Se solicita amante

21. Volver a verte sonreír

Elías

El olor a desinfectante ya no me molestaba. Al principio me quemaba la nariz, me revolvía el estómago, me hacía consciente de que estaba en un lugar donde la vida siempre estaba en juego. Pero supongo que el cuerpo, como todo, termina acostumbrándose al dolor… a la rutina del sufrimiento… a la posibilidad constante de perderlo todo.

Llevaba más de dos semanas visitando ese cuarto de hospital. Dos semanas contando respiraciones que no eran mías. Dos semanas midiendo el tiempo, no en horas, sino en pitidos. Los sonidos de las máquinas eran lo único constante, como un reloj implacable marcando el pulso de una vida que se debatía entre quedarse… o irse para siempre.

Me senté en la misma silla de siempre. Esa que ya tenía la marca de mi espalda encorvada, de mis manos entrelazadas con desesperación y de mis lágrimas cayendo en silencio cuando nadie miraba. Había aprendido a llorar sin hacer ruido, a romperme por dentro mientras fingía fortaleza.

Observé el cuerpo frágil de mi abuela bajo las sábanas blancas. Tan pequeña, tan inmóvil, tan distinta a la mujer que me crió.

Había tenido que ver cómo el rostro más dulce que conocí se cubría de tubos, de parches adhesivos y de cables que parecían robarle dignidad. Cada cable era un recordatorio de que el corazón que me sostuvo toda la vida ahora necesitaba ayuda para seguir latiendo.

La habían estabilizado hacía cinco días. Y aunque los doctores hablaban de una “mejoría progresiva”, cada palabra que usaban parecía más una advertencia que una promesa.

Decían “responde bien”, pero también decían “hay que esperar”. Decían “evoluciona favorablemente”, pero sus ojos nunca lo celebraban.

Yo solo quería verla abrir los ojos una vez más. Necesitaba contemplar de vuelta su mirada cariñosa. Necesitaba saber que todavía estaba ahí… que no se había ido mientras yo parpadeaba.

—Buenos días, señor Mendez— dijo una enfermera al entrar, con esa voz suave que usan quienes caminan a diario entre la vida y la muerte.

Le sonreí de manera amable y se dispuso a cambiar la bolsa del suero, ajustó una de las máquinas, revisó el monitor cardíaco y luego me miró con ternura. —Quédese. Hoy podría ser un buen día.

Asentí. No tenía fuerza ni para hablar. Sentía que si abría la boca iba a salir un sollozo en lugar de palabras.

Me acerqué a la cama y tomé la mano de mi amada abuela. Era tan pequeña ahora… tan liviana… tan fría en comparación con el calor firme con el que me sostuvo toda la infancia. Esa mano que me peinaba antes de ir a la escuela. Que me limpiaba las lágrimas cuando regresaba con los ojos rojos porque algún niño había preguntado por mis padres.

Era tan cruel ver así a la mujer que me preparaba café en las madrugadas cuando yo estudiaba, aunque ella ya estuviera cansada. La que me defendía a gritos de los vecinos cuando me señalaban por “no tener madre”. La que vendió sus anillos, los únicos recuerdos que tenía de su juventud, para que pudiera entrar a una preparatoria que ni siquiera pude terminar porque ella enfermó y me necesitaba. La que nunca me dejó sentir que me faltaba algo… aunque a ella le faltara todo.

—Estoy aquí, abuela…— susurré, como cada día. —No me he ido. Ni me pienso ir hasta que estés de vuelta.

El sol comenzaba a colarse por la ventana, formando patrones dorados sobre la colcha. Los sonidos del hospital se sentían lejanos, como si el mundo estuviera amortiguado. Era como si el universo entero se hubiera detenido a observar esa habitación.

Y entonces… sucedió el milagro que tanto había esperado.

Sentí una ligera presión en mi mano. Tan leve que pensé que la había imaginado. Que era mi deseo más profundo jugando conmigo.

Parpadeé.

—¿Abuela…?

Sus párpados temblaron. Como si pesaran toneladas. Como si abrirlos fuera el esfuerzo más grande del mundo. Y luego, con una lentitud que me partió el alma, se abrieron por completo.

Dos ojos marrones y profundos me miraron. Había confusión, sí. Dolor y cansancio. Pero también había vida.

—¿E… Elías?

Sentí que algo dentro de mí se rompía y se reconstruía al mismo tiempo. Mi pecho, mi alma, todo.

—¡Abuela!— me incliné de inmediato, sosteniéndole el rostro con ambas manos, temblando. —Estás despierta… gracias a Dios… estás despierta.

Ella intentó sonreír, aunque sus labios apenas se movieron.

—¿Qué… qué pasó? ¿Por qué estoy aquí?

—Tuviste un infarto— mi voz se quebró. —Estuviste muy grave… pensé que te perdía.

No era una exageración. Había firmado papeles con las manos sudando. Había escuchado palabras como "riesgo", “pronóstico reservado” o “prepárese para lo que venga”. Había sentido por primera vez el verdadero terror de quedarme solo en este mundo.

La enfermera que aun se encontraba en la habitación salió corriendo a llamar al médico mientras yo me quedaba junto a ella, acariciándole la frente, tratando de no llorar… y fracasando miserablemente en el intento.

—Todo estará bien, abuela. Estás conmigo. Y no me voy a ir. No otra vez. Nunca más te dejaré sola.

Ella me observó largo rato, como intentando ordenar los recuerdos. Como buscando en mi rostro al niño que fui. Finalmente, con esa voz ronca y débil que aun así me parecía el sonido más hermoso del mundo, susurró.

—¿Lloraste por mí?— solté una risa ahogada entre lágrimas.

—He llorado como no tienes idea. Me asusté tanto… no sabes cuánto te necesito todavía, abuela.

Sus dedos volvieron a apretar los míos. Con más fuerza esta vez. Como si quisiera anclarme. Como si también tuviera miedo de que yo desapareciera.

El médico entró apresurado, seguido por dos enfermeras. Revisaron signos, niveles, reflejos. Escuché palabras técnicas y frases que no entendí, pero hubo una que me hizo respirar después de semanas de vivir con el aire atrapado en el pecho.

—Se encuentra estable. Está fuera de peligro.

No estaba completamente recuperada. No estaba lista para levantarse y caminar como si nada. Pero estaba viva. Aquí. Conmigo.




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