Se solicita amante

12. El beso inevitable

Elías

El cielo mostraba las primeras luces del amanecer cuando encendí el motor del coche para regresar al apartamento de Yara. La celebración terminó cerca de las cinco de la mañana. La ciudad aún dormía, silenciosa y tranquila, como si supiera que algo especial acababa de suceder en nuestras vidas. Yara iba sentada a mi lado, con una expresión relajada, ligera y, hasta puedo asegurar que, feliz. Esa era una versión suya que rara vez se mostraba. Siempre era imponente, meticulosa, concentrada, verla así tan relajada y ajena a todo lo agobiante que era su mundo me parecía en verdad tierno. Su mano reposaba sobre su regazo, jugando con el tallo del ramo de novia que, por accidente o destino, ahora llevaba con ella.

—No puedo creer que hayas atrapado el ramo— le dije mientras doblaba hacia el bulevar principal, con mi propia sonrisa dibujada.

Ella soltó una carcajada suave, tenue pero musical.

—Esto fue tan solo un accidente. Ni siquiera lo estaba mirando cuando lo lanzaron. Escuché el alboroto y solo extendí las manos por inercia y... pum. ¡Ahí estaba! Justo sobre ellas— afirmó.

—Pues la tradición dice que ahora serás la próxima en casarte, ¿no es así?

Yara giró su rostro hacia mí con una ceja alzada y esa sonrisa suya que siempre parecía tener un doble filo y que, debo aceptarlo, me desarmaba por completo.

—Supongo que sí. Aunque... ya estoy casada, ¿recuerdas?

—Técnicamente sí— me encogí de hombros. —Pero si un día, finalmente, decides divorciarte, supongo que las segundas nupcias también cuentan— reí.

Ella unió su risa a la mía, aunque un poco más baja, y giró la cabeza para mirar por la ventana, acariciando con los dedos algunos de los pétalos marchitos del ramo.

—Siempre hay segundas oportunidades para todo, Elías. Hasta para el amor.

No supe qué decir ante su afirmación. Sus palabras se quedaron rebotando en mi pecho y en mi cabeza, como una campana que no dejaba de sonar. Seguí conduciendo en silencio unos minutos más, la música suave del estéreo era lo único que llenaba el espacio cálido y familiar que ya empezaba a formarse entre nosotros. Cuando llegamos a su edificio, subí con ella. Lo había hecho así otras veces. Pero esta vez se sentía diferente. Ya no era incómodo, era especial.

Entramos a su departamento. El aire acondicionado nos recibió como un suspiro fresco. Todo olía a vainilla y a flores recién cortadas. Yara dejó el ramo en la encimera de la cocina y se quitó los tacones con un suspiro de alivio.

—No tengo idea de cómo lograste moverte tan bien en la pista. ¡Me hiciste lucir como una princesa de cuento!— exclamó. Era más que obvio que, agregado a mi torpeza y falta de educación, nunca creyó que yo supiera bailar.

—Tenías que lucir así. Yo solo hice lo posible para no pisarte— reí de nuevo.

Ella se dejó caer en el sofá y me hizo señas con su mano para que me sentara a su lado y lo hice, manteniendo una ligera distancia entre ambos. Aún podía oler su perfume, una mezcla dulce y elegante que no lograba identificar del todo, pero que ya había aprendido a asociar con su presencia.

—Estoy muy orgullosa de ti, Elías. Esta noche estuviste a la altura en todos los sentidos. Elegante, educado, atento. Quiero que sigas leyendo y repasando. Por lo que más quieras, no bajes la guardia. Has avanzado mucho y quiero que sigas así. No por lo que puedas hacer por mí, sino por ti, por tu superación, porque seas mejor cada día.

Asentí con seriedad.

—Te aseguro que seguiré aprendiendo, no te decepcionaré. Gracias por confiar en mí.

Ella me miró con curiosidad y volvió a lanzar su pregunta al aire.

—Bueno. Ahora sí dime, ¿quién te enseñó a bailar así? Y no me digas que fue en un curso acelerado como el de conducir porque no lo creeré.

Solté una leve risa y miré al frente, recordando viejos y felices momentos de mi infancia.

—Fue mi abuela, ella me enseñó. Cuando era niño siempre me decía que un hombre decente debía saber bailar, por si alguna vez se enamoraba de una chica que quisiera hacerlo. Me enseñó en la sala de casa. Ella ponía discos de boleros y yo apenas alcanzaba sus caderas. Nunca había bailado con nadie más hasta esta noche, pero creo que aprendí bien las lecciones. ¿Puedes creerlo? Aún recuerdo cada paso, cómo dar una vuelta y cómo guiar a una chica linda en el baile.

Ella sonrió. Sus ojos brillaban con una mezcla de nostalgia y ternura.

—Tu abuela es una mujer muy sabía. Estoy segura de que te adora, de lo contrario no me hubiera casi amenazado con cocinarme viva si algo malo te sucede— de nueva cuenta rió y yo asentí.

Segundos después, el silencio se acomodó entre nosotros, pero no era incómodo. Era ese tipo de pausa que te invita a quedarte. Pero al mirar por la ventana, noté que el cielo ya había empezado a aclarar y era hora de retirarme para dejarla descansar.

—Debería irme— dije, rompiendo la quietud. —Mi abuela debe estar despertando y quiero ver cómo está. No estoy acostumbrado a estar separado de ella por mucho tiempo.

Me levanté y busqué mi saco, pero justo cuando me disponía a salir del departamento, sentí la mano de Yara sujetar mi muñeca.

—No te vayas, Elías. No quiero que lo hagas. Por favor, quédate un poco más.

Me giré hacia ella, sorprendido.

—Yara... Yo... No puedo... No es correcto...

—Tu abuela tiene una cuidadora que la atiende ¿recuerdas? La contraté para que esté con ella cuando tengamos que salir y no se irá hasta que tu llegues y le des instrucciones para hacerlo. Está en buenas manos. Solo... quédate un rato más. Por favor. No quiero quedarme sola, no después de esta linda noche.

Ella se había levantado del sofá. Estaba parada frente a mí, a pocos centímetros. Su voz era baja, su mirada era clara.

Sentí un cosquilleo inexplicable en la nuca. Mi razón me decía que debía salir de ahí lo más pronto posible, pero mi instinto me pedía quedarme y mis pies no hicieron nada para avanzar hacia la salida.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.