Bajo la sombra tupida del roble en Hyde Park, el silencio entre ambos se volvió denso, casi tangible. La declaración de Alexander aún resonaba en el aire con la fuerza de un decreto real.
Genevieve sintió cómo un escalofrío le recorría la columna vertebral, perdiéndose en la rigidez de su ballena de varillas. La cercanía del duque era abrumadora. Podía ver las sutiles vetas doradas en el azul de sus ojos, la textura firme de su piel recién afeitada y la intensidad devoradora con la que sostenía su mirada.
—Está jugando con fuego, Su Gracia —dijo ella, haciendo un esfuerzo supremo por mantener la voz firme y no delatar el ritmo agitado de su pecho bajo el corpiño de seda marfil—. En Mayfair, una palabra dicha a destiempo o una mirada demasiado audaz destruyen la reputación de una dama para siempre. Si sus intenciones no son serias, le ruego que me devuelva de inmediato a mi casa.
Alexander no se apartó. Al contrario, apoyó un brazo sobre el respaldo de cuero del carruaje, acorralando sutilmente el espacio de Genevieve entre la seda de su enorme falda y su propia presencia imponente.
—¿Parezco un hombre que pierde el tiempo con frivolidades, Lady Genevieve? —preguntó con voz grave y pausada—. He pasado treinta y dos años ignorando a cada mujer que la corte ha puesto en mi camino. He visto a duquesas y princesas ofrecerse ante mí por un título, y jamás sentí el menor deseo de extender la mano. Pero usted... usted entró a ese salón sabiendo que la juzgaban, y en lugar de agachar la cabeza, los miró como si fueran insectos.
Deslizó lentamente la mano con guante de cuero negro hasta posarla con firmeza sobre la mano enguantada de Genevieve. El contacto, incluso a través de la tela, fue abrasador.
—No vine a ofrecerle un devaneo de temporada. Vine a dejarle claro a este país que la mujer que ellos consideraban "sobrante" es la única a la que estoy dispuesto a coronar como Duquesa de Blackwood.
II. La Sombra de la DudaEl corazón de Genevieve dio un vuelco violento. Para cualquier otra joven de Mayfair, aquellas palabras habrían sido la culminación de todos los sueños: la salvación financiera de su familia, el título más cotizado del imperio y el hombre más codiciado a sus pies.
Sin embargo, Genevieve no era una muchacha ingenua.
—Un título tan pesado no se entrega por un impulso, Su Gracia —respondió ella, inclinando levemente la cabeza mientras sus ojos verdes se entornaban con astucia—. ¿Qué busca realmente? Mi familia está al borde de la ruina. No tengo dote, no tengo conexiones en la corte que usted no posea ya en exceso, y mi figura no cumple con lo que la sociedad exige a una duquesa. ¿Por qué yo?
Alexander dejó escapar una sonrisa corta, dura y llena de satisfacción.
—Porque no tiene dote, y eso significa que si acepta ser mía, no será por el dinero de su padre. Porque su figura es real, hermosa y voluptuosa, no la de una sombra marchita que teme a la luz del día. Y porque es la primera mujer en toda mi vida que me cuestiona en lugar de temblar ante mi presencia.
Se inclinó apenas un poco más, manteniendo una compostura rigurosa pero con la voz rozando el límite de la intimidad:
—Quiero a una mujer que camine a mi lado, no detrás de mí. Quiero a alguien que mantenga el fuego encendido en Blackwood Hall cuando las tormentas políticas amenacen con destruirme. La quiero a usted, Lady Genevieve. Con cada una de sus curvas, con cada uno de sus rizos cobrizos y con todo su orgullo intacto.
III. El Regreso del TitánAlexander tiró con suavidad de las riendas y los percherones negros reanudaron la marcha, saliendo de la sombra del roble hacia el sendero principal del parque, donde la aristocracia aún aguardaba la resolución del encuentro.
Genevieve reajustó la postura sobre el asiento de cuero, sintiendo el vaivén de su amplia falda de seda marfil sobre los aros de metal. Su mente trabajaba a marchas forzadas. La propuesta implícita del duque cambiaba las reglas del juego por completo. Ya no era la solterona de veintidós años acorralada por el fracaso; era la mujer por la que el hombre más poderoso del Imperio estaba dispuesto a desafiar a Mayfair.
—Si realmente tiene la intención de cortejarme, Su Gracia —dijo ella, con aplomo sereno—, debe saber que no será un camino sencillo. Mi madre buscará apurar el compromiso, la sociedad intentará destruir mi nombre con calumnias y sus enemigos políticos no verán con buenos ojos su elección.
Alexander la miró de reojo, con una expresión de absoluto y frío dominio.
—Que lo intenten —sentenció el duque—. Que vengan todos juntos si quieren. Les enseñaré lo que le ocurre a cualquiera que intente interponerse entre el Duque de Blackwood y lo que considera suyo.
El carruaje avanzó a paso firme bajo la luz de la tarde, dejando tras de sí un rastro de conmoción, murmuraciones y el inicio indiscutible de una guerra por el trono de la alta sociedad londinense.