Yara
Desde aquella cena con mi padre, el mundo pareció inclinarse hacia una versión cuidadosamente fabricada de mi vida. Como si alguien hubiera tomado el eje de mi realidad y lo hubiera ajustado unos grados hacia la conveniencia, hacia la estrategia, hacia lo políticamente correcto. El precio de mi apellido, de la empresa, de los contratos blindados con cifras que mareaban, había sido siempre claro: fingir y convencer al mundo. Sonreír cuando era necesario, callar cuando convenía y amar cuando sumaba.
Y ahora, ese papel volvía a exigirme actuar.
Axel lo sabía. Sabía que mi padre había puesto sobre la mesa su ultimátum con esa calma peligrosa que solo él dominaba. Sabía que la amenaza no necesitaba elevar la voz para ser real. Y desde esa noche, Axel comenzó a acercarse a mí con una dulzura más ensayada que espontánea, con una paciencia meticulosamente medida, como si cada gesto estuviera previamente calculado en un tablero invisible.
Mi aún esposo aparecía cada tarde en la entrada de mi edificio, puntual e impecable. Vestido como un modelo de revista financiera, con trajes de cortes limpios, relojes suizos que brillaban con discreción estudiada y zapatos lustrados hasta conseguir un reflejo. Olía a poder, a estatus, a dominio y a ese tipo de seguridad que no nace del amor, sino del control.
Al entrar a mi apartamento, siempre traía algo para mí.
Flores. Ramilletes blancos y rosas, cada día un nuevo tono, como si intentara reconstruir una paleta de recuerdos felices. Chocolates artesanales envueltos en papel dorado, vinos que conocía desde antes de que yo cumpliera los dieciocho, etiquetas añejadas que mencionaba con una sonrisa nostálgica, perfumes, libros de primeras ediciones, incluso aquella pulsera que una vez señalé distraídamente en un escaparate años atrás.
Todo cuidadosamente elegido conforme a mis gustos.
Todo demasiado perfecto.
Cenamos varias veces en restaurantes pequeños pero de lujo impecable, en zonas discretas de la ciudad donde la privacidad se pagaba con membresías exclusivas.
Axel reservaba mesas privadas, separadas por biombos de madera tallada o cortinas de terciopelo. Siempre lejos de ojos curiosos. Siempre lejos de periodistas. Siempre lejos de cualquier lente que pudiera captar algo que no estuviera previamente aprobado.
—No quiero que esto se sienta forzado, amor— me dijo una noche, mientras inclinaba una botella y me servía vino con un pulso firme. El líquido rubí descendía con elegancia en mi copa. —Quiero que esto fluya. Que volvamos a ser nosotros, tal y como éramos al principio. No voy a hacerte reproches por nada, lo juro. Olvidaremos todo y empezaremos de cero.
Lo dijo mirándome como si cada palabra fuera real.
Él quería que todo pareciera natural, orgánico y espontáneo. Quería reconstruir una versión de nosotros que yo sabía que no existía ya y que tal vez nunca existió. Tal vez fue siempre una ilusión conveniente, una historia repetida tantas veces que terminó pareciendo real.
Pero asentí.
Sonreí.
Respondí a cada gesto con la cortesía exacta. Sin demasiado entusiasmo pero sin frialdad evidente. Una línea perfecta entre la distancia y la cooperación.
Porque eso era lo que se esperaba de mí.
Y también porque había una promesa que me había hecho a mí misma: si la abuela de Elías sobrevivía, yo me alejaría de él. Lo dejaría libre. Lo dejaría respirar sin la sombra de mi apellido, sin la guerra silenciosa que me rodeaba. Él merecía una vida tranquila, lejos de mi caos empresarial, lejos de mis decisiones estratégicas, lejos de un padre que negociaba personas como si fueran acciones.
La última cena antes de la inauguración fue menos romántica y más corporativa. Era casi una junta directiva con velas encendidas en la que Axel me detalló cómo estaría organizado el evento: los medios confirmados, las alianzas estratégicas, la distribución de los socios en las primeras filas y el orden exacto en que debíamos caminar por la alfombra negra. La recepción posterior tendría champagne francés, música en vivo y entrevistas breves previamente pactadas.
Sabía que estaba nervioso. Lo notaba en la forma en que repetía ciertos puntos y en cómo revisaba su teléfono cada pocos minutos.
Quedamos en mostrarnos como una pareja que ha superado los problemas.
—Le mostraremos al mundo el matrimonio ejemplar que seguimos siendo— dijo, sosteniendo mi mirada.
Ejemplar.
Esa palabra me pesó...
Llegó el gran día. Axel pasó por mí en su Rolls—Royce Ghost negro. El auto parecía deslizarse más que avanzar. Los asientos de cuero blanco estaban impecables y el aire acondicionado calibrado a una temperatura exacta que ni siquiera tenía que ajustarse. Todo dentro era silencio, lujo y aislamiento del mundo exterior.
Cuando bajó para abrirme la puerta, vestía un traje italiano negro de corte ceñido, camisa blanca perfectamente planchada y una corbata granate de seda que contrastaba con precisión matemática. Se veía impecable, intimidante, perfecto para las cámaras.
Yo llevaba un vestido tono perla de seda, con escote recto y mangas vaporosas que caían como cortinas suaves hasta mis brazos. Mis tacones plateados eran sutiles, pero elegantes. El collar de diamantes y zafiros que había pertenecido a mi madre descansaba sobre mi clavícula, frío contra mi piel. El cabello lo dejé suelto, cayendo sobre mis hombros, con unas ligeras ondas y algunos mechones estratégicamente sueltos que acariciaban mi rostro.
Cada centímetro de mi apariencia estaba fríamente calculado.
—Estás hermosa— me dijo al subir al auto, recorriéndome con la mirada. —No recuerdo la última vez que me quitaste el aliento así.
Ante sus halagos fabricados no hice más que sonreír sin mostrar los dientes y respondí, sencilla y simple. —Gracias.
—Quiero que sepas que me arrepiento de muchas cosas. Y que voy a hacer lo que sea necesario para recuperarte. Estoy dispuesto a volver a ser el hombre que te enamoró.