Elías
Cerré la puerta de mi departamento con más suavidad de la que creía posible. El tono anaranjado que me regalaba la mañana comenzaba a colarse por las persianas rotas del pasillo, y yo seguía con el corazón en la garganta, los labios calientes y la mente en otro lugar. En ella y en lo que acababa de pasar.
Todavía sentía sus dedos en mi piel, su aliento en mi cuello y su cuerpo enredado al mío, pero también, todavía llevaba dentro el ardor de su cheque. De esa condenada forma de recordarme que, para ella, seguía siendo un servicio contratado, un empleado, un sirviente a su completa disposición para todo lo que ella requiriera.
No había dormido ni un segundo. No porque no pudiera, sino porque no quise. Me sentía un ladrón, el peor del mundo, alguien que había robado algo que no le pertenecía. Tal vez un poco de cariño, quizá una noche de amor, pero más seguro, un trozo de una vida que no era la mía.
Apenas di un paso hacia la sala, la cuidadora de mi abuela apareció para darme los buenos días. Me informó que mi abuela se estaba bañando y que tan pronto como saliera de la ducha se dispondría a desayunar.
Le agradecí a la mujer por sus atenciones nocturnas y le di su libertad por este día. A partir de este momento sería yo quien se hiciera cargo de mi abuela.
Me senté en la sala, sobre el viejo sillón, con la mente hecha líos y, aún, analizando todo lo que estaba ocurriendo. Acababa de hacer el amor con una mujer increíble pero, al mismo tiempo, una mujer que no era mía, era la mujer de alguien más. Aún así, ya había despertado sentimientos en mí, sentimientos que, en un inicio, me juré que jamás tendría, sentimientos que creí que podía controlar, pero no fue así.
Estaba sumergido en mis pensamientos cuando la voz de mi abuela me cortó el aire.
—¿Se puede saber en dónde estuviste toda la noche, Elías?— me preguntó desde la entrada de la sala, con los ojos como dagas, el cabello enredado por su reciente ducha y la quijada temblando, no supe si de coraje, de preocupación o de ambas.
Tragué saliva ante el interrogatorio que estaba por venir. La camisa aún la traía desfajada, arrugada y con el cuello manchado de lápiz labial rojo que no me molesté en limpiar. El saco colgaba desganado de mi brazo, y los zapatos estaban empolvados por la calle, por haber regresado caminando el largo trayecto de vuelta a casa mientras intentaba despejar mi mente.
—Abuela... yo... tuve... tuve una cena— respondí, rascándome la nuca con torpeza. —Cosas del trabajo— no supe qué más decir.
—¿Cosas del trabajo?— repitió ella, entrecerrando los ojos. —Vienes con la ropa como si te hubieran revolcado en una bodega, con los zapatos llenos de tierra, y apestando a perfume de mujer. ¿Me vas a decir que todo eso es "trabajo", Elías? Porque si eso es trabajo, no me quiero imaginar la clase de servicios que haces para esa tal Yara.
Me quedé callado. No sabía qué decirle. ¿Que efectivamente era para Yara un prestador de servicios "especiales"? ¿Que había pasado la noche con una mujer casada? ¿Que esa mujer me pagaba por acompañarla, por fingir ser algo que no era? ¿Que anoche hicimos el amor, y por un instante quise pensar que era real?
—Estoy hartándome de este teatro, muchacho— continuó ella, con el tono más duro que le conocía, con ese que usaba durante mi adolescencia rebelde para hacerme regresar al camino de la cordura.
—Todo esto de ser "jefe de relaciones públicas" es una mentira, ¿verdad? ¿Qué estás haciendo, Elías? ¿En dónde estuviste anoche realmente y con quién?— su voz se quebró al final. —Sé sincero conmigo, hijo, tenme confianza. Dime en qué estás metido. Si es algo malo podemos solucionarlo antes de que sea más tarde. Elías, estoy preocupada por ti.
—Abuela, ya basta, no preguntes más, por favor...
—¡No me "abueles" nada!— exclamó, golpeando con fuerza con la mano sobre la mesita. —Te estoy dando la oportunidad de que me digas las cosas. ¡Quiero la verdad! ¡Y si no me la das, voy a ir con esa mujer, esa tal Yara, y voy a exigirle que me diga qué carajos hace contigo!
—¡Con un demonio, abuela! ¡Deja de preguntar! ¡Ya te dije que tengo un buen trabajo! ¡Maldita sea!— grité. Fue la primera vez en toda mi vida que le levanté la voz a la mujer que hizo el trabajo que mi madre biológica nunca quiso y, aún así, le falté al respeto. Me arrepentí al instante, pero ya era tarde. Respiré profundamente para intentar calmarme y dar una explicación más creíble. —¡En una buena empresa! Me pagan bien, estoy haciendo algo útil y estoy sacándote adelante. Por favor, confía en mí.
Ella abrió la boca para contestarme, pero se quedó en silencio. No por mí. Fue por causa del televisor.
La voz de una presentadora llenó el departamento, seguida de música cursi y aplausos de fondo.
"Y en nuestra sección de espectáculos, la boda del año fue un verdadero desfile de glamour y controversia. Celebridades, empresarios, y figuras del jet—set nacional se dieron cita anoche en un reconocido y prestigioso recinto social para celebrar el enlace de la socialité Aranza Montiel con el magnate Ernesto Rivas. Pero lo que más llamó la atención no fueron los novios, sino la presencia del heredero del imperio automotriz, Axel Delacroix, quien llegó solo, sin su aún esposa, la reconocida y afamada Yara Vanderhoof. Por su parte, la empresaria hizo su aparición acompañada de un misterioso joven, de quien ya se especula es su nuevo amante. Las imágenes hablan por sí solas."
Y ahí estábamos en la pantalla. Ella con su vestido negro entallado. Yo, con el traje que me compró. Caminando juntos hacia la entrada, con flashes de cámaras a nuestro alrededor. En ese momento vi las imágenes y me sentí desnudo, expuesto, descubierto.
Mi abuela se puso de pie lentamente y me miró. Su rostro era una mezcla de sorpresa, horror y... hasta decepción.
—¿Ese es tu dichoso empleo? ¿Eso es lo que estás haciendo?— dijo en voz baja, temblando. —¿Te estás vendiendo, Elías? ¿Eso es lo que traes a esta casa? ¿Dinero manchado?