Se solicita amante

14. Caos

Elías

Los labios de Yara eran magia pura. No una exageración romántica, ni un pensamiento impulsivo nacido del deseo… eran magia real. Cuando su boca rozó la mía sentí que algo dentro de mí se encendía como si hubiera vivido años en penumbra y, de pronto, alguien abriera las ventanas de par en par. Nunca antes me había sentido tan vivo ni tan consciente de cada latido, de cada respiración o de cada centímetro de piel.

El beso con Yara era una contradicción deliciosa y devastadora. Sabía a peligro, sabía a pecado, pero sabía más a todo lo que no debía tocar… y a todo lo que siempre había querido. La tenía entre mis brazos, tan cerca que podía sentir el ritmo acelerado de su corazón chocando contra mi pecho.

Era real, era cálida y era mía por ese instante. Y, sin embargo, también era inalcanzable, como una estrella que puedes ver pero no sostener.

Por un segundo, un segundo eterno, creí que el mundo se podía doblar a nuestra voluntad. Que el pasado, las reglas, las etiquetas y el maldito dinero… nada importaba. Que solo éramos ella y yo, que eso bastaba, hasta que la realidad cayó sobre mí como un puñetazo directo al estómago.

Me separé de Yara con mucho esfuerzo, como si arrancarme de sus labios fuera un acto de violencia contra mí mismo. Respiré hondo, intentando que la cordura regresara a mis venas y hablé.

—Esto no puede ser— murmuré, aunque mi cuerpo gritaba lo contrario. —Tú estás casada, Yara. Y yo… yo solo soy tu empleado. Tu amante, prácticamente.

Decirlo en voz alta fue como tragar vidrio. Cada palabra me desgarró por dentro porque eran ciertas. Porque por mucho que intentara disfrazarlo de algo más grande, la verdad seguía ahí, fría e innegable. Yo no pertenecía a su mundo y tampoco pertenecía a su vida.

Ante mi confesión, creo que Yara intentaría hablar y que dejaríamos esto en un intento de algo que no debía ocurrir, pero su reacción no fue la que yo esperaba.

Yara no lloró, no gritó, no me suplicó, fue peor.

Me miró con una calma que me atravesó el pecho. Una calma que no era indiferencia, sino orgullo.

—Te lo dije desde el principio— respondió con una frialdad elegante, casi dolorosa. —Iba a pagarte por todo, incluso por los servicios adicionales. Así que no te preocupes. Lo tendré en cuenta.

Su tono fue un filo suave, pero profundo. Me dejó inmóvil. Sin aire. Sin defensa.

La vi alejarse con la espalda recta, con esa dignidad que siempre llevaba como una corona invisible. La vi sacar un talonario con manos que parecían firmes, aunque yo ya conocía ese leve temblor que escondía cuando algo le importaba demasiado. Escribió un cheque con trazos decididos, lo dobló con cuidado, regresó hacia mí y lo metió en el bolsillo de mi chaqueta.

—Así estamos claros.

Y en esas tres palabras sentí que algo se quebraba dentro de mí.

Pero entonces la miré bien. Más allá de la máscara y más allá del orgullo vi el brillo húmedo atrapado en sus pestañas largas. Vi cómo sus dedos temblaban apenas, como si sostener esa frialdad le costara más de lo que estaba dispuesta a admitir. No éramos enemigos. Éramos dos personas asustadas, tratando de no ceder primero.

El orgullo nos estaba ganando… pero no por mucho.

No sé en qué momento crucé la distancia otra vez. Solo sé que la tomé del rostro y volví a besarla, esta vez con hambre, con desesperación, con la certeza de que si no lo hacía iba a perderla para siempre. Ella respondió al instante, como si hubiera estado esperando exactamente eso. Sus manos se aferraron a mi camisa, y en ese gesto había rendición, había rabia, había deseo contenido durante demasiado tiempo.

No podía detenerme, no quería.

Sentir su cuerpo contra el mío era como sostener fuego. Me quemaba por dentro y al mismo tiempo me daba vida. La ropa se convirtió en un obstáculo absurdo. Cayó al suelo entre besos urgentes, caricias que ya no pedían permiso, respiraciones entrecortadas. Cada roce era una confesión muda.

La llevé a su habitación casi sin darme cuenta de cómo habíamos llegado hasta allí. Solo recuerdo el sonido de la puerta cerrándose y la sensación de su espalda contra las sábanas. La miré un segundo antes de tocarla de nuevo. Yara no era solo hermosa, era intensa, era presencia, era deseo hecho carne.

Su piel bajo mis manos era suave y ardiente a la vez. Cada curva era un territorio nuevo que exploraba con reverencia y necesidad. Bajé lentamente, marcando un camino de besos que la hizo arquear la espalda. Escucharla gemir mi nombre… mi nombre… fue algo que se quedó grabado en mi alma. No lo dijo como quien llama a alguien. Lo dijo como quien se aferra.

La hice temblar. La sentí estremecerse bajo mi boca, bajo mis manos. La escuché suplicar en susurros apenas audibles. Y en cada uno de esos sonidos había una mezcla de placer y vulnerabilidad que me desarmaba. No era solo deseo físico, era algo más profundo y más peligroso.

Cuando finalmente me rendí a ella, cuando nuestros cuerpos se encontraron sin barreras, sentí que el mundo desaparecía. Dentro de Yara dejé de ser el empleado, dejé de ser el hombre que necesitaba dinero, dejé de ser el que siempre estaba un escalón abajo.

Dentro de ella fui simplemente Elías, su hombre, al menos por esa noche.

Nos movimos como si el tiempo no existiera. Como si no hubiera mañana. Como si el amanecer no fuera a traer consigo todas las consecuencias que seguramente vendrían. Sus manos en mi espalda, sus uñas marcándome la piel, su respiración rompiéndose en mi oído… todo era intensidad pura. Era un choque de mundos que, aun sabiendo que no debían unirse, lo hacían con una fuerza imposible de frenar.

Hicimos el amor con una mezcla de urgencia y ternura que me descolocó. No fue solo pasión. Hubo momentos en los que nuestras frentes se tocaron, en los que nuestras miradas se sostuvieron demasiado tiempo, en los que el silencio dijo más que cualquier palabra.

Cuando su cuerpo finalmente se rindió en mis brazos, cuando su respiración se volvió lenta y su pecho subía y bajaba con calma, la abracé con más fuerza de la que pretendía. Su cabello se esparció sobre mi pecho como un río dorado, tibio y perfecto. La miré dormir y sentí algo que me dio miedo nombrar.




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