Yara
El sonido de mis tacones resonaba sobre el mármol blanco de la casa de mis padres como un eco de mi infancia, de esa infancia que alguna vez creí dorada, perfecta, pero que con los años aprendí a traducir como una jaula lujosa. Había recibido la llamada de mi padre por la mañana. Su tono fue seco y casi militar.
—Necesito hablar contigo. Es importante. Quiero verte esta tarde.
La casa seguía oliendo a madera fina, flores frescas y represión.
Mi nana me recibió con una alegría sincera, y con una de esas sonrisas que reflejan sentimientos verdaderos.
—Yara, hija querida— dijo mientras me abrazaba con afecto real. —Te ves tan delgada. No estarás dejando de comer, ¿verdad?
Negué con una sonrisa cansada. No tenía fuerzas para fingir bienestar y estabilidad.
Me guió hasta el comedor, donde ya estaban servidos platos de porcelana con cubiertos de plata, como si en esa casa no se pudiera tener una conversación sin perder la compostura. Mi padre estaba en la cabecera, leyendo el periódico como si fuera el rey de un feudo venido a menos.
Sobre la mesa, el titular del suplemento de espectáculos me perforó la vista.
"Yara Vanderhoof reaparece en sociedad junto a un misterioso acompañante. Axel se quedó solo y visiblemente molesto".
Intenté fingir que no me había importado y traté de mantenerme erguida.
—Papá, si me hubieras llamado para hablar de mi vida personal, podrías haberlo hecho por tel...
—¡Silencio!— me interrumpió golpeando la mesa con la palma abierta. —No tengo tiempo para tus argumentos de niña mimada. Sabes perfectamente por qué estás aquí. Gracias a ti, el apellido Vanderhoof está siendo desbaratado por la prensa, por nuestra competencia empresarial y por la alta sociedad. Somos el chisme de moda, y no por algo digno. Sino por tu ridículo escándalo.
—Papá, yo...
—¡Tú nada! ¡Te exhibiste con un desconocido en la boda del año! ¿Sabes cuánto nos costó llegar a los acuerdos con la familia de Axel y con su empresa automotriz? ¡Tú no entiendes porque nunca has tenido que negociar con tus manos! Siempre has tenido las mías para protegerte, y aun así las muerdes como una serpiente malcriada.
Cada palabra era un latigazo. Mi nana observaba en silencio con sus ojos pintados de miedo e incapaz de interrumpir esta reprimenda.
—Padre, si pudiera arreglar este embrollo créeme que lo haría— murmuré, apenas conteniendo las lágrimas. —Pero no puedo.
—Tal vez no puedas borrar ese escándalo, pero sí puedes arreglarlo. Vas a salir de nuevo con Axel. Van a ser vistos y fotografiados en lugares públicos, van a hacer apariciones como el matrimonio feliz que fingiremos que son. Esa alianza no se puede perder. Si tienes que besar a ese hombre en público, lo harás. Si tienes que dormir en su casa para una portada de revista, también lo harás.
—¡Él ha tenido amantes, papá! ¡Un desfile interminable! Me reclamas a mí por el mismo escándalo que él empezó.
—¡Axel es hombre! Tiene necesidades. Aún con mil amantes fue lo suficientemente inteligente para mantenerlo todo fuera del ojo público, no como tú. Además, las mujeres con las que se involucra entienden su rol. Y si no lo entienden, al menos saben cerrar la boca. Pero tú, además de zorra, eres estúpida.
Me quedé paralizada.
—¡Señor, por favor!— susurró mi nana, horrorizada.
—No te metas, Luna. Esta niña necesita un correctivo emocional desde hace años.
Tragué saliva con dificultad. No iba a llorar. No frente a él.
—Haré lo que esté en mis manos— dije con frialdad, irónica hasta la médula. —Lo que sea necesario para que los negocios no sufran. ¡Dios nos libre de perder unos cuantos millones!
Me levanté antes de que las lágrimas me traicionaran. Crucé el pasillo hacia la salida mientras escuchaba la voz de mi nana llamándome en susurros ahogados.
Al cerrar la puerta de salida, el silencio me envolvió como una manta empapada. Avancé hacia el auto, sintiendo los latidos de mi corazón retumbando en los oídos. Entré al coche y cerré la puerta con fuerza. Me aferré al volante como si pudiera sostener mi alma en ese gesto.
Y entonces me rompí.
El llanto fue brutal. No tenía forma ni sonido. Solo lágrimas calientes, incontenibles, que caían sobre el cuero del asiento mientras yo temblaba como una niña abandonada. Golpeé el volante con los puños. ¡Una y otra vez!
—¡Maldita sea!— grité, sabiendo que nadie podía escucharme.
El rostro de Elías cruzó mi mente como una fotografía que no quería soltar. Su voz, su risa tímida, sus manos torpes al inicio, su seguridad desbordada cuando me guió por la pista de baile.
Con él había sido yo. Solamente yo. No la esposa trofeo, no la hija del magnate, no la mujer perfecta. Solo Yara. Una mujer común que reía, que se equivocaba, que podía amar.
Él pensó que lo usé. Pero lo cierto es que yo había sido usada desde antes de nacer. Mis padres me moldearon como un producto de vitrina. Mi matrimonio fue una transacción. Mi vida entera, una moneda de cambio.
Me limpié las lágrimas, enderecé la espalda. Aún llorando, puse el auto en marcha. Porque sabía que habría muchas más batallas. Y si quería enfrentar a mi padre, al mundo, a mi pasado...
...tenía que empezar por dejar de huir de mí misma.
Y también... de volver a mirar a Elías, aunque fuera en silencio, aunque fuera desde lejos.
Porque, aunque me odiara...
Yo sólo quería amarlo. Aunque nunca supe cómo.
No recuerdo cuánto tiempo me quedé allí, sobre el volante, deshecha. Las lágrimas corrían silenciosas por mis mejillas, mojando mi blusa, dejando pequeños círculos de humedad sobre la tela como si fueran las huellas de un dolor antiguo, contenido durante demasiado tiempo.
Quise gritar. Pero ya no tenía voz.
De nueva cuenta vino Elías a mi mente. Seguramente él estaba pensando que lo había tratado como a un objeto, que lo usaba, que todo se trataba de dinero y de venganza. Pero si él supiera... si supiera que la verdadera moneda de cambio siempre fui yo.