Se solicita amante

16. Entre la vida y la muerte

Yara

La luz del amanecer apenas comenzaba a filtrarse por las enormes cortinas de mi habitación. Mi cuerpo seguía tibio por el calor compartido con Elías, pero al extender mi brazo hacia el lado vacío de la cama, supe que ya no estaba. Me incorporé de golpe, aún envuelta en las sábanas, y entonces lo vi: el cheque que le había dado estaba roto en mil pedazos, sobre el buró, y esa nota escrita con trazo firme y doloroso.

"Si crees que lo hice por dinero, estás muy equivocada"
El aire se espesó en mis pulmones. Me quedé inmóvil, con el papel temblando entre mis dedos. El gesto era tan elocuente, tan devastadoramente humano, que me sentí una completa imbécil ante su actitud. Había arruinado algo hermoso con una maldita costumbre aprendida de este mundo podrido en el que nací, crecí y que aún me rodeaba: creer que todo se compraba o que todo se lograba con dinero.

Tomé mi teléfono y llamé a Elías. Necesitaba decirle que lo del cheque había sido un error, necesitaba pedir disculpas por mi estúpida actitud, pero Elías no respondía. Marqué su número otra vez, dos, tres, y no sé cuántas más, perdí la cuenta de tanto insistir. Proseguí a enviarle mensajes, esperando una respuesta que nunca llegó, todo fue silencio, silencio y más silencio. Elías no contestaba.

Pasaron las horas como siglos. Me duché, preparé un emparedado e intenté desayunar pero no pude, todo me sabía a cartón. No podía dejar de pensar en esa mirada de Elías la noche anterior, en la forma en que me había besado, con fuego, pero también con algo que jamás había sentido de parte de otro hombre, ni siquiera de Axel cuando aún decía amarme: ternura.

Fue cerca del mediodía cuando finalmente la respuesta que tanto anhelaba llegó. Mi celular sonó y mi corazón se aceleró al ver el nombre de Elías en la pantalla. De inmediato respondí, con un temblor en la voz que me traicionó y dejó al descubierto lo ansiosa que estaba por hablar con él.

—¡Elías! Gracias a Dios... Al fin respondes. Estaba preocupada por ti. Pensé que te había ocurrido algo. ¿En dónde te habías metido? ¿Está todo bien?

—Mi abuela está en el hospital, por mi culpa— dijo él, seco y directo. Su voz estaba rota. —Tuvo un infarto. Ahora está en terapia intensiva. Francamente no sé si va a sobrevivir. Todo fue por mi causa, por mi estupidez.

—Dios mío...— susurré, llevando una mano a mi pecho. —¿Necesitas algo? ¿Quieres que vaya? Puedo pagar todo lo que tu abuela necesite, la pondré en manos del mejor cardiólogo y...

—¡Basta, Yara! ¡Basta ya!— gritó para interrumpirme. —Solo te avisé porque... bueno, porque me pareció justo. Pero no quiero verte. No vengas. Por lo que más quieras déjame en paz. Quiero estar solo.

Eso fue todo lo que dijo. Cortó así sin más. Pero yo no podía quedarme de brazos cruzados. No con ese nudo en la garganta que me impedía hablar, y esa angustia palpitando en el estómago.

Tomé las llaves de mi auto, mi abrigo, y salí rumbo al hospital.

La sala de urgencias estaba impregnada de desespero. El oficial de seguridad en la entrada me pidió mi identificación, la cual había olvidado, pero al escuchar el apellido "Vanderhoof" me dejó pasar sin más. El prestigio era un pasaporte que te permitía entrar a cualquier lugar, incluso en uno en donde abundaba el dolor.

Seguí el pasillo hacia el área de terapia intensiva y pude ver a Elías al fondo, en una silla de metal junto a una máquina expendedora. Tenía los codos apoyados en sus rodillas y la cabeza entre las manos. Me acerqué a él con el corazón encogido. Se veía tan ajeno al mundo, tan frágil y tan destruido.

—Elías...

Tan pronto como escuchó mi voz alzó la mirada. Sus ojos estaban inyectados, oscuros de rabia contenida y tristeza.

—¿Qué rayos haces aquí? Te dije que no vinieras. Entiende. No quiero verte.

—Y yo te dije que estaría a tu lado cuando me necesitaras. No importa lo que digas, aquí estoy. Si necesitas algo solo dilo.

—No necesito nada de ti, Yara. Ya hiciste suficiente. Ahora déjame. ¡Lárgate!— esa última palabra salió en forma de grito.

—No tienes por qué hablarme así. No he hecho nada para que te comportes así conmigo.

—¡Claro que sí! ¿Sabes lo que siento ahora mismo? Siento culpa, siento rabia y hasta asco. Y no por ti, ni por mi abuela, sino por mí. Por haberte permitido entrar en mi vida. Por haber confundido tu venganza con algo parecido a un buen propósito. ¡Por dejar que creyeras que podías comprarlo todo, incluso a mí!

—Yo... yo no quise ofenderte con el cheque. Pensé que... que querías el dinero... porque así lo habíamos acordado en un inicio...

—¿Pensaste? ¿En verdad pensaste? ¿Qué creíste? ¿Qué estabas siendo una mujer generosa? ¡Qué mujer tan compasiva! Prácticamente me diste a entender que lo que habíamos hecho se quedaría en la cama, y que yo fui solo otro servicio que habías pagado. ¿Tienes idea de lo miserable que me sentí cuando vi esa cantidad plasmada en ese cheque, justo después de haber hecho el amor contigo?

—Las cosas no son así. Te aseguro que no fue solo sexo para mí...

—Pues lo empaquetaste como si lo fuera. ¡Un cheque, Yara! Me diste un maldito cheque, como si fuera una propina. ¡Como si yo fuera un maldito objeto!— intenté sentarme a su lado, pero él se apartó.

—Elías, por favor, deja que te ayude. Deja que pague la cuenta del hospital, al menos eso puedo hacer por ti.

—¿Otra vez? ¡El dinero, siempre el dinero! ¡Ese es tu maldito idioma, tu escudo, tu forma de arreglarlo todo! ¿Acaso no sabes hacer otra cosa más que ofrecer dinero para solucionarlo todo?

—No es así... no esta vez. No estoy intentando comprar nada, te lo estoy ofreciendo de forma sincera y desinteresada.

—¡Claro que sí es así! Y tú lo sabes. ¡Por eso hiciste ese estúpido anuncio en primer lugar! Porque querías venganza, querías dañar a Axel, y me usaste como carnada. ¡Pero yo no soy tu mascota de exhibición! ¡Ni tu maldito juguete de cama!




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