flotar.




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