El murmullo que recorrió el salón de los Sutherland no fue una simple marea de susurros; fue un seísmo sutil que congeló la aristocracia de Mayfair.
La vizcondesa de Vance ahogó un gemido, apretando el abanico contra su pecho como si el corazón amenazara con dársele la vuelta. Que el Duque de Blackwood —el hombre más inaccesible, calculador y poderoso del Imperio— hubiera atravesado la estancia para solicitar un vals a una joven de veintidós años considerada "fuera de lugar" y al borde del abismo social, era un desafío frontal a todas las leyes no escritas de la élite.
Genevieve sintió el peso de cientos de miradas clavadas en la espalda, ardientes de envidia y desconcierto. Sin embargo, cuando alzó los ojos hacia Alexander, la marea de la multitud pareció desvanecerse.
—Su Gracia —dijo ella, con una voz impecablemente modulada que no traicionó el temblor involuntario de sus manos—. Las normas de la etiqueta dictan que un caballero debe ser presentado formalmente antes de tomar la mano de una dama en la pista.
Un atisbo de sombra divertida cruzó la mirada gris y gélida del duque. La mayoría de las mujeres habrían caído de rodillas agradecidas o habrían aceptado temblando de emoción. Ella, en cambio, le recordaba el reglamento.
—Reglas escritas por hombres que no tenían nada mejor que hacer con su tiempo, Lady Genevieve —respondió Alexander, dando un paso más hacia ella, reduciendo la distancia a un límite casi indecoroso—. Y yo no suelo permitir que las reglas de otros dicten mis deseos. ¿Me concede este baile o prefiere seguir complaciendo a un salón lleno de estatuas de sal?
El desafío estaba lanzado. Genevieve inclinó levemente la cabeza, permitiendo que una sonrisa afilada y llena de orgullo se dibujara en sus labios.
—Sería una lástima que el Duque de Blackwood se quedara sin bailar por culpa de mi sentido del protocolo.
Deslizó su mano enguantada en seda blanca sobre la palma extendida de Alexander. Al contacto, una descarga de electricidad recorrió el brazo de Genevieve, un calor denso que atravesó la tela de sus guantes y encendió su piel. La mano de él era grande, firme, los dedos fuertes de un hombre que no solo firmaba decretos en el parlamento, sino que sabía dominar un caballo encabritado o manejar una espada.
La orquesta atacó las primeras notas de un vals rápido y envolvente. Alexander la condujo hacia el centro de la pista con una autoridad natural que no admitía réplica.Cuando la mano de él se posó en la parte posterior de su cintura, justo por encima del gran volumen de la crinolina, Genevieve contuvo el aliento. La estructura de metal y las capas de enaguas parecían desvanecerse ante el calor y la firmeza de su agarre. Alexander no la sostenía con la timidez distante de los jóvenes vizcondes; la sujetaba como si le perteneciera, atrayéndola hacia su cuerpo con una proximidad que en cualquier otra circunstancia habría provocado un escándalo de proporciones históricas.
Comenzaron a girar.
El movimiento de la enorme falda de seda azul medianoche creaba una ola azulada a su alrededor, desplazando el aire y el perfume de nardos y rosas. Pero lo que Alexander sentía bajo sus dedos no era la fragilidad de una figura que se quebraría bajo su peso; era la solidez provocativa de sus formas. Las curvas de Genevieve, sus caderas amplias moviéndose con una gracia felina y la plenitud de sus pechos alzándose a cada respiración agitada, eran una revelación para él.
—Están hablando de nosotros —murmuró Genevieve, manteniendo los ojos verdes fijos en la mirada de acero de Alexander mientras giraban bajo el gran candelabro de Baccarat.
—Que hablen —dijo él, sin desviar un milímetro la atención de su rostro—. Los mediocres necesitan el chisme para recordar que están vivos. Dígame, Lady Genevieve... ¿siempre mira a los hombres con esa insolencia o reserva esta mirada solo para los duques?
—Solo para los hombres que irrumpen en mi espacio sin pedir permiso, Su Gracia.
Una risa baja, profunda y rasgada brotó del pecho de Alexander, un sonido que poquísimos hombres en la Cámara de los Lores habían escuchado jamás.
—Es fascinante —susurró él, inclinándose apenas lo suficiente para que su aliento cálido le rozara la oreja—. Llevo toda la noche observando cómo este salón intenta empequeñecerla. Se esfuerzan por hacerla sentir que no encaja en sus moldes perfeccionados. Y sin embargo, usted no parece dispuesta a encogerse para caber en su mundo.
—¿Y por qué debería hacerlo? —desafió ella, elevando la mentón—. Si mi presencia incomoda sus estándares estéticos, el problema radica en la pequeñez de sus mentes, no en la amplitud de mis faldas.
Alexander apretó un milímetro más el agarre en su cintura. La audacia de la respuesta, sumada a la calidez dorada de la piel que se exponía en su escote, hizo que una chispa de posesión pura prendiera en el fondo de sus ojos grises.
—Tiene toda la razón —sentenció el duque, y por primera vez en la noche, sus labios se curvaron en una sonrisa lenta, peligrosa y devastadora—. Este salón es ridículamente pequeño para usted. Y yo he pasado demasiado tiempo rodeado de sombras como para no reconocer a una reina cuando la tengo entre mis brazos.
Desde los bordes de la pista de baile, la escena era presenciada con una mezcla de horror y fascinación.Lady Beatrice apretaba los puños hasta clavarse las uñas en la palma de los guantes. ¿Cómo era posible que el Duque de Blackwood, el soltero más codiciado del continente, estuviera mirando a esa mujer madura, a esa solterona de formas excesivas, como si fuera la única creación digna de atención en toda Inglaterra?