Yara
Volver al hospital me provocó una sensación agridulce que me raspó la garganta desde que crucé las puertas automáticas.
No sabía que podía doler tanto algo tan simple como recoger una tarjeta de débito.
El olor a desinfectante me golpeó de inmediato, trayéndome recuerdos de noches en vela pensando en Elías, de esos pasillos silenciosos, de mi firma estampada en transferencias anónimas. Había pagado todo. Cada medicamento, cada estudio, cada noche de hospitalización. Fue un total de casi trescientos mil, que francamente no sentí.
Eso era lo más duro de todo. El dinero nunca dolía, lo que dolía era no poder decir por qué seguía ayudando a Elías.
La recepcionista me recibió con una sonrisa neutra y profesional. No supe si no me reconoció o fingió no hacerlo. Me hizo firmar unos documentos de cancelación, deslizó la tarjeta sobre el mostrador y me entregó una carpeta gruesa con todas las facturas.
—Todo está liquidado, señora— dijo con voz mecánica. Yo simplemente asentí.
No me dijo gracias y tampoco lo necesitaba. No hacía esto por agradecimiento. No buscaba absolución, ni buscaba medallas.
Lo hacía porque, desde que Elías salió de mi vida, no había un solo día en el que pudiera respirar sin sentir que me faltaba el aire.
Salí del hospital y el aire frío me golpeó el rostro como una bofetada que acepté sin defensa. Apreté la tarjeta entre mis dedos hasta que el plástico se dobló ligeramente. Ya no había nada más que pudiera hacer por él sin su permiso.
Y aun así… necesitaba verlo. No por redención ni por perdón, necesitaba mirarlo a los ojos una vez más y comprobar que estaba feliz de tenerme lejos y que no lo había destruido por completo.
Conduje hasta su casa sin pensar. La ciudad me pareció ajena, gris y hostil, como si todos los edificios supieran que yo era una intrusa en mi propia historia. El concreto reflejaba mi estado de ánimo: frío, rígido y sin vida.
Cuando me estacioné frente a su edificio, el corazón me latía tan fuerte que me mareé y mis manos temblaron sobre el volante.
Llegué a su departamento y toqué la puerta una vez, dos veces y esperé paciente aunque cada segundo de espera fue una eternidad. Cuando por fin la puerta se abrió, ahí estaba él, Elías.
Pero no era el Elías que recordaba. No era el hombre que me miraba con una mezcla de deseo y ternura. Este era otro totalmente diferente.
Su rostro era una mezcla de frialdad, cansancio y dureza. Había algo roto en sus ojos… algo que yo misma había quebrado.
—¿Qué demonios haces aquí?— preguntó con la voz más que seca. Sin matices y sin emoción, como si yo fuera una vendedora molesta tocando en un horario inapropiado.
Tragué saliva.
—Necesito hablar contigo, Elías— me sostuvo la mirada unos segundos que parecieron un juicio y luego dio un paso hacia el lado izquierdo, permitiéndome el acceso.
—Tienes cinco minutos, no más— cinco minutos. Eso era todo lo que yo valía ahora, pero aún así entré.
La casa era la misma pero el aire no, había algo marchito y pesado, como si la tristeza se hubiera instalado en cada rincón. Me detuve en medio de la sala, consciente de que ya no pertenecía ahí. Elías ni siquiera me ofreció asiento o un vaso de agua. No me ofreció nada, solo esperaba a que yo hablara.
—Sé que tu abuela necesita cuidados… medicamentos… y yo…
—Ya estamos bien— me interrumpió con una voz tan llena de ira que cortó el aire. —Puedes guardarte tu caridad.
"Caridad". Esa palabra me abofeteó.
—No es caridad— susurré. —Solo quería ayudarte.
—¡Claro!— rió sin humor. —Porque eso hacen ustedes los ricos, ¿no? Compran lo que no pueden entender ni tener de forma natural y normal. Compran afecto, lealtad, compañía, y son capaces de pagar hasta cincuenta mil pesos solo por una noche de sexo.
Sentí cómo algo dentro de mí se desgarraba.
Me mordí el labio. No iba a llorar, no frente a él, no después de todo.
—No lo estoy haciendo por eso. No hay una segunda intención. Créeme— quise explicarle las cosas pero no me dejó.
—Siempre hay una segunda intención contigo, Yara. Siempre. ¡Estás acostumbrada a que el mundo te aplauda por cualquier migaja que tiras!
—No es verdad…— hablé con una voz más que tenue.
—¡Cállate!— su grito me paralizó.
Nunca antes me había gritado. Mi corazón se detuvo un segundo. —¿Sabes qué es lo peor?— continuó, con la voz cargada de rabia contenida. —Que me hiciste sentir especial. Me hiciste creer que era distinto. Y al final solo fui un juguete más en tu venganza. Un accesorio caro que podías quitarte cuando te estorbaba.
Cada palabra era un latigazo.
—Vuelve con tu esposo— escupió. — Con ese con quien ahora te muestras feliz en todos los medios. ¡Ya no te necesito! ¿Me oyes? ¡No te necesito!— respiraba agitado y sus ojos ardían. —Te odio, Yara. ¡Te odio!
La frase me atravesó como cuchillos afilados, uno tras otro.
"Te odio".
Nunca nadie me lo había dicho así.
Quise contarle lo de mi padre. El chantaje, las amenazas, la importancia de las empresas y toda la presión que caía sobre mí, así como el peso de cargar mi maldito apellido como cadena. Pero mis palabras parecían insignificantes frente a su dolor.
—Elías, yo…
—No digas mi nombre— el desprecio en su voz fue peor que un grito.
Antes de que pudiera insistir, una voz firme emergió desde el fondo de la casa.
—¡Si tiene un poco de dignidad, váyase de aquí ahora mismo!— la abuela de Elías llegaba para defenderlo.
Apareció apoyada en el marco del pasillo, más delgada y más frágil… pero con una fuerza que imponía respeto.
—Se lo advertí una vez, señora— continuó. —Que no jugara con mi nieto. Ya sé toda la verdad respecto a su dichoso trabajo y no pienso permitir que vuelva a destrozarlo.
Me sentí desnuda y expuesta.
—Yo no vine por eso. Solo quería…— de nuevo quise explicar muchas cosas, pero no me dejaron