Se solicita amante

13. Un precio imposible

Yara

Los labios de Elías eran fuego sobre los míos. No un fuego que quemara de inmediato, sino uno que comenzaba como una chispa y se extendía lento, inevitable, hasta consumirlo todo. Él me besaba con una mezcla peligrosa de deseo contenido y vulnerabilidad expuesta que me desarmaba más que cualquier confesión. Sus manos no me apretaban con posesión, sino con una necesidad que parecía debatirse entre quedarse o huir.

El silencio había dicho más que nosotros durante semanas. Miradas largas. Frases a medias. Espacios demasiado cortos entre nuestros cuerpos. Pero ese beso… ese beso no era silencio. Era un grito. Un rugido desesperado entre dos bocas hambrientas de algo que ninguno se atrevía a nombrar.

Su respiración temblaba. La mía se quebraba.

Elías se separó apenas unos centímetros, como si romper el contacto fuera un acto de fuerza sobrehumana. Su frente quedó apoyada contra la mía. Sentía el calor de su piel, el leve roce de su nariz, el latido acelerado que parecía querer escaparle del pecho.

—Esto no puede ser— murmuró.

Su voz no fue firme. Fue frágil, y eso dolió más.

Tragué saliva. No quería escuchar lo que venía después, pero necesitaba que lo dijera.

—Tú estás casada, Yara. Y yo…— cerró los ojos un instante, como si esa parte le pesará —...yo solo soy tu empleado. Tu amante, prácticamente.

Esa palabra cayó entre nosotros como un vidrio roto.

Cerré los ojos también. No por vergüenza. No por culpa. Sino porque la verdad siempre arde cuando alguien la pronuncia en voz alta. Yo sabía quién era. Sabía lo que estaba haciendo. Sabía el riesgo. Y aun así… lo deseaba.

—Te lo dije desde el principio— respondí con una calma que no sentía. Por dentro me temblaban las entrañas, el orgullo y el corazón. —Iba a pagarte por todo. Incluso por los… servicios adicionales. Así que no te preocupes. Lo tengo en cuenta.

Mi voz sonó fría, demasiado fría.Me giré con lentitud, sintiendo el peso de su mirada clavado en mi espalda desnuda. Seguía descalza. Seguía con ese vestido que ya empezaba a oler a noche, a vino y a él. Caminé hasta el buró como si cada paso fuera una declaración de poder, aunque por dentro me estuviera rompiendo.

Abrí mi caja fuerte. saqué el talonario y firmé un cheque por cincuenta mil pesos. La cifra quedó escrita con una tinta firme y elegante. Ese dinero era mucho más de lo que seguramente él ganaría en tres meses en cualquier otro lugar.

Lo doblé con precisión, casi con rabia contenida, regresé hasta él y, sin mirarlo, deslicé el cheque dentro de su bolsillo.

—Así estamos claros— dije, tensa, rígida, protegiéndome detrás del dinero como si fuera un escudo.

El silencio volvió. Pero no era el mismo.

Cuando finalmente levanté la mirada, sus ojos ya no tenían reproche. Tampoco resignación. Tenían fuego. Una lucha feroz entre el orgullo y el deseo, un conflicto interno entre la dignidad y lo que estaba sintiendo.

—No me compres— susurró, pero no se movió.

Y entonces me besó otra vez.Esta vez no hubo dudas. No hubo moral. No hubo estructuras sociales ni contratos invisibles. Solo piel. Solo respiración. Solo urgencia.

Su chaqueta cayó al suelo con un golpe sordo. La camisa la siguió. Yo sentí cómo mis tirantes descendían por mis hombros, lentos, como si el aire mismo quisiera demorarse en cada centímetro descubierto. Nos desnudábamos sin apartar la mirada. Como si mirar fuera más íntimo que tocar.

Su boca bajó por mi cuello con hambre contenida. No era brutal. Era intensa y decidida. Sus manos recorrieron mi espalda como si memorizaran cada curva, cada temblor. Yo me aferré a él, no por equilibrio, sino por necesidad.

—Yara…— mi nombre salió de sus labios como una confesión.

Me cargó con facilidad, y en ese gesto hubo algo más que fuerza. Hubo cuidado. Me sostuvo como si supiera que no solo llevaba mi cuerpo, sino todo lo que yo no decía en voz alta.

Mi habitación nos recibió en penumbra. La luz era tenue, dorada, casi cómplice. Me dejó sobre la cama con suavidad, pero su mirada no era suave, era devoradora.

Se arrodilló frente a mí. Mis piernas se abrieron lentamente, no por obediencia, sino porque lo deseaba ahí. Porque mi cuerpo lo llamaba. Sus manos recorrieron mis tobillos, subieron despacio, besando cada tramo de piel como si estuviera escribiendo algo invisible sobre mí.

Yo temblaba. No de frío, más bien de anticipación.

Cuando su boca finalmente encontró el punto donde mi respiración se quebraba, lancé la cabeza hacia atrás. Mis dedos se enredaron en su cabello. No fue un movimiento brusco. Fue una súplica silenciosa de no detenerse.

Me llevó a un clímax lento, torturante y deliberado. No buscaba rapidez; buscaba que lo sintiera. Que entendiera que no era un servicio.

No era un trato. Era deseo.Mis caderas se elevaron por sí solas.

Él sostuvo mi cuerpo con firmeza mientras mi voz se rompía en gemidos que no intenté contener. El placer me atravesó con una intensidad que dolía y liberaba al mismo tiempo.

Cuando subió sobre mí, nuestros cuerpos ya estaban sincronizados sin haberlo hablado. Se detuvo apenas antes de unirse a mí, como si necesitara verme una última vez.

—Dime que en verdad esto es lo quieres— murmuró.

—Te quiero a ti— respondí sin pensar.

Elías entró en mí con una lentitud que me arrancó un gemido profundo, casi vulnerable. Me llenaba de una forma que iba más allá de lo físico. No era solo la presión, el calor o el ritmo. Era la sensación de encajar, de pertenecer a ese instante como si hubiera sido escrito mucho antes.

Se movía con precisión, con fuerza contenida. Cada embestida era una declaración sin palabras. Cada suspiro en mi oído era un pacto silencioso.

Me aferré a su espalda, marcando su piel con mis uñas. Él respondió enterrando su rostro en mi cuello, respirando mi nombre como si le doliera pronunciarlo.

El ritmo creció. Se volvió más urgente. Más crudo. Más real.




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