Elías
El sonido de las llaves girando en la cerradura sonó distinto esa tarde.
No fue solo el clic metálico abriendo la puerta. Fue algo más. Fue como si la casa misma contuviera el aliento, como si las paredes, que durante semanas habían escuchado mi silencio y mis oraciones ahogadas, supieran que por fin ella regresaba. Después de casi tres semanas en el hospital, mi abuela Marta volvía a casa.
El lugar olía a desinfectante reciente y lavanda. Me había obsesionado con eso. Quería que el aire se sintiera limpio, ligero y que no quedara rastro del miedo que había flotado aquí desde el día en que ella se desplomó.
Cambié las sábanas dos veces. Sacudí las cortinas. Lavé el piso con mis propias manos. Ordené la cocina como si el orden pudiera compensar el caos que llevaba dentro.
Me había pasado el día anterior preparando todo como si fuera un niño esperando la visita de Santa Claus.
Solo que no había regalos. Había culpa, había miedo, había la posibilidad de perder a la única persona que siempre había estado conmigo. La mujer que me enseñó a atarme las agujetas cuando me frustraba y lloraba. La que me enseñó a rezar cuando tenía miedo de la oscuridad. La que me repetía que un hombre no se mide por lo que tiene, sino por lo que es capaz de sostener cuando todo se viene abajo.
La llevé hasta su habitación despacio, sosteniéndola como si fuera de cristal. La ayudé a sentarse en su sillón de descanso junto a la ventana, ese donde siempre tejía mientras veía caer la tarde. Sus manos estaban frías, demasiado frías, la piel se le notaba más fina, casi transparente y las venas marcadas como líneas frágiles bajo la superficie. Pero estaba viva. Y eso era suficiente para seguir respirando.
—Te hice un té de manzanilla con vainilla y miel… tal como te gusta— le dije, intentando que mi voz no temblara.
Coloqué la taza caliente entre sus manos. Ella la sostuvo con cuidado, como si necesitara comprobar que aún podía sentir el calor, bebió un sorbo y luego me miró. Lo hizo durante tanto tiempo que sentí que me estaba atravesando el pecho. Que podía ver todo lo que yo estaba intentando esconder.
—Recuerdo lo último que pasó, Elías. No creas que lo he olvidado— el corazón se me detuvo en ese instante.
Sabía exactamente a qué se refería.
Era más que obvio que hablaría de mi situación con Yara, de aquella mañana, de la televisión encendida, de mi nombre pronunciado como un escándalo y de la palabra “amante” repitiéndose como un martillo.
—Abuela, olvídalo… acabas de volver… estás recuperándote… no tenemos que…
—Sí. Sí tenemos— me interrumpió.
Su voz no era fuerte, pero tenía una firmeza que siempre me desarmaba. Aun con el cansancio arrastrándose en cada sílaba, su voluntad seguía intacta.
—Recuerdo esa mañana, Elías. Te vi llegar destrozado con la camisa arrugada… manchada de lápiz labial. Entraste con el alma tambaleando. No mirabas a nadie. No me mirabas a mí. Y yo supe que algo muy malo habías hecho. Tú no agachas la cabeza ni encoges los hombros así… como si quisieras desaparecer.
Sus palabras me cortaron más que cualquier reproche.
—Y luego…— continuó —esa noticia en la televisión. Tu nombre con ese título. Decían que eras el amante en turno de esa mujer y sentí que algo me arrancaba el pecho. Quise gritarte, quise sacudirte, pero el coraje me consumió… y lo único que logré fue caer y despertar conectada a tubos.
Aparté la mirada. No soportaba verla así. No después de saber que, en parte, yo había sido la chispa que encendió todo este caos.
—Abuela, por favor… no quiero que vuelvas a ponerte mal. Eso ya terminó. De verdad. Ya pasó.
—No— negó despacio. —Lo único que pasó es lo que no me has contado— sus ojos se llenaron de algo peor que el enojo, fue preocupación.
—Quiero saberlo todo, Elías. Me angustia no saber la verdad. Me angustia más imaginar lo que puedas estar haciendo para traer dinero a esta casa. Nunca tuvimos secretos. Nunca. Y no quiero empezar ahora.
Suspiré.
Sentí que el aire pesaba.
Apreté los dedos alrededor de mi propia taza de té hasta que el calor casi me quemó la piel. No quería decirlo, no quería ver decepción en sus ojos, no quería escuchar en voz alta lo que yo mismo no había sabido nombrar, pero ella merecía la verdad.
—Está bien...— tragué saliva tan solo de pensar en lo que me esperaba. —Me echaron del restaurante… hace poco más de dos meses— decirlo en voz alta volvió a abrir la herida. —El dueño dijo que el lugar estaba creciendo, que necesitaba a alguien de tiempo completo y mi media jornada ya no encajaba con los intereses del lugar. Me dio las gracias, me dio la mano y me dejó en la calle.
Hice una pausa...
—Fue cerca del día que vencía la renta, cerca del día que tuviste tu primera crisis.
Su mirada se suavizó, pero no me interrumpió.
—Compré el periódico. Busqué trabajo y fui a entrevistas, te juro que lo intenté pero no tengo estudios, no tengo títulos, solo una experiencia que no parecía suficiente para nadie. Cada “le llamamos” fue un “no” disfrazado.
Respiré hondo.
—Y entonces lo vi. Ese anuncio. “Se solicita amante”.
La palabra se quedó suspendida en el aire. Mi abuela cerró los ojos. No dijo nada. Solo me dio espacio.
—Lo ignoré por días enteros. Pero las opciones se acabaron. Tú estabas en el hospital. No querían atenderte sin una cuota de ingreso. Los medicamentos eran demasiado caros. Las cuentas se acumulaban. Yo no dormía. Sentía que el piso se hundía bajo mis pies— finalmente volteé a verla, su rostro se veía triste.
Esa sola acción me dolió más que el resto.
—Entonces me citaron. Pensé que sería una entrevista normal. Pero no. Ahí estaba ella. Yara. Alta, elegante y fría… como si el mundo nunca la hubiera tocado sin permiso. Y hermosa. Tan hermosa que dolía mirarla.
El recuerdo me atravesó.
—Me dijo que me necesitaba para un plan. Un plan de venganza contra su esposo. Que quería que la acompañara a eventos. Que fingiera ser su pareja. Me llevó a una tienda carísima en la que me compró los trajes, los relojes y los zapatos que has visto. Me enseñó cómo caminar, cómo hablar, cómo mirar. Me entrenó como si fuera un proyecto.