Secuestrada por el Príncipe de los Samagari.

1. Secuestrada.

Adrith

—Debes casarte con el hijo del duque —ordenó mi padre.
Apreté los dientes pero no riposté.
No tenía opciones.
Una princesa nunca las tiene.
Solo debo aceptar mi condena.
Sonreír.
Obedecer.
—El baile está al iniciar. Él vendrá a pedir tu mano oficialmente. Es el mejor partido y espero que puedas entenderlo.
Me miraba cansado desde el trono.
—Sí, padre.
—Puedes retirarte —hizo un gesto vago con la mano.
Me puse en pie. Hice una reverencia y me marché.
Mis sirvientas me prepararon para la ocasión.
Me puse mi mejor vestido, el recogido era elegante dejando mis rizos negros bien ordenados.
Ellas suspiraban diciendo que estaba hermosa. Que el hijo del duque era muy afortunado.
Pero yo me sentía vacía.
Prisionera dentro de esta jaula de oro.
Era la hora.
Bajé al salón y todos se inclinaron ante mí.
Allí estaba él, serio. Elegante.
No dijimos palabras.
Solo bailamos y al final pidió mi mano formalmente.
Los aplausos llenaron el salón.
Él apenas sonreía.
Se veía rígido.
Y yo también.
Dos prisioneros fingiendo libertad frente a una corte que aplaudía nuestra condena.
Necesitaba aire.
Con una sonrisa discreta me excusé, deslizándome entre los invitados sin llamar la atención. Nadie detiene a una princesa cuando camina con propósito.
El jardín estaba fresco.
Silencioso.
Aquí podía respirar.
Cerré los ojos y dejé que la brisa me tocara la cara. Por un momento no era princesa. No era la hija obediente. No era el mejor partido del reino.
Era solo Adrith.
No duró.
Nunca dura.
Sentí la presencia antes de escuchar el sonido. Algo cambió en el aire. Una tensión extraña que me erizó la nuca, que me hizo abrir los ojos despacio.
No había nadie.
Solo el jardín.
Solo la oscuridad entre los arbustos y la luz lejana del salón proyectándose sobre la hierba.
Tonta. Son los nervios del compromiso.
Entonces lo vi.
Estaba recostado contra la columna del arco de piedra, como si llevara allí toda la noche. Como si el jardín fuera suyo. Los brazos cruzados sobre un pecho enorme, una sonrisa ladeada en la comisura, observándome con una calma que no tenía ningún sentido.
Era... inmenso.
Alto como ningún hombre que hubiera visto en la corte. Ancho de hombros, con ese tipo de complexión que no viene de ningún entrenamiento elegante sino de una vida entera de sobrevivir. Cabello largo y oscuro que le caía suelto, piel canela que brillaba levemente bajo la luna. Tenía la cara de alguien acostumbrado a que el mundo le aparte el paso.
Y me estaba mirando a mí como si fuera lo más entretenido que había visto en semanas.
—Buenas noches, princesa.
Su voz era grave. Profunda. Con un acento que no supe identificar, de tierras que no tenían nombre en mis mapas.
Di un paso atrás.
—¿Quién eres? Los guardias...
—Están ocupados —dijo él, sin moverse.
—¿Qué significa eso?
Sonrió más.
No era una sonrisa amable.
—Significa que están muy, muy ocupados. Descansando, digamos.
El corazón me dio un vuelco.
Abrí la boca para gritar y él lo anticipó. Lo anticipó como si lo hubiera visto venir desde el momento en que salí al jardín, como si toda mi reacción fuera predecible y aburrida para él.
—Te recomendaría que no hicieras eso —dijo sin apresurarse—. La música adentro está muy bonita. Nadie va a escucharte.
Miré hacia el palacio.
Tenía razón. Las ventanas vibraban con la melodía del banquete. Las risas. Los aplausos.
Todos celebrando mi compromiso.
Nadie buscándome todavía porque se supone que yo debería estar allá adentro.
—Voy a gritar —le advertí de todas formas, porque no sabía qué más hacer.
Él inclinó la cabeza levemente, como considerándolo.
—Puedes intentarlo —concedió—. Sería entretenido, la verdad.
Era un bufón. Un loco. Un hombre enorme parado en el jardín de mi palacio hablándome con esa sonrisa como si esto fuera un juego.
La ira superó al miedo por exactamente dos segundos.
—Sal de aquí ahora mismo o haré que te ejecuten antes del amanecer.
Él abrió los ojos levemente, fingiendo estar impresionado.
—Qué terrible destino —murmuró—. Casi me convences.
Y entonces se movió.
Grité.
Giré sobre mis talones y corrí hacia el palacio con todas mis fuerzas, con el vestido agarrado en los puños para no tropezar, con los pulmones abriéndose de golpe. Corrí como no había corrido en años, como no se supone que corra una princesa, sin gracia ni compostura..
No escuché sus pasos y eso fue peor. Porque era un hombre enorme y sin embargo se movía en silencio, sin esfuerzo, como si correr fuera algo que había hecho toda su vida y perseguirme a mí fuera la versión más fácil de todas.
Me alcanzó antes de llegar al arco.
Un brazo me rodeó la cintura y me despegó del suelo como si no pesara nada. Literalmente nada. Como si fuera un objeto que recogió del camino.
Forcé un grito.
—¡Sué...!
Su mano me cubrió la boca.
—Eso ya lo intentaste —dijo en mi oído, sin siquiera respirar agitado—. No funcionó la primera vez, princesa. Dudo que funcione ahora.
Me retorcí. Pateé hacia atrás. Le clavé el codo con toda la fuerza que pude.
Él exhaló apenas.
—Vaya. Tiene carácter la princesita.
Me hervía la sangre.
Seguí peleando. Seguí arañando el brazo que me sostenía, buscando cualquier punto débil, cualquier ángulo que me diera un segundo de ventaja.
No encontré ninguno.
Era como pelear contra una pared.
—Ya terminaste —dijo, con esa voz tranquila que me resultaba más aterradora que si hubiera gritado—. O te quedas quieta tú sola, o te ayudo a quedarte quieta. Cualquiera de las dos me funciona.
—Suéltame —siseé contra su palma.
—Qué no —respondió, con la misma cadencia de alguien que rechaza una oferta poco interesante.
Entonces silbó.
Un silbido corto, bajo, casi musical.
Y del fondo del jardín salieron hombres.
Cinco. Seis. Siete. Doce.
Salieron de entre los arbustos.
Guerreros. Todos ellos. Se veía en la forma en que se paraban, en cómo cargaban las espadas, en que ninguno de ellos tenía el uniforme ni el porte de los soldados de mi padre.
Eran otra cosa, de otro mundo.
Vi a mis guardias entre la maleza.
Tendidos.
Quietos.
El estómago se me fue al suelo.
—¿Los mataste? —susurré aterrada.
—Duermen —dijo él, detrás de mí—. Esta noche, al menos.
No supe si creerle. No supe nada. El pensamiento de que hombres que conocía de toda la vida, soldados que habían custodiado estas paredes desde antes de que yo aprendiera a caminar, estuvieran muertos en el jardín mientras adentro mi corte brindaba por mi compromiso...
Se me llenaron los ojos de lágrimas y las odié en el mismo instante en que aparecieron.
Uno de sus guerreros se acercó con una cuerda.
—No —dije, retrocediendo—. No me toques. No me...
—Tranquila —dijo el de la voz grave, con un tono casi aburrido—. Nadie te va a lastimar.
—¡Me estás secuestrando!
—Sí —concedió, como si fuera la observación más razonable del mundo—. Pero con mucho cuidado.
No tuve palabras.
No había palabras para este hombre.
Me amarraron las muñecas.
Yo que nunca había tenido ni una marca en estas manos. Yo que usaba guantes de seda en los banquetes y cremas perfumadas antes de dormir. La cuerda me mordió la piel y tuve que apretar los dientes para no hacer ningún sonido que él pudiera encontrar entretenido.
Luego vino la oscuridad.
Una tela gruesa me cubrió la cabeza y el mundo desapareció de golpe.
—¡Quítame esto! ¡Quítame!
Y entonces el mundo se inclinó.
Me levantó.
Me echó al hombro.
Como un saco. Como un objeto. Como si yo no fuera una princesa, como si no tuviera nombre ni título ni diescinueve años de protocolo y dignidad acumulados. Me cargó al hombro con un brazo sobre el backs de mis rodillas y siguió caminando, sin pausar, sin tambalearse, como si mi peso fuera lo de menos.
—¡Bájame! —grité contra la tela—. ¡Bájame ahora mismo! ¡Soy la princesa Adrith, hija del rey Aldric, y cuando mi padre sepa lo que has hecho te arrancarán la cabeza y la pondrán en una pica en la entrada del castillo!
—Qué imagen tan específica —dijo él, con genuina admiración en la voz—. Aprecio el detalle de la pica.
Se rio.
El muy maldito se rio.
Quise matarlo.
Con mis propias manos, con la cuerda que me amarraba las muñecas, con el tacón del zapato que seguía prendido a mi pie de milagro. Quise matarlo más de lo que había querido cualquier cosa en mi vida.
Escuché el crujir de ruedas sobre piedra.
Un carruaje.
Me lanzaron adentro.
Caí sobre el piso de madera con las rodillas primero y luego el costado y el dolor fue inmediato, real y humillante. Las manos amarradas no amortiguaron nada.
El vehículo se cerró y arrancó.
Intenté sentarme, orientarme en la oscuridad bajo la tela. Intenté respirar de forma ordenada como me habían enseñado para los momentos de presión, dos tiempos adentro, cuatro afuera.
No funcionó.
Porque en los momentos de presión que me habían enseñado a manejar nadie me había lanzado al suelo de un carruaje con las manos atadas.
¿Para qué me querían?
Esa era la pregunta que empezó a crecer entre el miedo y la rabia, llenando todos los espacios donde antes había pensamientos claros.
¿Para qué?
¿Rescate? ¿Venganza contra mi padre? ¿Usarme como moneda en alguna guerra que yo ni siquiera sabía que se estaba peleando?
No lo sabía.
Y no saber era peor que cualquier respuesta.
El carruaje siguió moviéndose.
Yo seguía siendo el botín de un hombre que me había perseguido sin esfuerzo, que me había cargado al hombro como si fuera un inconveniente menor, que había encontrado gracioso cada segundo de mi terror.




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