El crujido del tafetán de seda resonó en el vestidor como un suspiro de protesta. Genevieve permanecía erguida sobre el pedestal de madera barnizada, mirando su reflejo en el espejo de tres cuerpos con marco de pan de oro.
A sus veintidós años, no encajaba en los moldeados moldes de la alta sociedad londinense. Donde otras damas lucían clavículas prominentes y cinturas diminutas conseguidas a fuerza de privaciones y tés amargos, Genevieve era opulencia pura. Tenía hombros suaves y redondeados, un pecho abundante que desafiaba la línea del escote y unas caderas anchas que curvaban la seda con una gracia sensual y rotunda. Sus ojos, del verde profundo del musgo tras la lluvia, destacaban bajo un marco de pestañas oscuras, y su piel poseía el tono cálido de la miel clara. Su cabello, de un castaño cobrizo abundante, caía en pesados bucles que su doncella intentaba sujetar en vano con peinetas de carey.
—Un tirón más, Madame Dupré, y le juro que las costuras cederán antes que mi voluntad —dijo Genevieve, suave pero firme, observando a la modista francesa que bregaba a sus espaldas.
—¡Mais non, Milady! —protestó la mujer, secándose el sudor de la frente—. La estructura de la crinolina debe asentarse perfectamente. Si la falda no se abre en un ángulo amplio, el efecto de princesa se pierde del todo.
La modista ajustó la pesada jaula de aros de acero flexible que colgaba de la cintura de Genevieve, cubierta por tres capas de tupidas enaguas de hilo blanco bordadas a mano. Sobre esa arquitectura de metal y tela, cayó finalmente el vestido: una creación imponente en seda color azul medianoche. Las mangas, cortas y abullonadas en encaje de Chantilly plateado, dejaban al descubierto la calidez de sus brazos carnosos y suaves. La falda, monumental, se desplegaba en una circunferencia perfecta de más de dos metros de ancho, repleta de pliegues matemáticamente organizados que ondulaban a cada paso como olas de un mar nocturno. En el escote, recto y decorado con pequeñas perlas cultivadas, sus formas se asentaban con una elegancia impecable que no pedía disculpas por existir.
Genevieve se miró al espejo. Sabía lo que dirían los murmullos en el gran salón de la Condesa de Sutherland: que ocupaba demasiado espacio, que sus curvas eran excesivas para la moderación victoriana. Pero al erguir la espalda, sintió el marco de acero bajo sus faldas no como una prisión, sino como una armadura. Ella no había nacido para pasar desapercibida.
***
La residencia Sutherland en Mayfair era la epítome del lujo del Imperio británico. La fachada de piedra caliza, iluminada por decenas de antorchas de gas, proyectaba un resplandor dorado sobre los carruajes de caoba que se alineaban a lo largo de la calle de adoquines húmedos.
Al cruzar las puertas de roble masivo, los invitados eran recibidos por un vestíbulo monumental. Las paredes estaban revestidas de mármol de Carrara blanco con vetas grises, coronadas por frescos en el techo que representaban alegorías de la abundancia. Una gran escalinata doble, cubierta por una alfombra de terciopelo carmesí tan espesa que ahogaba el sonido de las pisadas, subía hacia el salón principal. En el aire flotaba una mezcla embriagadora de cera de abejas, perfume de rosas importadas de Francia, el aroma amargo del tabaco refinado y la humedad del champán recién servido en copas de cristal de cortado profundo.
El salón de baile era un espectáculo de ostentación. Candelabros gigantescos de cristal de Baccarat colgaban del techo, sosteniendo cientos de velas de cera pura que salpicaban la estancia con una luz cálida y centelleante. A los lados, grandes espejos reflectantes duplicaban la multitud: cientos de damas convertidas en flores vivientes, con vestidos de seda en tonos pastel —rosa pálido, verde menta, crema— flotando sobre sus enormes estructuras de aros, acompañadas por caballeros en rigurosa etiqueta de levita negra.
Y en el centro de ese universo de apariencias, destacaba un hombre.
Alexander Thorne, Duque de Blackwood, permanecía junto a una de las columnas de mármol del salón, con una copa de cristal en la mano que ni siquiera se molestaba en llevar a los labios.
A sus treinta y dos años, Alexander no solo era el hombre más rico e influyente de la corona; era una fuerza de la naturaleza. Físicamente imponente, su figura alta y atléctica dominaba cualquier espacio. Vestía un traje de etiqueta cortado a la perfección por los mejores sastres de Savile Row: una levita de paño de lana negro azabache que remarcaba sus anchos hombros, un chaleco de seda brocada en tono carbón y una corbata de satén blanco atada con una precisión matemática sobre el cuello rígido de su camisa.
Su rostro parecía esculpido en granito. Poseía una mandíbula firme y marcada, pómulos altos y unos labios finos que rara vez se curvaban en una sonrisa sincera. Pero lo más devastador de Alexander eran sus ojos: de un azul grisáceo tan frío y penetrante como el hielo del Atlántico Norte. Su cabello, negro como el ala de un cuervo y peinado hacia atrás con elegancia natural, mostraba apenas unas sutiles mofas de tono plateado en las sienes que solo acentuaban su aire de autoridad absoluta.
A su alrededor, la élite revoloteaba con cautela. Las madres empujaban sutilmente a sus hijas en su dirección, y los lores más ancianos buscaban su aprobación con miradas deferentes. Alexander aborrece cada segundo de esa puesta en escena. Para él, aquellas mujeres delgadas y pálidas, educadas para asentir y sonreír como muñecas de porcelana, no eran más que sombras sin sustancia. Buscaba intelecto, pasión, algo real en un mar de falsedades.