A sus veintidós años, Lady Genevieve Vance era, a ojos de la aristocracia y para la desesperación de su propia familia, una causa casi perdida. En la rigurosa Inglaterra victoriana, donde una muchacha debutaba a los diecisiete y era considerada una solterona consumada si cruzaba el umbral de los veinte sin un anillo de compromiso, la presencia de Genevieve en un salón de baile no era motivo de orgullo, sino un recordatorio constante del fracaso.
La vizcondesa de Vance, su madre, caminaba a su lado con la rigidez de un soldado en marcha forzada. A sus cuarenta y cinco años, Lady Eleanor lucía los párpados hinchados por el insomnio y una tensión perpetua dibujada alrededor de la boca. Cada paso de su hija sobre la alfombra carmesí del salón de los Sutherland le causaba una punzada en la sien.
—Mantén los hombros atrás y no te rías de esa manera tan sonora, Genevieve —susurró la vizcondesa, con la voz ahogada tras su abanico de plumas de avestruz—. La gente ya está mirando. Bastante tenemos con el gasto desmedido que supuso esta tercera temporada en Mayfair como para que destruyas la única oportunidad que nos queda.
—Madre, nadie me está mirando por mi risa —respondió Genevieve con voz serena, aunque por dentro un nudo de frustración se le apretaba en el estómago.
—¡Te miran porque ocupas el espacio de tres debutantes juntas! —siseó la vizcondesa con crueldad contenida—. Tu hermano tuvo que vender dos de los mejores caballos de la hacienda para pagar la seda azul de ese vestido. Se suponía que la modista disimularía la amplitud de tus caderas y la redondez de tus brazos, pero solo ha logrado resaltar lo que la naturaleza debió moderar. Tienes veintidós años, Genevieve. Si esta noche no logras la atención de un caballero honorable —incluso de algún viudo dispuesto a pasar por alto tu falta de delicadeza—, el próximo año no habrá fondos para traer a tu hermana pequeña a Londres.
Las palabras calaron con la frialdad de un estilete. Para su familia, Genevieve no era un orgullo; era un lastre financiero y un enigma estético.
La verdad era que ni la propia Genevieve sabía a ciencia cierta qué lugar ocupaba en la escala de la belleza.En un mundo que veneraba la palidez cadavérica, los rostros diminutos en forma de corazón y la fragilidad de una figura que parecía a punto de quebrarse con la brisa, ella era la antítesis absoluta. No poseía la belleza clásica e inmaculada que los poetas de Mayfair celebraban en sus versos. Su rostro no era una miniatura perfecta: tenía una mandíbula definida que delataba su obstinación, pómulos marcados y unos labios llenos, de un color carmín natural, que la sociedad consideraba casi indecorosos por carecer del tono rosado y timorato exigido a una señorita.
Sus ojos, del verde profundo del musgo tras la lluvia, eran demasiado expresivos; no sabían bajar la mirada con la falsa modestia de las demás. Y su cabello, una masa rebelde de rizos cobrizos y gruesos, se negaba a permanecer sujeto bajo los aceites y peinetas, desafiando a las doncellas que intentaban amansarlo.
Cuando se miraba al espejo, Genevieve no veía a una criatura hermosa según las normas de su época. Veía a una mujer de formas rotundas, de senos firmes y caderas amplias que llenaban la seda con una presencia física imponente, imposible de esconder. ¿Era bonita? Dependía de quién la mirara. Para los matronas de la corte, era una figura basta y fuera de proporción. Para sí misma, era simplemente real, una mujer de carne, sangre y fuego que se rehusaba a matarse de hambre o a quebrarse las costillas para encajar en el molde de una muñeca de porcelana.
Pero la presión de saberse una solterona a los veintidós años, cargando con la quiebra inminente de su casa y las miradas compasivas de sus contemporáneas —que a su edad ya sumaban dos o tres hijos—, le pesaba como una piedra en el pecho.
—Mírala —susurró Lady Beatrice, una debutante de dieciocho años de cintura diminuta, ocultando su rostro tras su abanico mientras compartía confidencias con su madre—. Tres temporadas y sigue sin recibir una sola propuesta formal. Mi padre dice que la casa Vance terminará en la ruina si no la casan pronto.—Es lo que ocurre cuando se permite que una mujer lea demasiado y coma sin moderación —respondió la madre de Beatrice con desdén—. Ningún hombre de posición desea a una esposa que le doble la envergadura en el altar y le discuta sobre política en la mesa.
Genevieve escuchó el eco fragmentado de aquellos murmullos mientras avanzaba por el salón. Sintió la rigidez de las miradas sobre sus hombros descubiertos, la forma en que los caballeros jóvenes desviaban los ojos hacia las muchachas más frágiles y obedientes, temerosos de acercarse a una mujer que los miraba directamente a los ojos sin pestañear.
Un frío sudor le corrió por la nuca. Por un instante, la armadura de seda azul y aros de acero pareció pesar demasiado. La soledad de no encajar, el miedo a la ruina de su familia y la humillación de ser la solterona de Mayfair amenazaron con resquebrajar su temple.
Fue entonces cuando la marea de la multitud se abrió.
Alexander Thorne no había dejado de observarla desde el momento en que pisó el último escalón.Mientras los demás caballeros buscaban la fragilidad de las debutantes tradicionales, el Duque de Blackwood sentía un desprecio visceral por la uniformidad de aquel salón. Para él, aquellas muchachas pálidas y silenciosas parecían sombras sin alma, esculpidas por el temor de sus madres.
Pero la mujer que caminaba hacia el centro del salón era diferente. Alexander vio la tensión en los hombros de Genevieve, notó la rigidez en el rostro de la vizcondesa que la escoltaba y comprendió de inmediato el drama social que la rodeaba: una mujer a la que la élite intentaba acorralar por no someterse a sus estándares ridículos.