Elías
Han pasado dos semanas desde la última vez que vi a Yara. Dos semanas desde que le grité que la odiaba. Dos semanas desde que salí de su vista con el pecho ardiendo, con el orgullo hecho polvo y el alma despedazada, incapaz de mirarla a los ojos porque si lo hacía, sabía que iba a quebrarme frente a ella.
A veces cierro los ojos y todavía puedo verme ahí, en esa sala blanca del hospital, con el olor a desinfectante clavándose en mi nariz y nuestras palabras flotando en el aire como cuchillas invisibles. Ella de pie, rígida, y yo temblando de rabia. Y ese silencio posterior... ese silencio que gritaba más fuerte que cualquier insulto.
Le dije que la odiaba y lo peor no fue decirlo, sino no sentirlo del todo.
Llevo dos semanas sin verla, pero eso no significa que no sepa de ella.
No la he buscado. No la he llamado. No he escrito su nombre en ningún mensaje, pero su presencia sigue apareciendo como una sombra que se niega a irse.
La tarjeta de débito que me entregaron en recepción del hospital, activada por "un benefactor anónimo", el recibo del servicio de enfermería privada con turno nocturno fijo, las medicinas de mi abuela pagadas antes de que pudiera siquiera preguntar el precio, las cuentas liquidadas, los arreglos florales frescos cada mañana en la habitación de mi amada Marta, con colores que a ella le gustaban cuando todavía podía hablar.
Nadie me lo ha dicho directamente, pero no soy estúpido, todo eso se debía a Yara. Tenía que ser ella. ¿Quién más?
Y eso me enfermaba.
Me enfermaba porque le pedí que se mantuviera lejos. Porque le dije que no quería nada más de ella. Porque le rogué, con el poco orgullo que me quedaba, que me dejara en paz.
Y aun así seguía ahí, moviendo hilos en silencio, pagando, resolviendo, ayudando como si el dolor que compartimos pudiera cubrirse con dinero y favores invisibles.
Me enfermaba porque debería odiarla, porque sería más fácil odiarla pero... por más que he tratado, no puedo hacerlo.
La pienso, la extraño. Me duele su ausencia y su lejanía.
Y eso me jode más que cualquier otra cosa.
Hoy salí del hospital cuando el cielo empezaba a oscurecer. Mi abuela sigue igual. Conectada a máquinas que pitan cada cierto tiempo, con la piel frágil, casi translúcida. Me siento a su lado, le hablo aunque no sé si me escucha. Le limpio la frente, le aprieto la mano y le cuento que todo va a estar bien aunque ni yo mismo lo sepa a ciencia cierta.
Le prometí que la sacaría de ahí.
Y no sé si podré cumplirlo.
Cuando llegué a mi apartamento, la casa me pareció más vacía que nunca. Antes al menos había esperanza pero ahora solo hay eco.
Dejé las llaves en la mesa y me hundí en el sillón. El silencio se me pegó a la piel. Me levanté casi por inercia, fui al refrigerador y saqué un paquete de cervezas.
Cuatro botellas. Cuatro intentos miserables de apagar lo que me estaba quemando por dentro.
La primera bajó rápido.
La segunda también.
El líquido frío me raspaba la garganta, pero no apagaba el incendio en mi pecho. No sabía si estaba así por Yara, por mi abuela, por mi impotencia... o por todo junto.
Encendí el televisor para distraerme un poco, aunque nada llamaba mi atención. Cambié canales sin mirar realmente, como un autómata. Hasta que la voz exageradamente alegre de una presentadora llamó mi atención y me hizo detenerme.
"Y la noticia del día: la familia Vanderhoof y la corporación Automotriz Delacroix celebraron anoche la inauguración de su nueva sucursal en la zona financiera de la ciudad..."
Tan solo con escuchar esos apellidos sentí algo tensarse dentro de mí. En ese instante decidí fijar ese canal para ver qué noticia daban... Vaya error...
"Al evento asistieron grandes personalidades, pero quienes se robaron la atención fueron Axel Delacroix y su bella esposa, la heredera Yara Vanderhoof, quienes lucieron más enamorados que nunca".
Mi cuerpo se quedó inmóvil y dejé de respirar durante algunos segundos.
"Testigos aseguran que el beso que compartieron al cortar el listón fue de película. Todo indica que esta poderosa pareja ha dejado atrás los rumores de crisis y están más unidos que nunca".
Y entonces apareció la imagen...
Era Yara, mi Yara. Se veía radiante, vestida de blanco perla, el cabello le caía impecable sobre los hombros. Caminaba al lado de Axel como si nada hubiera pasado entre nosotros. Como si no existieran las noches en las que me miraba como si yo fuera su única verdad.
Axel sonreía con esa seguridad arrogante que siempre me revolvió el estómago. Le sostenía la mano con posesión y hasta con triunfo.
Las cámaras los rodeaban. Los flashes llegaban de todas partes.
Cortaron el listón rojo y entonces vino lo peor.
Él la atrajo hacia sí, le susurró algo al oído y la besó...
En la boca...
Sin titubeos...
Sin distancia...
Como si en ese instante fueran los únicos dos en el mundo.
Y ella no se apartó.
No lo empujó.
No hizo ese gesto de incomodidad que yo esperaba, ese mínimo indicio de que aquello era solo teatro.
Por el contrario, Yara le correspondió.
Al ver la escena, sentí cómo algo se rompía dentro de mí.
La botella que aún sostenía en mis manos salió disparada contra el televisor antes de que pudiera pensarlo. El vidrio estalló en una explosión de cerveza, rabia y fragmentos brillantes y la pantalla se apagó en un parpadeo negro.
Después vino el silencio. Solo se podía escuchar mi respiración agitada.
Claro.
Todo había sido una farsa.
Nunca hubo una crisis matrimonial.
Nunca hubo una separación real.
Nunca hubo la sinceridad que le pedí...
Todo fue una fantasía estúpida en la que caí como un idiota. Una trampa elegante montada por una mujer que podía tenerlo todo y decidió jugar conmigo por capricho.