El carruaje de la familia Vance avanzaba a la deriva sobre el adoquín mojado de Mayfair, rompiendo la niebla espesa que solía tragar a Londres a esas horas de la madrugada. El traqueteo de las ruedas era el único sonido que competía con la respiración agitada de la vizcondesa.
Dentro del habitáculo de madera barnizada y tapicería desgastada, Lady Eleanor observaba a su hija como si intentara descifrar un enigma indescifrable o un milagro caído del cielo sin aviso.
—¿Qué fue lo que le dijiste, Genevieve? —preguntó la vizcondesa por tercera vez desde que salieron de la residencia Sutherland, con la voz temblando por una mezcla de euforia y pánico—. ¡Dímelo! Un hombre como el Duque de Blackwood no cruza un salón lleno de herederas para solicitar un vals a una joven... a una joven de tu edad y de tus... circunstancias, a menos que haya habido una provocación previa. ¡Dime que no cometiste una imprudencia!
Genevieve mantenía la mirada fija en la ventana, viendo pasar los faroles de gas que parpadeaban en la penumbra. Se quitó lentamente el guante de seda del brazo derecho, donde la piel aún conservaba una punzada de calor, el fantasma del agarre de Alexander durante el vals.
—No le dije nada extraordinario, madre —respondió con voz pausada, aunque por dentro la sangre le hervía—. Le recordé las reglas de la etiqueta. Le demostré que no le temo.
—¿Que no le temes? —La vizcondesa se llevó las manos a las sienes—. ¡Genevieve, es el hombre más rico e influyente de Inglaterra! El rey lo escucha antes que a sus propios ministros. Si el duque decide que fuiste una diversión de una noche para burlarse de la sociedad, mañana seremos el hazmerreír de todo el imperio. Pero si lo que dijo sobre venir a casa es cierto... si realmente pide un paseo por el parque...
Eleanor no se atrevió a terminar la frase. El peso de las deudas, la amenaza de vender las tierras de la familia y el futuro de su hija menor pendían ahora de un hilo de seda azul.
Genevieve reclinó la cabeza sobre el respaldo de terciopelo. Sabía que su madre solo pensaba en el rescate financiero, pero ella solo podía recordar los ojos de Alexander: ese azul helado que la había mirado no como a un balance bancario o una esposa conveniente, sino como a una mujer viva, peligrosa y deseable.
A las diez de la mañana del día siguiente, la residencia de los Vance era un hervidero de caos contenido.
La vizcondesa había hecho limpiar hasta el último rincón de la sala de recibir. Los criados pulian los bronces con un fervor casi religioso, mientras Madame Dupré y tres doncellas rodeaban a Genevieve en su alcoba para prepararla para la tarde.
—¡Mais non, nada de tonos oscuros hoy! —proclamaba la modista francesa, descartando un vestido de paseo verde pálido—. Ayer el azul medianoche fue un golpe de estado, pero hoy debe parecer una reina victoriosa. La estructura de la crinolina debe ser amplia, pero no ridícula.
El vestido seleccionado era una pieza de tafetán de seda en tono crema marfil, con bordados sutiles de hilo de oro a lo largo del dobladillo. La falda se desplegaba con la misma magnificencia que la noche anterior, sostenida por la jaula de aros de acero. Las mangas, de corte pagoda, dejaban ver el encaje delicado que cubría sus antebrazos suaves y redondeados. El corpiño ajustado remarcaba la firmeza de su pecho y la abundancia de sus caderas sin disculparse por ello.
Mientras la doncella le peinaba el cabello en un recogido elaborado que dejaba escapar varios rizos cobrizos sobre la nuca, Genevieve se miró al espejo. Había dormido apenas tres horas. Bajo sus ojos verdes había sombras leves, pero su mirada ardía con una determinación feroz.
De pronto, un golpe seco resonó en la puerta principal de la casa, seguido por el murmullo acelerado del mayordomo.
La vizcondesa entró corriendo a la alcoba con el rostro pálido como el papel.
—Está abajo —susurró Eleanor, apretando las manos—. Ha llegado. En un carruaje negro que lleva las armas del Duque de Blackwood. Todo la calle de Mayfair está asomada a las ventanas.
Cuando Genevieve bajó la escalinata principal de su casa, el aire de la planta baja se sentía distinto, denso, cargado de una autoridad que no pertenecía a ese modesto vestíbulo.
Alexander Thorne permanecía de pie junto al ventanal del salón principal, de espaldas a la puerta, observando el pequeño jardín interior. Vestía un traje de paseo de una elegancia sobria pero abrumadora: una levita de paño de lana gris marengo perfectamente estructurada para sus anchos hombros, pantalones oscuros, botas de montar de cuero pulido que brillaban bajo la luz matutina y un sombrero de copa en la mano.
Al escuchar el crujido de la seda sobre los peldaños, el duque se giró.
La mirada de Alexander recorrió a Genevieve de la cabeza a los pies con una lentitud deliberada. Si la noche anterior, bajo la luz dorada de las velas, le había parecido una visión magnética, la luz dura de la mañana solo confirmó su fascinación. Ante él no había una muchacha pálida y temblorosa; había una mujer de carne, presencia y colores vivos. La seda marfil resaltaba la calidez dorada de su piel y los destellos de fuego en su cabello cobrizo.
—Lady Genevieve —dijo Alexander, dando un paso al frente y ejecutando una inclinación de cabeza impecable—. Veo que ha decidido no hacerme esperar.
—Un Duque de Blackwood no es un hombre al que se deba hacer esperar, Su Gracia —respondió ella, inclinando levemente la cabeza, manteniendo la voz firme a pesar del vuelco que dio su corazón—. Aunque admito que no esperaba su visita tan temprano.