La mayoría de edad. ¡Cuánto tiempo llevaba Alina esperando esta fecha! Para algunos, es la excusa perfecta para montar una fiesta por todo lo alto, comprar tabaco legalmente o emborracharse hasta las náuseas por primera vez. Al fin y al cabo, así terminan la mayoría de los cumpleaños. Pero esta chica tenía otros planes, muy distintos a los de la mayoría de los adolescentes. Una lista de pasos sucesivos que había madurado y perfeccionado durante años; un plan que le impedía hundirse y la mantenía a flote cuando no tenía fuerzas ni para levantarse de la cama.
Para Alina, el privilegio de los dieciocho años era la oportunidad de desaparecer del radar. Perderse, empezar una nueva vida y, con suerte, olvidar toda la mierda que había empañado su pasado.
El plan era tan sencillo como brillante: obtener el certificado de matriculación en una universidad al otro lado del país, sacar de su cuenta cincuenta mil dólares —el precio que, según sus padres, valía su psique destrozada— y luego esfumarse en el aire.
Al diablo con esos engendros vendidos que se hacían llamar familia: una madre que, desde su nacimiento, la había arrastrado por agencias de modelos intentando realizar en su hija sus propias ambiciones frustradas; un padre pusilánime, incapaz de defender a su niña cuando un malnacido se ensañó con ella; y un hermano, ese error con acné que parasitaba el dinero ganado por su hermana. Alina les dejó una nota de despedida; no merecían nada más.
A las cinco de la mañana, la chica logró escapar de Kiev.
Una noche en la litera superior de un vagón de tercera, café barato de desayuno, y finalmente el tren se detuvo en una pequeña ciudad al sur de Ucrania. Comparada con la capital, Melitópol parecía demasiado tranquila y aburrida, pero eso era precisamente lo que Alina buscaba. El lugar ideal para convertirse en nadie.
Eligió la universidad al azar, descartando las instituciones de renombre donde sería fácil localizarla. Podría haberse largado al extranjero, pero eso habría traído demasiadas complicaciones. Así, le bastaba con una plaza de pago en la facultad de Derecho. Si resultaba no ser tan tonta como todos pensaban, obtendría su título de abogada y lucharía contra la impunidad de quienes se escudan en el dinero.
Tras cruzar la somnolienta ciudad en taxi, Alina llegó a su futuro hogar… la residencia de estudiantes. Un movimiento algo inesperado, teniendo en cuenta su fortuna. Por supuesto, podría haber alquilado un buen apartamento, pero temía volverse loca allí dentro. En su estado, era peligroso quedarse a solas con sus pensamientos. Mejor estar cerca de la gente.
Una administrativa malhumorada, una conserje somnolienta, el hedor a comida quemada y basura… el primer día de su vida independiente no rebosaba precisamente positividad. Una hora más para el papeleo y el pago del alquiler, y la habitación estuvo lista para ser ocupada. Alina tomó las llaves y se dirigió hacia allí siguiendo las indicaciones de la limpiadora, quien, a juzgar por el estado de los pasillos, solo estaba en nómina por pura formalidad.
La residencia parecía un refugio para desplazados. Minimalismo y pobreza. Una ducha para toda la planta que, además, abría por turnos. Menos mal que había una para chicas y otra para chicos. La cocina: dos hornillos con la mitad de los fuegos estropeados y una lavadora con ropa ajena que llevaba días olvidada por su dueño. El único rincón decente era la sala común con sofás y sillones, concebida como sala de lectura, aunque hacía tiempo que solo se usaba para pasar el rato.
—¿Necesitas ayuda? —resonó una voz a su espalda. Del susto, Alina casi suelta la maleta que, con sus últimas fuerzas, terminaba de subir al tercer piso.
—No —respondió sin volverse. No tenía humor para conocer a nuevos vecinos. Especialmente a chicos, pues ya había leído suficiente sobre cómo les gustaba la "sangre fresca" de las de primero.
Lamentablemente, tras el rechazo, el joven no desapareció. Al contrario, agarró las cosas de Alina y las subió. La chica levantó la vista hacia él, esperando que su expresión sombría sirviera de advertencia. En su lugar, se topó con los ojos oscuros de un desconocido que la estudiaban con curiosidad por debajo de un mechón de pelo ondulado que le caía sobre la frente.
—¿Tienes problemas de audición? —masculló entre dientes—. No te las des de caballero cuando no te lo han pedido.
Ante esto, el insolente finalmente se detuvo. Sacudió la cabeza con decepción y suspiró.
—Con esa agresividad, no vas a encontrar amigos.
—¿Y quién dice que los esté buscando?
Los amigos, para Alina, eran algo mitológico, como los leprechauns o los unicornios. Quizás alguien los hubiera visto alguna vez, pero a ella no le había pasado.
—Vale, ya entiendo —dijo el chico con una extraña sonrisa—. Es tu reacción defensiva tras el impacto inicial.
A Alina le recorrió un escalofrío por la piel. ¿De dónde...? ¿Cómo podía saberlo? ¡No, era imposible! ¿Acaso todos sus esfuerzos habían sido en vano? Se aferró a la barandilla de la escalera porque las piernas se le quedaron de piedra al instante. «Respira», resonó en su cabeza la voz de su psicoterapeuta. «Solo respira». Como si fuera tan fácil cuando el terror te atenaza por dentro…
Seguramente respondiendo a su asombro, el joven explicó:
—Los de primero siempre alucinan con las condiciones en las que van a tener que vivir los próximos cinco años. Unos lloran, otros sueltan tacos, y tú la has tomado con un inocente.
Uff… Se había imaginado quién sabe qué. ¡Claro, él no sabía nada de ella! Nadie en Melitópol sabía nada. Aquí estaba a salvo. Aun así, aquel diálogo no deseado se estaba alargando demasiado. Alina decidió cortarlo sin más formalismos: agarró de nuevo su maleta y siguió adelante.
—¿Quieres apuntar mi número? —insistió el chico en su intento de entablar contacto—. Por si tienes dudas con los estudios o…